José Luis Gómez Serrano
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Hace muchos años, las películas que Gobernación no consideraba adecuadas para su exhibición, sencillamente eran prohibidas y quedaban guardadas en algún almacén, en espera de tiempos mejores. Esto sucedió principalmente a propósito del movimiento del 68, que despertó una gran conciencia en el país; el gobierno se volvió susceptible a cualquier crítica y había que cuidar las formas en prensa, radio y televisión, y ni hablar de una película en donde se criticara abiertamente al presidente o se intentara hablar de Tlatelolco, principalmente desde el punto de vista de los estudiantes. Las películas de aquella época eran rollos de 16 ó 35mm, que se guardaban en latas, y de ahí viene el adjetivo “enlatado”, que me parece ha perdido actualidad, puesto que Sofía, mi hija que trabaja en cine, ni teme a la censura gubernamental y ya no he visto ese adjetivo en noticias relacionadas con cine.

Nuevos años, nuevas tecnologías. Ahora casi todo es digital y es posible filmar una película con una cámara fotográfica Canon comprada en Sams; ahora los peligros para el cine son la abundancia de medios, la escasez de dinero, y la necesidad de perseguir la elusiva inspiración. El primero es sello de este siglo, el segundo y el tercero están desde que se inventó el cine. Hoy en día el gobierno mexicano (y el de casi todos los países) es más tolerante hacia la crítica, ya no ejerce aquel papel de censor, y ha puesto a disposición de la comunidad de cineastas fondos para la creación de películas.

México ha concentrado la producción fílmica en el DF, son los directores y productores que viven ahí o que tienen ligas con personas importantes en el medio los que han acaparado la mayoría de las películas hechas en México. El CCC (Centro de Capacitación Cinematográfica) y el CUEC (Centro Universitario de Estudios Cinematográficos) son las dos escuelas más importantes en el DF, el primero trabaja con apoyo federal y el segundo es parte de la UNAM. Fuera del DF hay varias escuelas; en Aguascalientes ya está creada la carrera de cine dentro de la UAA, pero es un proyecto muy joven. La escuela más conocida en provincia es el DIS (Departamento de Imagen y Sonido) de la Universidad de Guadalajara, que fue creada hacia 1995, gracias en parte a los esfuerzos de un emigrante ruso, Boris Goldenblank.

Hay mercado para el cine en México y la prueba está en la multitud de complejos de cines que se han construido, como Cinépolis y Cinemex, y los miles de suscriptores a Netflix. Sin embargo, el mayor porcentaje de películas exhibidas es norteamericano, y eso hace preguntarnos por qué la industria fílmica nacional no está a la altura del potencial que tiene en el país. No es falta de talentos, porque tenemos directores, actores y actrices reconocidos internacionalmente; Alfonso Cuarón y González Iñárritu han sido premiados con el Oscar. El hecho de que esas películas premiadas fueran hechas en Estados Unidos ilustra una de las razones de que por qué las películas 100% mexicanas (hechas aquí, con dinero mexicano y cineastas mexicanos) no hayan sido tan exitosas: la razón más prosaica de todas, el dinero. Sencillamente, hay más en Estados Unidos que en México, y el enorme presupuesto de los estudios de Hollywood permite lo mismo hacer un film con estrellas que arrastran audiencias como contar con decenas de autos para chocarlos y volverlos chatarra. En México no hay tanto dinero, y los cineastas tienen que buscar alternativas. Una de ellas es el regreso a los orígenes, contar historias, y es la línea que está siguiendo un grupo de cineastas jóvenes salidos de la UdeG.

El cineasta ruso Boris Goldenblank había producido muchos documentales, más de 200, trabajando bajo el régimen soviético. Después que cayó el comunismo en Rusia, Boris emigró a México, donde convenció a las autoridades de la Universidad de Guadalajara que podrían hacer una buena escuela de cine, que compitiera con las del DF. Esto sucedió hacia 1994, y desde entonces el DIS ha producido diez y seis generaciones de cineastas; Boris estuvo al frente de la escuela hasta principios de este año, cuando falleció. En el DIS se estudia el arte y la artesanía de hacer cine: dirección, guión, edición, producción, posproducción, fotografía, sonido. No es una escuela para actores, es para aquellos que quieren crear cine detrás de las cámaras.

Para los cineastas, terminar la carrera significa que apenas están empezando la verdadera carrera: lograr una película, trabajar ahí como guionista, director, productor o fotógrafo. No se trata de buscar un empleo, no hay anuncios que digan “se solicita director de cine”; se trata de engendrar una idea, discutirla, darle forma, hacer ensayos, recibir críticas, escribir decenas de bocetos y en el camino ir juntando lo que se necesita para convertir aquella idea en un film. El camino es largo, no hay ruta establecida, ni siquiera una dirección que indique el rumbo; la mayoría desiste después de unos años de darse contra la pared y encauzan sus talentos por otro lado.

Dentro de los egresados del DIS se fue formando con los años un grupo de amigos que se ayudaron entre ellos a conservar vivo el deseo de hacer películas: hicieron un documental, alguien llegó con un proyecto de cortometraje, otro fue guionista en una película y regresó con sus experiencias y relaciones, el que tenía una cámara la ponía a disposición, y poco a poco fueron creando una masa crítica de experiencias, de conocimientos y de haberes en donde lo que cada quien sabía o poseía, estaba al servicio de los proyectos del grupo. Carolina Platt dirigió La Hora de la Siesta, un documental sobre la tragedia de la guardería ABC hecho con miembros del grupo; Samuel Kishi Leopo dirigió Somos Mari Pepa, un largometraje que se ha exhibido en muchos festivales en todo el mundo, en particular el de Berlín; en esta película Sofía Gómez Córdova fue coguionista, y ahora que Sofía va a rodar su propia película (Los Ojos de Schrödinger), Kishi es parte del equipo. En total, el grupo ha producido más de treinta cortometrajes y varios largometrajes.

¿Cuál es el secreto? ¿Cómo han podido producir películas con bajo presupuesto y prácticamente sin apoyo del gobierno? Una respuesta obvia es la tecnología: puede rodarse una película con una cámara que cuesta veinte mil pesos cuando hace quince años se necesitaban doscientos mil. Pero la respuesta más adecuada es que están organizados como una cooperativa, donde no hay líder y donde los talentos y haberes de cada quien están a la disposición de los demás. Han reunido suficiente talento y amistad como para saber que si se tiene una buena idea, en el grupo encontrarán quien pueda dirigirla, producirla, o escribirla.

 

Una película es ante todo labor de equipo y tarda entre uno y dos años para realizarse. Los miembros del grupo lo entienden y lo aceptan, pueden atender sus obligaciones cotidianas (algunos son profesores de la UdeG), y pueden llevar varios proyectos en paralelo. Los puestos son rotativos: cualquiera puede concebir un proyecto, plantearlo al grupo, recibir opiniones y finalmente conseguir formar el equipo que realizará el proyecto. Con el tiempo han madurado y aprendido a prever lo que viene detrás de hacer la película: exhibirla. Hay muchas películas que se filman en México, algunas con ayuda de la Federación, pero no todas llegan a las salas; el hecho de tener el presupuesto asegurado puede hacer bajar la guardia, pero las películas que ha hecho el grupo no gozan de este privilegio, les han costado demasiado trabajo y las hacen para exhibirlas.

El secreto de la exhibición pública es acercarse y convencer a un distribuidor, quien es el canal para hacerla llegar a las salas de cine. La película que va a rodar Sofía, por ejemplo, ya cuenta con distribuidor.

El Grupo de los Treinta, como les llamo porque casi todos están en sus treintas y porque han hecho más de treinta cortometrajes y algunos largometrajes, vive una etapa de transición dentro del cine, originada principalmente por la nueva tecnología, que facilita el trabajo de filmar y ha abierto muchas vías para exhibir películas. Antes estaban las salas y nada más, ahora existen AppleTV, Netflix y Filminlatino, otras vías para llegar a los espectadores; en estas plataformas, el reto es sobresalir del montón, distinguirse entre las miles de películas disponibles para los cineadictos.

Pero el mayor reto para este grupo es entender sus posibilidades y reconocer la clase de historias que quieren contar. No van a disponer de millones de dólares para traer estrellas ni para efectos especiales ni para filmar en hoteles de lujo en los lagos de Suiza, tendrán que ser películas de bajo presupuesto que se deleiten en el arte de contar.

Acerca del placer de narrar, Sofía me da como referencia a los cineastas ingleses del Free Cinema (Lindsay Anderson, Karel Reisz, Tony Richardson), quienes filmaron al margen de la industria con cámaras de 16mm y hablaban de historias de la gente que uno ve en las calles; no rentaron Downtown Abbey para filmar una película de época con Rolls-Royce a la puerta. Yo comparé esta idea con los cuentos de Chejov: un niño, un cochero, una corista, un sacerdote; todos ellos, fotografiados por la pluma de Chejov en unos instantes de su vida.

Algunos miembros de El Grupo de los Treinta son Samuel Kishi Leopo, Miriam Henze, Ana de Loera, Luna Marán, Toiz Rodríguez, Luis Briones, Ernesto Trujillo, Carolina Platt, Sofía Gómez Córdova y Yordi Capó, quien fue maestro de todos ellos y ahora quiere aprender con ellos. Ya empezamos a oír hablar del grupo, por la película de Kishi y por el documental mencionado; yo espero que con los años, sean más los nombres de este grupo que se vuelvan familiares para los amantes del cine.