Luis Muñoz Fernández

El momento de la rata de 1931 hace las de lente para observar cómo la interacción entre ciencia y ciudad transformó el entendimiento del tifus. Esta transformación gradual le da forma a las cuatro escenas que forman dicho momento. La primera escena la componen el largo proceso de prueba

y error mexicano con la enfermedad y la ciudad; la segunda delinea la personalidad social de la rata de la Ciudad de México; la tercera escena no es otra cosa que los conflictos culturales y científicos en torno a la solución final del tifus, y, finalmente, la escena última es aquella de la Ciudad de México como el imán que atrajo, y el escenario que determinó, la interacción

de varios personajes raros. Era como si el piojo, la pulga y la rata, al tanto de su indignidad, hubieran reclutado como sus cronistas no a espíritus austeros y predecibles, sino a almas exuberantes que acabaron no en simples científicos sino en suicidas ilustres, escritores o poetas.

 

Mauricio Tenorio. De piojos, ratas y mexicanos, 2010.

Xavier Sistach, biólogo y especialista en historia antigua de los insectos, dice que antes de que fuésemos Homo sapiens ya nos parasitaban los piojos. En el primer volumen de su obra monumental Insectos y hecatombes (RBA, 2012), señala que los piojos se adaptaron a los antiguos primates hace 25 millones de años y que, al convivir de manera tan íntima con ellos, evolucionaron como un binomio, influyéndose mutuamente. Una prueba más de la indisoluble relación de todo lo viviente.

De acuerdo a lo referido por este biólogo de saberes enciclopédicos, se puede afirmar que hace 6 millones de años que los piojos del chimpancé y del hombre tuvieron un antepasado común y que lo mismo puede decirse de las insoportables ladillas (los piojos del género Phthirus) del gorila y del ser humano, cuyo ancestro común vivió hace 3 o 4 millones de años. Al salir de África para poblar el resto del mundo –“Creced, multiplicaos y poblad la tierra”–, el Homo erectusy los primeros Homo sapiens se llevaron sus piojos consigo. Compañeros de un viaje largo y fatigoso que todavía no termina.

Cuando observamos al microscopio ya sea al piojo de la cabeza (Pediculushumanuscapitis), al piojo del cuerpo y la ropa (Pediculushumanushumanus) o al piojo del pubis (Phthirus pubis), tenemos que concluir que son organismos extraordinaria y perfectamente adaptados a sus particulares condiciones vitales, prestos a nutrirse de nuestra sangre sin más contemplaciones, lo que logran con un éxito notable. Si hoy, gracias al conocimiento científico de su biología, ya no representan la amenaza que fueron en el pasado, no dejan de estar presentes en la vida de muchísimos seres humanos, incluso de los de clases sociales acomodadas, que no son inmunes a las ocasionales epidemias escolares del piojo de la cabeza.

La historia de estos pequeños insectos está llena de episodios interesantes y hasta cómicos. Durante el siglo XIX en Francia, a las ladillas o piojos del pubis se las conocía como “mariposas del amor” (papillonsd’amour) por la facilidad con la que “volaban” de un pubis a otro durante los encuentros sexuales. Para librarse de ellas y del insufrible comezón que provocan, solía utilizarse una pomada rica en mercurio que se conocía con el eufónico y untuoso –nunca mejor dicho– apelativo de “el ungüento de los caballeros”.

No nos debe extrañar que el propio Aristóteles, con esa curiosidad insaciable que lo coloca entre los primeros científicos, influido seguramente por aquella idea de los humores o líquidos corporales que dos siglos atrás habían puesto en boga los antiguos médicos griegos, se había ocupado de los piojos, señalando que se originaban en el interior del cuerpo por la corrupción de sus humores. Así empezó la historia de la ftiriasis (del griego phtheírein, “corromper”) o enfermedad de los piojos. A partir de Aristóteles, fueron varios los estudiosos que durante los siguientes siglos describieron numerosos casos de esta enfermedad, que consistía en la aparición de “tumores” de color rojo oscuro en diferentes partes del cuerpo, bultos que provocaban picor y que se podían abrir con el rascado vigoroso, dejando escapar muchos piojos que, como un enjambre, se desplazaban sobre la superficie corporal del infortunado y amenazaban con alcanzar a los testigos que huían despavoridos. Esta enfermedad poco a poco fue perdiendo presencia y acabó por desaparecer de los textos médicos y dermatológicos a lo largo del siglo XIX. Hoy dudamos que haya existido realmente.

Más allá de su imagen desagradable y de las molestias cutáneas, lo que constituye una verdadera amenaza es el hecho de que los piojos del cuerpo pueden transmitir el tifus exantemático o epidémico (del griego tifos, “nube”, “humo”, “estupor”), una enfermedad que representó un auténtico azote en otras épocas y que todavía hoy aparece de vez en cuando. Su causa es la Rikettsiaprowazekii, una bacteria peculiar que por mucho tiempo permaneció en el limbo de las clasificaciones microbiológicas, ubicada entre los virus y las bacterias convencionales. Hoy la consideramos una bacteria que sólo puede vivir en el interior de las células del huésped, es decir, como parásito intracelular obligado.

Muchas han sido las epidemias de tifus a lo largo de la historia. Parece ser que en lo que hoy es México ya existían estas epidemias antes de que llegasen los españoles, aunque tras la Conquista ocuparon un lugar destacado entre las muchas calamidades que tuvieron que padecer los pueblos sometidos. Al tifus los antiguos mexicas lo llamaban matlazahuatl (del náhuatl matlatl, “red” y zahuatl, “erupción” = sarpullido en forma de red), pues reconocieron una de sus principales manifestaciones, la erupción o exantema, que aparece en la piel de los enfermos y que acompaña a la fiebre, los escalofríos, el dolor de cabeza y músculos y el estado estuporoso.

La mortalidad de aquellas epidemias de tifus era más que significativa. Basta leer lo que refiere Fray Bernardino Sahagún, gran cronista del México antiguo y profesor en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, sobre la epidemia de tabardillo, tabardete o matlazahuatl ocurrida en 1541, que ocasionó más de 10 mil víctimas: “una pestilencia grandísima y universal, donde en toda esta Nueva España murió la mayor parte de la gente que en esta había”. Recordemos también que durante la Primera Guerra Mundial, las muertes por tifus sobrepasaron con mucho a las ocasionadas por las balas, las bombas y los gases venenosos.

Como lo ha reseñado magistralmente Mauricio Tenorio Trillo, profesor de historia, literatura y lenguas romances de la Universidad de Chicago y profesor asociado de historia en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), México jugó un papel muy relevante en el esclarecimiento de la causa y, sobre todo, del modo de transmisión del tifus, cuando a principios del siglo XX se dieron cita en la capital del país los más prominentes expertos nacionales y mundiales en el tema.

Acudieron convocados por el estímulo de 50 mil pesos que prometió el gobierno de Porfirio Díaz al que esclareciese tan elusivos misterios. La comisión mexicana del concurso científico declaró el premio desierto a pesar de que las investigaciones de Charles Nicolle, Rudolf Howard Riketts (que murió de tifus en México), Stanislaus von Prowazek (que también murió de tifus en Alemania), Henrique da Rocha Lima y otros aclararon de forma definitiva todos los detalles de la enfermedad. La cicatería del gobierno porfirista con los científicos extranjeros provocó una serie de rencillas y resentimientos contra los investigadores mexicanos que ilustran una vez más la naturaleza profundamente humana de la comunidad científica.

No deja de asombrar como un simple piojo, albergando en sus intestinos tan minúscula y frágil bacteria, sea capaz de poner en jaque a su compañero de fatigas que, con lamentable frecuencia, sobrestima sus alcances y capacidades. Como que eso del Homo sapiens sapiens es un exceso de confianza.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com