Luis Muñoz Fernández

Un tema importante dentro de las relaciones entre sanidad y sociedad es la pobreza. Los informes sobre desigualdades sociales y sanitarias sugieren que las clases bajas mueren más que las clases altas, y hasta varias veces más en algunos casos concretos (como las tasas de mortalidad infantil de ciertos grupos sociales). La crisis económica recrudece los problemas de pobreza, y sobre todo la existencia de la pobreza como un círculo vicioso dentro de la sanidad. En muchos países tanto las desigualdades sociales como la pobreza están aumentando. Las clases bajas se están marginando, incluso sanitariamente; son cada vez más pobres y más enfermas en relación con el resto de la sociedad.

Jesús M. de Miguel.La enfermedad no es una metáfora, 2012.

El pasado 1º de febrero de 2017 Javier Salas, periodista en temas de ciencia del periódico El País publicó en ese medio un artículo titulado “La pobreza acorta la vida más que la obesidad, el alcohol y la hipertensión”, en el que hace referencia a un estudio científico publicado pocos días antes en la prestigiosa revista médica inglesa The Lancet por un grupo de investigadores que trabajan en diversos hospitales y centros de investigación de Suiza, Finlandia, Inglaterra, Estados Unidos, Italia, Portugal, Francia, Australia, Irlanda y Holanda.

El estudio tiene como punto de partida una iniciativa de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cuyos países miembro firmaron en 2011 la iniciativa 25×25, un plan para disminuir la mortalidad por enfermedades no transmisibles (crónico-degenerativas) en un 25% para el año 2025 (de ahí lo de 25×25). Ya sabemos cómo pueden terminar este tipo de iniciativas, incluso cuando se planean con minuciosidad, pero en este caso particular los investigadores señalan en su estudio que la OMS no incluyó en el plan de la iniciativa 25×25 los factores socioeconómicos que influyen en este tipo de enfermedades.

Por eso los autores del trabajo publicado en The Lancet decidieron comparar la contribución de los factores socioeconómicos en la mortalidad y los años perdidos de vida con la de los factores que incluyó la OMS en su iniciativa. Para ello, realizaron un estudio de varias poblaciones que incluyó un millón setecientos mil individuos de ambos sexos y analizaron también las evidencias publicadas previamente en la literatura internacional.

Y surgió lo que ya se sabía desde hace muchos años: que ser pobre no sólo enferma y mata, sino que lo hace con singular eficacia, con mayor contundencia y rapidez que todos esos factores que hoy son el foco (al menos en apariencia) de las políticas sanitarias en la mayor parte de los países occidentales. Javier Salas lo presenta así:

El resultado coincide con otros estudios previos: la pobreza es un agente que afecta a la salud de forma tan sólida y consistente como el tabaco, el alcohol, el sedentarismo, la hipertensión, la obesidad y la diabetes. Es más, la capacidad de acortar la vida es mayor que varios de estos factores. El bajo nivel socioeconómico reduce la esperanza de vida en más de 2 años (2.1) en adultos entre 40 y 85 años; el alto consumo de alcohol la reduce en medio año; la obesidad la acorta 0.7 años; la diabetes reduce la esperanza de vida en 3.9 años; la hipertensión en 1.6 años; el sedentarismo, 2.4 años; y el peor, reduciendo la media de vida 4.8 años, el consumo de tabaco.

Entre esos estudios previos hay uno particularmente famoso. Se trata del Informe Black, encargado en 1977 por el secretario de Estado de Servicios Sociales del gobierno laborista inglés. El grupo de investigación fue dirigido por Sir Douglas Black (de ahí el nombre del informe), que era el presidente del Colegio de Médicos Británicos. Según la doctora Marisol Rodríguez Martínez, profesora titular de Economía Aplicada de la Universidad de Barcelona y Meritxell Solé Juvé, estudiante del Doctorado en Economía de esta misma casa de estudios, las conclusiones del Informe Black pueden resumirse de la siguiente manera:

El diagnóstico fue contundente; aunque en las últimas décadas la salud en general había mejorado, los avances de los pobres no habían sido paralelos a los de los más ricos, que habían mejorado mucho más, incrementándose así la brecha de desigualdad entre ambas clases sociales. Los hombres y mujeres de la clase ocupacional V (trabajadores no cualificados) tenían el doble de probabilidad de morir antes de llegar a la edad de jubilación que sus congéneres de la clase I (profesionales). Estas diferencias de mortalidad se dan a lo largo de toda la vida: en la niñez, en la adolescencia y en la edad adulta. El gradiente entre clases sociales se observaba para la mayoría de las causas de muerte, y era especialmente amplio en el caso de accidentes, enfermedades respiratorias e infecciosas. Más preocupante todavía era que las diferencias parecían haberse ampliado con respecto a lo que ocurría en los años cincuenta, sobre todo para los hombres en edad de trabajar.

Volviendo al estudio recientemente publicado (The Lancet, 31 de enero de 2017), se enfatiza como medida de su valor que se analizaron los datos de casi dos millones de seres humanos pertenecientes a 48 grupos de estudio independientes (cohortes) de siete países distintos. La estrecha relación encontrada entre el estado socioeconómico y la mortalidad es al menos tan importante como el de los factores que tomó en cuenta la OMS para su iniciativa 25×25. Señala Javier Salas:

La elección de estos factores no es casual: son los tomados por la OMS para combatir las enfermedades no contagiosas en su plan para reducir su incidencia en un 25% para el año 2025, el llamado objetivo 25×25. “Nuestros hallazgos sugieren que las estrategias y acciones globales definidas en el plan de salud de la OMS excluyen un importante determinante de la saludde su agenda”, critican los investigadores liderados por Silvia Stringhini, del Hospital Universitario de Lausana. Y añaden: “La adversidad socioeconómica debe ser incluida como un factor de riesgo modificable en las estrategias de salud local y global, las políticas y la vigilancia del riesgo para la

salud”.

Parece mentira como una institución de los alcances de la Organización Mundial de la Salud, con tantísimos expertos en su plantilla, no haya incluido el nivel socioeconómico (léase pobreza) entre los factores a remediar para alcanzar la meta de la iniciativa 25×25. ¿Cómo es posible tamaña omisión si es algo tan sabido, tan estudiado y demostrado. Es una auténtica verdad de perogrullo, lo que el Diccionario de la Real Academia define sin ambigüedades así: “Verdad o certeza que, por notoriamente sabida, es necedad o simpleza el decirla”.

Y es que en la visión médica actual los factores de riesgo de las enfermedades crónico-degenerativas son en buena parte responsabilidad de la propia población: “el diabético lo es por haber llevado una vida desordenada, comiendo alimentos insalubres sin freno”. La pobreza de miles de millones, que salvo excepciones, tiene una relación directa con la ofensiva riqueza de unos pocos, es mejor no verla, mirar para otro lado, no sea que cuestione el actual y omnipresente modelo económico que es en buena parte responsable de su existencia y de su cada vez mayor expansión. Y como señala Martin Tobias, especialista de la Secretaría de Salud de Nueva Zelanda, “los autores del estudio basan su argumento no en una ideología política, sino en la ciencia rigurosa”. Ciencia al servicio de perogrullo. Hasta eso necesitamos hoy ante tamaña e inmoral ceguera.

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