Una institución educativa me financió un viaje al estado de Chiapas. La tarea que me asignaron fue escribir la crónica de todo lo que veíamos, algo que por supuesto disfruté. Viajamos en avión de Guadalajara a Tuxtla Gutiérrez. La ciudad se llama así en honor del general Joaquín Miguel Gutiérrez Canales, un prócer local. En el año 2012 tenía 684,156 habitantes y es considerada una de las ciudades más seguras del país e incluso de América Latina. Se encuentra a 550 metros sobre el nivel del mar. Es la capital del estado de Chiapas desde 1892. Antes lo fue Ciudad Real, o sea, San Cristóbal de Las Casas, llamada así por su primer obispo, el gran evangelizador y defensor de los indios Fray Bartolomé de las Casas. Casi todo mundo coincide en que Tuxtla Gutiérrez tiene pocos atractivos. Además, la infraestructura urbana está muy deteriorada. Las calles y las banquetas están hechas pedazos. Hay unos hoyancos que seguramente han de provocar muchos accidentes, especialmente en la época de lluvias porque, según dicen, el agua los tapa y no hay forma de ver la profundidad. Por lo demás, llueve muchísimo. (Es bueno viajar y comparar. Si nos quejamos de que Aguascalientes tiene serios problemas urbanísticos, es que muy poco hemos visto en el resto del país o fuera de él).

El primer día nos instalamos y al siguiente hicimos un recorrido por el Cañón del Sumidero. Cruzamos en lancha un tramo del río Grijalva (el segundo más caudaloso de México) hasta llegar a la represa de Chicoasén. Allí se construyó una de las cuatro grandes plantas hidroeléctricas que hay en la cuenca del Grijalva. Las otras son La Angostura, Malpaso y Peñitas. Entre las cuatro se genera el 52% de la energía hidroeléctrica del país. La cortina de Chicoasén tiene unos 250 metros de largo y casi 270 metros de profundidad. En la zona más baja, el río Grijalva, llamado así porque lo descubrió el conquistador Juan de Grijalva, tiene una profundidad de 240 metros. El río es como una herida, como un hueco en medio de dos cadenas montañosas. Las paredes alcanzan una altura de casi mil metros y, en lo más ancho, el río llega a medir más de un kilómetro. Aquello es verdaderamente imponente, majestuoso. Se trata de un espectáculo fuera de serie. Pocos países tienen ese tipo de riqueza natural.

La cuenca del río Grijalva es una de las más importantes de México y del mundo entero. Los ingenieros mexicanos que hicieron posible el aprovechamiento hidroeléctrico de las aguas del Grijalva merecen un especial reconocimiento. Se formaron en las aulas de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Instituto Politécnico Nacional. El solo hecho de mencionarlo produce orgullo. Ningún otro país de América Latina ha tenido el privilegio de contar con profesionales tan destacados. Hemos tenido figuras como Javier Barros Sierra (nieto de don Justo), Bernardo Quintana y Gilberto Borja, por mencionar sólo algunos. A ellos se agregan nuestros grandes arquitectos de fama internacional como Pedro Ramírez Vázquez, Ricardo Legorreta y Abraham Zabludovsky, entre otros.

En Europa los grandes ríos como el Sena, el Rhin o el Moldavia son utilizados como medio de transporte de carga y pasajeros. Son ríos de curso lento y apacible, por lo que abundan los cruceros turísticos. En el caso del río Grijalva, resulta imposible pensar en un aprovechamiento semejante. Nace en las montañas de Guatemala a más de dos mil metros de altura y termina en el Golfo de México, en los pantanos de un inmenso delta. Con caídas de más de 250 metros, el transporte de carga sería punto menos que imposible, a menos que se utilizaran enormes grúas o gigantescos gatos hidráulicos, en cuyo caso el costo sería altísimo y por lo mismo el sistema resultaría inviable. Por eso hay que aplaudir la acertada decisión que tuvieron los sucesivos gobiernos, de Díaz Ordaz a López Portillo, de aprovechar los caudales del río Grijalva para la generación de energía eléctrica. Eso hizo posible la modernización del país.

De Tuxtla Gutiérrez nos trasladamos a San Cristóbal de Las Casas. La villa estaba dedicada al mártir San Cristóbal y era conocida como Ciudad Real. Fue la capital de la provincia de Chiapas, cuyo primer obispo fue el dominico Fray Bartolomé de Las Casas. Nació en Sevilla en 1484 y murió en Madrid a mediados del siglo XVI. Fue un filósofo, teólogo y jurista conocido como el “defensor (el apóstol) de los indios”. Recordemos que en los inicios de la conquista hubo una fuerte polémica en España sobre la naturaleza de los indios. Había quienes consideraban que no tenían alma y por tanto no eran considerados como seres humanos. En el bando contrario estaban quienes reconocían plenamente los derechos humanos de los indígenas conquistados. Este último bando estaba encabezado por Fray Bartolomé de Las Casas, quien se entrevistó en varias ocasiones con los monarcas españoles para defender su posición. Lo hizo con tal energía que consiguió que se suprimieran las encomiendas y que mejorara el trato que los conquistadores daban a los indígenas. Se comportó como un apasionado defensor. Uno de sus argumentos era que los indígenas tenían la capacidad de reírse, lo que solamente ocurre con los seres humanos. El planteamiento era sencillo pero cierto, de elemental sentido común. En buena medida Las Casas ganó la batalla.

Un amigo me comentaba que en materia de derechos humanos, en México no tenemos un personaje a la altura del doctor Martin Luther King. Le contesté que la situación me parecía completamente al revés. En Estados Unidos no hay, ni remotamente, una figura del tamaño de Las Casas, Fray Pedro de Gante o don Vasco de Quiroga, quienes se adelantaron al doctor King como cuatro siglos y medio. Tampoco se trata de restarle méritos al gran defensor de los derechos de los negros en los Estados Unidos. El resultado de su lucha fue la promulgación de la Ley de Protección de los Derechos Civiles aprobada durante la administración del Presidente Lindon B. Johnson en 1965.

San Cristóbal de Las Casas es una ciudad colonial ordenada y limpia. De acuerdo con el censo del 2010, su población en ese año era de 185,917 habitantes. Cuenta con una oferta turística amplia y más o menos diversificada en materia de hoteles y restaurantes. Llama la atención la presencia nutrida de turistas europeos. Hay una derrama económica considerable. Quienes tienen la posibilidad de cruzar el Atlántico para visitar el sureste mexicano, seguramente cuentan con los recursos para disfrutar de los mejores servicios. También hay que decir que la ciudad es muy cara. Se cobra el “refill” de café. Claro que el café es excelente, lo mismo que el chocolate.

Al día siguiente de nuestra llegada conocimos la cascada del Chiflón y las lagunas de Montebello. La cascada tiene una caída de 120 metros. Para darnos una idea, las cataratas del Niágara tienen una altura promedio de 54 metros. Cierto que se trata de un caudal de agua mucho mayor. Es un semicírculo gigantesco. La más alta de las cataratas de Iguazú, en la confluencia de Argentina, Brasil y Paraguay, tiene 80 metros. Por supuesto que nada es comparable con el salto del Ángel en Venezuela, con sus 907 metros de caída. Es con mucho la cascada de mayor tamaño en todo el mundo.

Al final de la primera parte de este artículo comenté que visitamos la cascada del Chiflón, una caída de agua imponente y majestuosa. El agua proviene de los lagos de Montebello, que son más de 50. Hicimos un recorrido por cinco de ellos. El que se llama propiamente Montebello tiene playa, como si estuviéramos frente al mar. Desde el principio advertí que falta mucha infraestructura como regaderas, baños, vestidores, servicio de toallas, etc. Es necesario un aeropuerto regional para recibir vuelos de todo el país y del extranjero. Aún así, la afluencia turística es enorme. Dicen los lugareños que todo lo que han hecho en la región los gobiernos estatales y el federal se debe a la iniciativa del subcomandante Marcos. Por cierto, MARCOS es un acróstico que combina los nombres de diferentes regiones: Margaritas, Acteal, Rancho Nuevo, Chimalapas, Ocosingo, San Andrés Larráinzar. Para ellos es un ídolo y en parte tienen razón. Tras el levantamiento de los zapatistas en enero de 1994, los gobiernos de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo tomaron la decisión de construir infraestructura por todos lados: carreteras, hospitales, escuelas. Chiapas era un estado incomunicado y pobre. Sólo se podía llegar a Tuxtla Gutiérrez y San Cristóbal de Las Casas. Sigue siendo un estado pobre pero ya está comunicado. De hecho el Presidente de la República acaba de inaugurar en días pasados un vuelo directo de México a Palenque. Decidí no visitar Palenque porque el calor allí es verdaderamente infernal.

Conocimos también San Juan Chamula. La iglesia del lugar es un tanto extraña. Cobran por entrar y dicen que lo hacen porque tienen que darle mantenimiento, ya que no está reconocida como iglesia católica por el Vaticano. Es lo que dicen. Más que una iglesia, es un recinto de santería. Es como la santería cubana de la que hablaba el gran escritor Alejo Carpentier. Hay altares dedicados a los santos de su devoción y les prenden velas día y noche. Es imposible decir misa en un lugar como ése.

El recorrido de San Cristóbal a San Juan Chamula se hace en camionetas. Me pareció que los indígenas reciben un trato vejatorio, verdaderamente humillante. Los transportan amontonados, como si fueran reses. Nadie protesta. Hablan tzotzil. Utilizan unas cuantas palabras en español para vender sus artesanías o para decir groserías (nunca las dicen en su idioma…o tal vez en su lengua no existen). Por cierto, me pareció francamente lamentable ver grupos de argentinos asentados en el pueblo, dedicados a la producción y venta de artesanías, al igual que los tzotziles. El espectáculo es semejante al de los norteamericanos que venden artesanías en San Miguel Allende.

Chiapas es un estado de una enorme riqueza natural y de una tradición cultural sobresaliente. Chiapanecos ilustres ha habido y sigue habiendo, para bien o para mal. Me vienen a la mente don Belisario Domínguez, Rosario Castellanos, el excelente neurocirujano y gobernador de Chiapas don Manuel Velasco Suárez (abuelo del actual y frívolo gobernador), los hermanos Juan y Jaime Sabines, el escritor Heraclio Zepeda (acaba de recibir la medalla Belisario Domínguez que otorga el Senado de la República), Elba Esther Gordillo (imposible dejar de mencionarla aunque esté en la cárcel).

El caso de Chiapas me parece en alguna forma similar al de Oaxaca. Son estados de una gran riqueza natural y de una tradición histórica y cultural sobresaliente. Además tienen muy buena cocina. La comida chiapaneca, sin alcanzar la riqueza y diversidad de la oaxaqueña, es bastante buena, especialmente los tamales. Sobresale una bebida regional a la que llaman “pumpo”. Está hecha a base de jugo de piña, vodka (muy poco) y hielo frapé. La sirven en jícaras (guajes). Cuando los comensales la piden, el mesero toca una campana y grita: “Sale pumpo”. Sus colegas corean la frase. Hay gente que le tiene desconfianza a esa bebida porque no se sabe si lavan los guajes o los tienen en tal abundancia que siempre utilizan recipientes nuevos.

Difícilmente se puede entender porqué Chiapas y Oaxaca son de los estados más pobres del país. Otros, como Guerrero, Michoacán y Tamaulipas, tienen serios problemas de gobernabilidad desde hace varios años. Es comprensible que deberán esperar mucho tiempo antes de su plena recuperación. El caso de Oaxaca también es muy complejo por el tema de los maestros. Mientras el gobierno estatal y el federal sigan pagando puntualmente los sueldos de los docentes que no dan clases y que han hecho de la protesta pública su forma de vivir, el problema seguirá indefinidamente. ¿Será que Oaxaca y Chiapas han tenido malos gobiernos? Es probable, sobre todo en Oaxaca, que ciertamente ha sido la cuna de figuras de alto relieve como Benito Juárez, Porfirio Díaz, José Vasconcelos y Matías Romero, entre otros. Pero también están los hijos del ex gobernador José Murat, de los que ya hemos hablado. Tienen casa en el estado norteamericano de Utah porque allí hay nieve y les gusta esquiar. También les agrada pasar temporadas enteras en Nueva York, frente a Central Park, y se ven obligados a rentar casa en la zona más cara del mundo. Es cuestión de gustos y de posibilidades. La inmensa mayoría de los oaxaqueños no las tiene, si bien es justo decir que hay notables casos de éxito, como el de la señora que se fue directamente de la sierra de Oaxaca a Nueva York sin saber español. Vende tamales en la Quinta Avenida y se volvió millonaria.

Chiapas también ha tenido y tiene personajes ilustres, como ya lo mencionábamos, aunque uno de sus gobernadores ya estuvo en la cárcel. Nos referimos a Pablo Salazar Mendiguchía. Quedó en libertad sin mayores problemas, como ocurre en casi todos los casos. Acaba de salir de la prisión   Rodrigo Vallejo Mora, hijo del ex gobernador de Michoacán Fausto Vallejo Figueroa. Rodrigo tenía vínculos probados con los líderes de los Caballeros Templarios. Tomaba cerveza con ellos mientras discutían quién habría de hacerse cargo de la gubernatura de Michoacán tras la renuncia de su padre. Todo eso fue grabado y difundido por televisión en todo el país y fuera de él.

En México la justicia sigue siendo dispareja. López Obrador dice que si llega a la Presidencia en el 2018 le pondrá fin a la impunidad. Así se lo dijo recientemente a Jacobo Zabludovsky en una larga entrevista publicada por el diario “El Universal”. Hasta no ver. En otras ocasiones he comentado que el ancestral problema de la corrupción en México no se resolverá con la creación de comisiones que terminan arrinconadas en el olvido. Sin duda debe haber instituciones sólidas dedicadas a combatir ese flagelo. Pero de muy poco servirán si no van acompañadas de acciones contundentes como el encarcelamiento de ex gobernadores, gobernadores en funciones, altos funcionarios de los tres niveles de gobierno. Además, se les tendría que negar el derecho a fianza. Si alguien se roba 100 millones de pesos del erario público y resuelve el problema con diez millones, resulta muy rentable. El incentivo para actuar fuera de la ley es altísimo. De lo contrario, si alguien roba y tiene que pasar el resto de su vida en la cárcel, lo pensaría dos veces.