Por: Itzel Vargas Rodríguez

El debate es quizá, uno de los momentos más importantes de un proceso electoral porque la ciudadanía puede constatar la calidad intelectual, discursiva y política de un candidato.
Para el candidato, en realidad es una prueba dura que más que abonarle, puede llegar a mermarle en el aspecto más crítico: los votos.
Justo esta semana vimos un desplegado de dimes y diretes entre la candidata demócrata Hillary Clinton y el republicano, Donald Trump, quienes en el primer debate dejaron ver muchas sorpresas.
Quien posiblemente se llevó la noche fue justo Clinton, con una actitud mayoritariamente burlona con respecto a la posición de Trump, muy confiada en sí misma y atacándolo en puntos cruciales como la discriminación de origen racial y de género.
Trump se ha caracterizado en sus diferentes puestas discursivas por ser una persona que gesticula mucho, hace movimientos incluso hasta bruscos pero justo eso es lo que en parte ha atraído a tantas personas a seguirlo. La exageración de sus movimientos encaja con sus polémicas declaraciones poniéndolo justo en el centro de la atención pública.
Clinton por su parte se comunica de una forma más amable, muy política, gesticulando suavemente pero utilizando sus ojos y manos para rematar en temas importantes como políticas públicas en específico o incluso, críticas a su contrincante.
En el debate, vimos a ambos candidatos probando acciones que caracterizan justo a sus contrincantes: una Hillary muy expresiva y hasta burlona, y por el otro lado, un Donald Trump un poco más calmado, atento a escuchar y con una relativa “guardia baja” en los ataques directos que recibía.
Los diversos comentarios que Clinton lanzaba sirvieron, en su mayoría, como estocadas seguras a dejar herido a su contrincante y fue posiblemente el comentario “Usted me critica por venir preparada al debate pero ¿Sabe a qué me he estado preparando también? A la Presidencia de los Estados Unidos”, el que generó mayor revuelo mediático. Seguido de ello, ejemplificar el maltrato de la ex ganadora a Miss Universo Alicia Machado como un ejemplo de los abusos de género que ha emitido Trump, ha sido el tema que más se le ha puesto foco de atención.
Por su parte, Trump se defendió atancando los mails ocultos y posteriormente borrados de Clinton, y se autonombró varias veces, como la mejor opción a la Presidencia. Cosa que la misma candidata respondió con un burlón “Wow, ok” y una enorme sonrisa en la boca.
El vestuario también jugó un papel importante. Trump se vistió con un traje negro y una corbata azul que lo hacían mostrarse elegante, formal. Pero Clinton vistió un traje rojo muy llamativo, que definitivamente resaltaba a la candidata en sus intervenciones. No es que Trump se hubiera vestido de forma inapropiada, es simplemente que Clinton encontró una mejor forma de acaparar la atención.
En la historia estadounidense ha habido debates que han pasado a la historia por los inconvenientes de sus participantes. Por ejemplo, en el debate por primera vez televisado de Kennedy y Nixon, este último se vio como una persona que sudaba mucho al hablar, de rostro reacio y enojón… enfrentándose a quien en ese entonces reflejaba un rostro jovial y sin una gota de sudor porque Kennedy sí había aceptado maquillarse para salir ante las cámaras, cosa que Nixon había rechazado.
Algo parecido ocurrió con Trump. Se empequeñeció por varios aspectos en este debate, pero fue un sonido nasal que produjo varias veces a modo de “sniffeo”, lo que hizo colocarlo en el centro de las burlas en redes sociales por un rato.
Pese a la importancia de un debate en un proceso electoral, la realidad es que en la mayoría de los casos no refleja un cambio muy significativo en las preferencias electorales, y esta contienda en específico, sigue siendo una muy cerrada. Veremos qué sucede en lo que queda del proceso y los siguientes dos debates.

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