Luis Muñoz Fernández.

Una de las pocas novedades que hasta el momento han expresado en las campañas los aspirantes a los diversos cargos de elección popular que habrán de elegirse este 2016 en Aguascalientes es el uso de la ciencia y la tecnología como bandera política. Si tal y como lo han señalado los estudiosos, nuestro analfabetismo científico hunde sus raíces en la historia, se extiende hasta nuestros días y coincide con el dominio del pensamiento mágico-religioso en aquellos aspectos seculares de la vida que no le competen (la educación, la moral, la economía y la política), esta iniciativa es cuando menos llamativa y merece algunas reflexiones.

Salvo por lo expresado en entrevistas breves a través de los medios de comunicación, en las redes sociales y en algunos anuncios espectaculares, los detalles de este interés por la ciencia y la tecnología como motores del desarrollo estatal no se conocen. Sólo han trascendido algunas ideas generales expresadas en llamativos eslóganes que parecen obedecer por el momento a un fin propagandístico. Es deseable que conforme avance el tiempo esta iniciativa se pueda conocer con mucho mayor detalle y exista la posibilidad de analizarla y discutirla mediante un amplio debate público informado.

Es cierto que en Aguascalientes necesitamos impulsar de manera plena y generalizada la cultura y la investigación científicas, además del desarrollo tecnológico, pero debemos hacerlo garantizando simultáneamente la satisfacción de las necesidades básicas que siguen sin resolver para un porcentaje muy significativo de nuestra población. Además del techo y el sustento, siguen pendientes de solución la adecuada atención sanitaria, el transporte público moderno y eficiente y la educación básica de calidad, por señalar solamente algunos ejemplos.

¿Cómo se puede acceder a los altos niveles de desarrollo científico y tecnológico mientras amplias capas de nuestra sociedad sufren carencias materiales tan marcadas y elementales? Y si se puede, ¿se debe? He aquí un primer dilema moral para el (la) futuro (a) mandatario (a). Dilema que puede resolverse si se atienden ambas necesidades con igual vigor, sin que lo que se invierta en una, tanto en recursos materiales como humanos, vaya en detrimento de lo que se destine a la otra.

No podemos dejar de reconocer la aportación fundamental de la ciencia y la tecnología al progreso material y al poder político y económico de las naciones desarrolladas. De hecho, son posiblemente la ciencia y la tecnología, más que ningún otro factor, las responsables del desarrollo de esos países y de su liderazgo en el concierto internacional, incluyendo su poderío militar. Este reconocimiento no es nuevo. Ya lo dijo el 5 de diciembre de 1897 Santiago Ramón y Cajal, destacado científico español, en el discurso de ingreso a la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales:

Mientras nuestras razas han dormido secularmente el sueño de la ignorancia y cultivado la religión y el arte (preferentes y casi únicas actividades de los pueblos primitivos), las naciones del centro y norte de Europa se nos han adelantado prodigiosamente. No vamos hacia atrás, sino muy detrás. Úrgenos, pues, alcanzarlos corriendo vertiginosamente para colaborar en la medida de nuestra escasa población y del exiguo sobrante de nuestras energías morales y económicas en la obra de la conquista de la Naturaleza.

Dos años más tarde, tras la derrota de España en manos de los Estados Unidos, el sabio exhortó a sus compatriotas con las siguientes palabras:

 

¡Oh si yo pudiera transmitir a nuestros políticos, a nuestros capitalistas, a nuestros sabios e ingenieros, a nuestros obreros y estudiantes, una parte del entusiasmo que me anima! Si yo tuviera la seguridad de ser oído, con qué gusto les diría: Políticos que nos habéis traído a esta triste desventura, dad tregua, por Dios, ante las angustias de la patria, a vuestro egoísmo estrecho de partido o de pandilla; preocupaos seriamente de la pureza y de la moralidad en la administración pública, del culto al honor y al heroísmo en el ejército, de la protección seria y eficaz de la instrucción popular y universitaria, de mantener, en fin, en todos los organismos del Estado, el sentimiento del deber y la más estrecha responsabilidad.

 

Palabras como estas no nos pueden resultar más vigentes. Lo son tanto como la urgente necesidad de infundir en el conjunto de nuestros conciudadanos el espíritu científico, esa forma de vida y pensamiento propia de las sociedades democráticas.

No es lo mismo el método científico que el espíritu científico. Sobre el primero se ha escrito mucho, aunque, paradójicamente, algunos de los más notables descubrimientos científicos se hayan alcanzado sin seguir sus reglas. El segundo consiste en ejercer cotidianamente la duda sistemática y no aceptar la imposición de autoridad alguna salvo la que proviene de la razón bien sustentada.

Como tampoco es lo mismo ciencia y tecnología, por mucho que hoy lleguen a considerarse sinónimos. De acuerdo al doctor Ruy Pérez Tamayo, distinguido científico mexicano, la primera es una “actividad humana creativa cuyo objetivo es la comprensión de la naturaleza y cuyo producto es el conocimiento [del que no siempre se derivan aplicaciones prácticas], obtenido mediante un método organizado en forma deductiva y que aspira a alcanzar el mayor consenso”. En cambio, la tecnología es una “actividad humana transformadora [resultado de las aplicaciones prácticas del conocimiento científico] cuyo objetivo es la utilización de la naturaleza y cuyos productos son bienes de consumo o de servicio”.

Si la iniciativa política de apoyar el desarrollo de la ciencia y la tecnología en Aguascalientes se está haciendo con la intención de un (a) verdadero (a) estadista, es decir, “pensando en las próximas generaciones, en lugar de pensar en las próximas elecciones”, sea entonces bienvenida. Porque como también dice el doctor Pérez Tamayo:

En un mundo que depende cada vez más del dominio de la ciencia y la tecnología, el rezago del país en incorporarse a él con programas vigorosos y de apoyo preferencial a su desarrollo es condenar a la sociedad a una vida no libre sino sometida a las decisiones e intereses de los que generan y explotan el conocimiento en el extranjero, así como a las tendencias hegemónicas de las religiones que no toleran la libertad del pensamiento; es renunciar a la autonomía que permite el desarrollo personal y colectivo de las aspiraciones propias de una sociedad mexicana plural.

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