JESÚS FRANCO (ALIAS JESS FRANCO, JESS FRANK, CLIFFORD BROWN, JAMES P. JOHNSON, TERRY DECORSIA, LULÚ LAVERNE, PABLO VILLA, JOAN VINCENT, CANDY COSTER, ROBERT ZINNERMAN Y UN LARGUÍSIMO ETCÉTERA)

COLUMNA CORTECuando Jesús Franco Manera (su nombre verdadero y completo) dijo: “No soy un falso intelectual como muchos en este negocio (el cine)”, no mentía, pues la gallarda honestidad con que abordó el 7º. Arte lo alejaba de todas las pretensiones con que sus contemporáneos europeos desataban sus historias melodramáticas y adustas en las pantallas grandes de hace décadas. Su desembarazo ante los convencionalismos del rigor cinematográfico le propició una carrera célebre, notoria y no exenta de escándalos, pues sus cintas eran una estampida de sexo gratuito, hemoglobina por galones, truculencia absoluta y un caudal de atrocidades capaz de mandar al monacato a Pier Paolo Pasolini. De hecho, la Iglesia Católica lo catalogó en la década de los setenta junto con Luis Buñuel, como uno de los cineastas más peligrosos para sus feligreses (más perturbador resulta una lista de enemigos dogmáticos elaborada por un grupo de emasculados cenobios, cuya idea de un logro fílmico es “Marcelino, Pan y Vino”). Una hazaña a la que pocos pueden aspirar aunque se desee (ni Stanley Kubrick o el siempre provocador Fellini lograron tal desacato ante el verdadero rebaño sagrado). Su nombre se ensamblaba como engrane de una maquinaria generacional creadora de propuestas antitéticas ante formalismo hollywoodense, desbaratando tabúes occidentales y formando un dique ideológico que apresaba una corriente doctrinal hasta cambiarla de rumbo a la par de los esfuerzos que la Hammer o la Amicus, con su estructura de estudio, aplicaron en el Viejo Continente empleando mentalidad de exportación. Jesús Franco lo hizo solo, trabajando con muchos actores y actrices de consolidado culto que reforzaron con algunos de sus trabajos al mando de este director madrileño. Nada mal para un exasistente de Orson Welles y antiguo académico del Real Conservatorio de Madrid como afinado ejecutante de piano y harmónico, pues al intercambiar sus instrumentos por la cámara, vería la manera de desarrollar un arte de exquisitez pútrida.
A pesar de su trabajo con el perfeccionista Welles, Franco se decantó por rodar sus propias películas a toda prisa y con un ardor idealista propio de una juventud hastiada por el conservadurismo a ultranza impuesto por Franco (el dictador, por supuesto) y huestes. Así, sin demasiadas exigencias, filmó “El secreto del doctor Orloff” (1964) y “Necronomicón (Succubus)” (1966), cintas que le obsequiaron notoriedad y un relativo éxito económico y crítico (Franco aseguraba que a Fritz Lang, le había seducido su manejo de cámara y atrevimientos narrativos de estas cintas… pero eso decía él). Su magnum opus tanto en aspiraciones temáticas como plásticas llegaría cuatro años después con “El Conde Drácula”, una relativamente lujosa versión a modo concupiscente y lasciva del texto de Bram Stoker, protagonizada por quien en aquel entonces parecía tener exclusividad en su representación cinematográfica: Christopher Lee. El finado actor británico comentaría a la postre a lo largo de los años, que la versión del sui géneris creador español sería una de sus favoritas, aun cuando su nombre acompañó al inmortal conde en decenas de películas filmadas a lo largo y ancho del planeta. En estas producciones, Franco podía cometer tropelías y abusos contra la carne a su antojo, como un Marqués de Sade con megáfono preocupado por subvertir las núbiles mentes de su público de matiné, con el fin de proveerles una experiencia genuinamente adulta y fuera de lo común, aportando debates sobre la utilidad de la narración fílmica en el empuje discursivo del género de horror y manifestando un cariño por el caos y la violencia, que hacen ver a los torpes esfuerzos modernos de Eli Roth como producciones para la Nickelodeon. Mas, allende a las provocaciones visuales y a los altercados argumentales, Franco dejaba ver una honradez plástica en su primorosa construcción de atmósferas y un genuino cuidado en el maltrato de sus actrices, las cuales jamás manifestaron encono ante lo que en apariencia era un afán misógino de presentarlas como meras víctimas. Incluso una de ellas, la voluptuosa Lina Romay, se transformó en su cómplice creativa dentro y fuera de la pantalla hasta contraer tardías nupcias en el año 2008, una pareja como pocas dedicada a reconfrigurar los cánones de un cine renuente a cambiar y contento con su estado anímico en parálisis.
Su filmografía alcanza una vastedad inaudita, que hablar de sus filmes raya en la futilidad, además que una senda de desigualdad marcaba su trabajo. Pero su presencia en este periodo de transfiguración cultural, le dotaron de iconicidad a los públicos de medianoche que buscaban algo más que un mero espectáculo en Cinemascope y ultrajar un poco la conciencia a través de una agraciada sordidez que desde títulos como “Vampyros Lesbos” o “Drácula contra Frankenstein” celebraban desde el momento en que adornaban una marquesina, pues la audiencia sabía a lo que se enfrentaría.
Jesús Franco falleció hace un par de años, heredando a modo de dote algo que muy pocos directores han podido legar en el altar cinéfilo: la torcedura de una perspectiva sin requerir una curación posterior. Y ahora que Christopher Lee nos ha dejado, se cierra por completo una era de dignidad fantástica que tomará mucho, sino es que nunca, regenerarse, lo que al contemplar el estado actual de su amado género raya en los limítrofes de la tragedia.