ciudad-vivaPor:Jesús Álvarez Gutiérrez

Tal como se temía, gran parte del peso de la Reforma Fiscal lo están soportando las clases medias. De acuerdo a los resultados de la Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares (ENIGH) 2014 –recientemente publicada por INEGI–, las clases medias perdieron en promedio un 6 por ciento de sus ingresos del primer trimestre de 2012 al primer trimestre de 2014.

Durante varios meses hemos denunciado, con datos ofrecidos por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y el Consejo Nacional para la Evaluación de las Políticas Públicas (CONEVAL), la terrible desigualdad social que padecemos en México, así como el agravamiento de este problema durante las últimas tres décadas.

La concentración del ingreso y la riqueza es aberrante y sigue empeorando. Actualmente el uno por ciento de la población obtiene cada año un tercio de los ingresos nacionales. Más aún, el diez por ciento acapara ya dos tercios de la riqueza (patrimonio) total del país (estimaciones de Oxfam).

No sólo somos un país donde más de la mitad de su población es pobre, sino que la pobreza es estructural porque deriva de salarios tan bajos que una gran mayoría de esas familias no alcanza a cubrir la canasta básica del hogar, ni siquiera trabajando ambos miembros de la pareja. Estas familias sobreviven por el beneficio de las remesas de algún pariente en Estados Unidos y, también, gracias a programas públicos clientelares, denominados eufemísticamente “sociales”.

De la misma forma que anteriormente lo señalaron Piketty, y los premios Nobel de Economía Krugman y Stiglitz, ahora también James J. Heckman, otro Nobel, acaba de advertirnos que no podrá resolverse el problema de la desigualdad en México haciendo transferencias de dinero a través de programas sociales, sino que se necesita “invertir en programas de intervención en la niñez”, a través de una educación oportuna, pertinente y de calidad, que involucre a los maestros y a los padres de familia.

Se ha sugerido que la desigualdad social deriva en buena medida de la baja productividad laboral mexicana, que apenas ha crecido 0.3 por ciento por año de 1990 a la fecha (Secretaría de Hacienda). Sin embargo, hay otro factor que debemos denunciar. Los salarios se han deprimido por decreto, a través de la Comisión Nacional de Salarios Mínimos. Está comprobado que los salarios no sólo no subieron a la par siquiera de la productividad, sino que disminuyeron, hasta el punto en que el costo de la mano de obra mexicana es hoy, en términos reales, 40 por ciento más bajo que hace 25 años. ¿Queremos seguir fincando la competitividad del país sobre esta política explícita de contención salarial? ¿Es viable económica y socialmente?

Hoy me voy a referir en específico a ese grupo de población bastante heterogéneo que denominamos “clases medias”, donde incluimos aquellos sectores que satisfacen sus necesidades básicas (alimentación, salud, educación), y adquieren, a plazos, artículos para el hogar, ropa, accesorios y hasta vivienda y vehículo. En esta categoría tan amplia cabe casi un 40 por ciento de los hogares mexicanos (deciles VII, VIII, IX y muy buena parte del X), que mensualmente ganan entre 12 mil y 30 mil pesos (incluyendo la remuneración salarial conjunta de los miembros de la familia que trabajan).

Por razones obvias, la estabilidad de un país descansa en la solidez de estas capas sociales medias de su población. Sin embargo, en México han sido recurrentemente golpeadas por las crisis económicas. Su fragilidad es mayor porque, al tratarse en su mayoría de causantes cautivos, técnicos, profesionistas independientes y/o micro empresarios, son vulnerables a los caprichos fiscales de los gobiernos de todos los colores.

Según la ENIGH 2014, el promedio de los hogares mexicanos perdió 3.5 por ciento en sus ingresos en el último par de años; los ingresos de las clases medias cayeron el doble por el efecto combinado de los nuevos candados y disposiciones fiscales.

Respecto del año 2008, los hogares mexicanos en su conjunto han acumulado una pérdida de 14 por ciento en sus ingresos.

En cuanto al gasto, los hogares mexicanos de los primeros deciles destinan actualmente casi la mitad de su presupuesto a alimentación. Por su parte, las clases medias se han visto obligadas no sólo a reducir su gasto global, sino a modificar la estructura del mismo, pues cada vez deben dedicar una proporción mayor de su presupuesto a alimento, transporte (gasolina) y telecomunicaciones (celular, internet), sacrificando rubros como inmuebles, bienes de consumo duradero y no duradero, educación, esparcimiento, y ahorro. A la larga, el país en su conjunto sufrirá las consecuencias, pues la menor capacidad de compra de las clases medias seguirá restringiendo el mercado doméstico y alejando la posibilidad de detonar una tasa de crecimiento económico sostenido, de acuerdo a las promesas y expectativas.