Columna de la plaza de armas

Por J. Jesús López García

Indudablemente que a través de la Historia de la Humanidad, el logro de alturas considerables en la construcción ha sido un reto técnico a la par de las motivaciones intelectuales, teológicas, conceptuales o plásticas que los arquitectos han afrontado desde siempre, antes de caer en la mera especulación financiera como fin último del desarrollo inmobiliario –recuérdese la Escuela de Chicago.

A partir del neolítico los hombres prehistóricos buscaron alzar sobre el horizonte elementos verticales en desafío a la gravedad, en honor a deidades hoy desconocidas, o simplemente para marcar un territorio, un evento astronómico, o calendárico. La erección de aquellas piezas, denominadas «menhires», no era sencilla y contravenía en muchos sentidos con su dinamismo vertical, la pasividad extendida de una piedra de tales proporciones y tamaño.

Ya en tiempos remotos, la Torre de Babel no tuvo una buena conclusión y fue destruyéndose gradualmente a través de los diferentes reinados; por otra parte, de acuerdo con la Biblia, fue castigada con la falta de conclusión por la arrogancia de sus constructores, de lo que devino –según el relato bíblico– la variedad de lenguas del mundo, que de manera unívoca veían en las alturas la misma atracción casi mágica al margen de interpretaciones particulares.

Posteriormente, continuaron los obeliscos –monolitos de piedra con una sección cuadrangular en su desplante cuya culminación es una pirámide– de los reinos del Antiguo Egipto, todos con la impronta de bajorrelieves de escritura jeroglífica sólo legible para los talladores y sus dioses debido a la altura. Fueron tan atractivos en la simplicidad de su planteamiento y forma que los romanos trasladaron varios a su ciudad.

Los romanos alzaron también grandes columnas sin una finalidad estructural como parte de un marco formado por pilares y largueros, con la única función representativa, como los obeliscos egipcios, de apostillar alabanzas escultóricas a la gloria de algún emperador. De esta tradición romana se desprende una posterior práctica occidental de erigir monumentos en honor a un suceso o a un notable.

No es que eso sea privativo de Occidente, los musulmanes construían minaretes y en Mesoamérica ya existían varios tipos de estelas –aunque diminutas, poseen más o menos la misma función representativa–, sin embargo el antecedente romano es análogo a nuestro tema, además de hermanar en una tradición construcciones como las múltiples columnas que se dedican a deidades, tal es el caso a Niké –Diosa griega de la Victoria– que en México se le conoce popularmente como el Monumento a la Independencia, El Ángel o El Ángel de la Independencia, o en su caso a la diosa de la mitología Atenea –más allá de las fronteras temporales y espaciales griegas, una muy famosa en Berlín. En Aguascalientes, la columna que domina la Plaza Principal es parte de ese importante acervo mundial.

La columna de la plaza, que se mantuvo como elemento único en el solar, es de los pocos modelos puramente neoclásicos que existen en la ciudad aguascalentense y que diversas piezas, sean fincas o monumentos, corresponden a una tipología ecléctica con «aire neoclásico».

Iniciada en 1805 durante el reinado de los Borbones en España y sus territorios de ultramar, fue un gran podio sobre el que se ubicaría la efigie de Carlos IV, si bien debido a los vaivenes políticos en la casa real española, la columna se entronizó por una escultura de Fernando VII quien asumió el trono en 1808 –aunque por un lapso reducido en ese año.

Es conveniente hacer notar que se carece de datos fidedignos sobre la estatua que coronó la columna, ya que en una litografía del arquitecto, ingeniero y grabador alemán Carl Nebel Habes (1802-1855) se manifiesta de forma muy libre en una de sus litografías como un indígena arquetípico, aunque no lo podemos asegurar, lo más cercano a la verdad es que el artista realizó esa figura sin tener algo visual en que respaldarse, pues según lo escrito por el historiador Alejandro Topete del Valle, la efigie del rey se quitó de la columna al concluir en 1821 la guerra de Independencia y Nebel llegó a nuestro país hasta 1829, por lo que podemos afirmar que al quedarse la columna sin un remate, el ilustrador la dibujó de manera hipotética.

Hoy lo que aún se conserva es la columna como tal, desplantada en un sencillo zócalo de planta cuadrada sobre el que se asienta el basamento clásico propiamente dicho, con un fuste estriado y capitel jónico sobre el que mucho tiempo estuvo el asta bandera –actualmente en el centro de la plaza– instalada a partir de una especie de pebetero –tal vez en reminiscencia del fuego olímpico en honor a los dioses del Olimpo–, pero esto es sólo conjetura. Desde los años ochenta la cima la ocupa el águila republicana, duplicado en bronce de la original localizada en el Monumento a la Raza en la Ciudad de México, obra del escultor aguascalentense Jesús F. Contreras, con lo que continuamos con reminiscencias de Babel a través de tres diferentes interpretaciones de lo que hemos sido y somos como comunidad.