Por J. Jesús López García

De algunos lustros a la fecha no se levantan edificios de varios niveles en calles comerciales –como en varios tramos de la calle Victoria–; ello además de nulificar el potencial económico de hacer más redituable el valor del suelo, muestra las vicisitudes de un negocio que sobrevive con vicisitudes oscilando entre una crisis tras otra y descarta su crecimiento, no se diga ya construir en lo que le corresponde, una ciudad más amigable. Pero volteemos a los inmuebles que sí muestran segundos o más pisos; sustraigamos de la cotidianeidad actual su percepción e imaginemos maneras creativas de ocuparlos, para ello hay que descender del ritmo de la inercia y empezar a considerar seriamente la voluntad de construir una ciudad más hospitalaria para todos.

Fincas calificadas de <viejas> son descartadas en la nómina de los inmuebles <útiles> y no se tienen concesiones al modificarles sin mayor miramiento que el que entraña el hacerles más notorios en medio del desorden visual al que se somete al transeúnte de la ciudad. Para ello se destruyen marquesinas, cornisas y remates, se amplían vanos, cambian recubrimientos y se agregan elementos accesorios que obedecen a una lógica mercadológica de breve vida útil tal el caso de los interminables anuncios, que sin embargo terminan constituyéndose con base en jirones en parte espectral de un edificio al que se le quiere dictar una acta de defunción cuando aún hay maneras diversas de infundirle vida.

En Aguascalientes existe un sinfín de ejemplos, particularmente en la zona centro en donde las partes superiores de los inmuebles han sido habilitados como espacios en donde amontonan las diversas mercancías de los respectivos giros comerciales, negando con ello, toda la potencialidad como espacios habitables en el cada vez más agonizante centro de la ciudad. En varios momentos las modificaciones agresivas son frenadas por la misma inercia utilitaria que deteniéndose en solucionar de manera provisional o temporal –como en el caso del soleamiento de los posibles clientes–, considera secundario emprender obras con un deplorable remozamiento. Para ejemplificar lo comentado está la situación que muestra el Pasaje Ortega, cercano al mercado Terán, donde su estrechez ha contribuido a saturar de establecimientos fijos y comercio eventuales el espacio público tendiendo cubiertas ligeras de paramento a paramento pero sólo cubriendo el primer nivel, dejando el resto oculto al disfrute de la arquitectura que se encuentra en los niveles superiores de quien camina por el lugar.

Si pudiésemos acceder a los segundos pisos podríamos ver lo que la perspectiva enseña; edificios añejos pero que en sus modalidades Art Déco, o tardo modernas presentarían una imagen urbana menos caótica y mucho más amable al peatón, pues las cubiertas provisionales sirven más como prolongaciones de los locales que como sombra e impiden la conveniente y necesaria circulación del aire. De la misma manera, el uso habitacional de los segundos pisos como se utilizaban originalmente, tal vez sea menos rentable, pero termina por ser un uso menos dañino para los inmuebles y sobre todo, diversifica la experiencia urbana de sus habitadores.

En la fábula El león y el ratón de Esopo se menciona que engendrando la familiaridad cierto desprecio, no nos percatamos del valor de alguien hasta manifestarse la importancia de éste, muchas veces a través de la necesidad de su auxilio; en el caso de la arquitectura, más que al amparo es la utilidad de los edificios lo que parece poner de manifiesto su valor aunque, otra circunstancias menos tangibles, como la capacidad de evocación, su papel en el armado de un contexto, entre otros múltiples factores, son también elementos para estimar su presencia.

Las partes ocultas de los edificios tal vez no representen grandes desplantes de diseño, quizá tal vez no sean las obras de arquitectura icónicas ni de su propio sitio, sin embargo su valoración contextual y testimonial es grande y más, cuando pueden participar con usos de mayor permanencia de la gente, como el caso habitacional, a la vida urbana, que requiere una justa diversificación de lo público y lo privado.

Mas volviendo a la familiaridad a la que alude la fábula y ubicándola en cuestiones de arquitectura y ciudad, es la cotidianeidad lo que propiciando un contacto directo de las cosas que rodean a nuestra persona, termina por dar a esos objetos una pátina de tedio, y con ello propinándoles un golpe de menosprecio que socava su constitución física con el paso del tiempo, pues lo que es simplemente despreciable puede esconderse, y con el ocultamiento, la erosión paulatina es consecuente.

No es que la arquitectura y el comercio sean una pareja disfuncional, todo lo contrario, sólo que la provisionalidad de las soluciones con base en un utilitarismo fácil colisionan con el sentido de duración natural de los edificios sobre los que se aplican; y la permanencia de la imagen de la ciudad y la experimentación que ella infunde a los moradores, son clave para establecer una narrativa urbana común, un punto de coincidencia en las vivencias de la comunidad. Es por ello que los invitamos a descubrir un mundo inédito en nuestra ciudad aguascalentense, ¡¡¡a encontrarse con la ciudad invisible!!!