Itzel Vargas Rodríguez

Seúl y Barcelona son ejemplos claros de sostenibilidad. Donde se propician y generan tecnologías que hacen más eficientes las labores del servicio público emanado por los gobiernos, donde la ciudadanía tiene al alcance la información de su ciudad, donde la información pública del gobierno se maneja con estrictos esquemas de transparencia, donde el alcance a las nuevas tecnologías propician una continua conectividad entre las personas y la ciudad, donde los espacios asignados a la movilidad de las personas ofrecen alternativas económicas, eficientes y sustentables, donde la calidad de vida de las personas mejora continuamente.

Imagínese, levantarse al trabajo y poderse transportar en medios de transporte públicos eficientes y puntuales. Que si le falla el auto, pueda tomar un camión sin problema porque sabe que está en buenas condiciones y que llegará justo a la hora y minuto en el que le indica una pantalla de la parada de autobuses. Navegar en la página de su gobierno local y encontrar al alcance la posibilidad de hacer múltiples trámites on-line y no sólo eso, consultar dónde quedan bancos, gasolineras, centros comerciales. Donde pueda participar activamente y dando opinión sobre los asuntos sociales. Donde sin tantas trabas pueda emitir quejas al instante y que sean respondidas de igual forma eficientemente. Donde usted tenga la certeza de que la planeación de su ciudad está siendo amigable con el medio ambiente. Esto es sólo una pequeñísima parte de la realidad que puede ofrecer la planeación de las ciudades inteligentes.

Según la ONU, dentro de los próximos 35 años, el 70% de la población mundial se concentrará en las ciudades, esto implica un reto venidero muy grande, en el que precisamente las ciudades deberán organizarse en entornos amigables con sus habitantes.

Las ciudades inteligentes buscan apoyarse en ofrecer un nuevo modelo de gestión urbana que integre al sector económico y las diversas disciplinas del conocimiento, centrándose en desarrollar el talento innovador para así aprovechar el enorme volumen de información que puede llegar a proporcionar una ciudad hiperconectada y tecnificada.

Para ello, evidentemente se requieren de grandes cambios: proveer la infraestructura necesaria que pueda garantizar e impactar en la calidad de vida de los ciudadanos y con ello lograr espacios más habitables, propiciar una cultura de ciudadanía responsable con el entorno o contar con una mayor capacidad de innovación y tecnología que apoye en la movilidad y en la administración pública.

Las ciudades a nivel mundial, exigen paulatinamente la generación de nuevos esquemas de gestión pública. Estamos tardíos al pensar que la tecnología y la innovación son temas aparte del desarrollo económico y social de las sociedades. Nos quedaremos rezagados si no se implementan formas de retroalimentación entre el quehacer gubernamental y la ciudadanía, que abonen a la transparencia. Y sobre todo, si no planificamos nuestras ciudades de forma que sean cuidadosas con el medio ambiente, incentivando la participación social en el tema (por ejemplo, con la separación de residuos o el uso de medios de transporte alternativos al automóvil propio), lamentaremos en un futuro no muy lejano aquellos días pasados en que pudimos haber hecho uso eficiente de nuestras nuevas tecnologías, de haber canalizado el conocimiento de las más jóvenes generaciones, de la generación de una planificación sostenible que pudo haber impactado benéficamente en la calidad de vida de los habitantes de la Ciudad. Las ciudades de hoy ya lo necesitan, la nuestra no está exenta de ello, todo es cuestión de empezar a ponerse a trabajar en la materia.

Ciudades inteligentes: aquellas que integran economía, población, movilidad, tecnología, medio ambiente y administración de forma sostenible.

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