Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

César es un adolescente que estudia el segundo grado de secundaria. Generalmente llega a la escuela cinco o diez minutos antes de que empiecen las clases; camina directamente al salón; no se entretiene a platicar con nadie, tampoco intenta jugar con ninguno de sus compañeros, ni a la hora de recreo. Es el primero en llegar al salón; allí, sentado espera al maestro. Al llegar éste, todos los alumnos entran al salón platicando y haciendo ruido estridente al mover los pupitres de lámina; César no se inmuta, su triste mirada está fija hacia un horizonte lejano. Cuando el maestro inicia la clase, César pone atención a las explicaciones; pero en momentos, durante el desarrollo de la lección, su mirada vuelve a perderse en el horizonte a través de la ventana.Tiempo después, suena la chicharra, indicando que la hora de la clase ha terminado. Todos los alumnos salen del salón atropellándose entre ellos; César permanece en su pupitre, si acaso se levanta para estirar el cuerpo y se vuelve a sentar. Así espera la siguiente clase. Cuando los maestros, durante la exposición de sus clases, le hacen preguntas acerca del tema tratado, César (si no está distraído) las contesta de manera correcta y con argumentos; por eso los maestros lo consideran un alumno inteligente. Sin embargo, reprobó todas las asignaturas en el bimestre que acaba de pasar.
Una mañana, el maestro de matemáticas vio llegar a César acompañado de su mamá. Como siempre, ese día César portaba el uniforme limpio y bien planchado, los zapatos lustrosos y su mochila bien arreglada. Cuando se dirigía al salón, el maestro detuvo la marcha de César para decirle: “Mira muchacho qué limpiecito vienes, tus zapatos bien boleados y a la hora del refrigerio tu mamá te trae lonche todos los días; se ve que te tienen bien atendido; y, ¿reprobando tus estudios es como pagas el esfuerzo que hace tu mamá?” El muchacho, con tono fuerte, le responde: “Ella no es mi mamá; es mi tía la que me trae todos los días. Mi mamá me abandonó por irse con otro hombre y eso me duele mucho en el corazón; yo soy muy infeliz. . . “A César se le hizo un nudo en la garganta, ya no pudo hablar y abundantes lágrimas rodaron por sus mejillas. El maestro, al escucharlo, quedó paralizado, no sabía qué decir; tan sólo le echó su brazo derecho al hombro y lo acompañó al salón.
Al conocer la tragedia que vive César, lo menos que pude hacer fue reunir a los maestros que le dan clases para expresarles lo siguiente: “Maestros, lo que necesita este muchacho es comprensión, cariño y amor; será difícil cubrir la ausencia de su mamá; pero como educadores traten de estar cerca de él, platiquen con él y, sobre todo, trátenlo con cariño y amor de maestro. El día que ganen su confianza y él vea la sinceridad de su trato amable, respetuoso y cariñoso, empezará a cambiar y a superar, gradualmente, el dolor que le aflige; y cuando logre superar su conflicto emocional puede estar en condiciones de aprender para aprobar las materias que hoy tiene reprobadas”. La semana pasada, tuve la oportunidad de asistir, como observador, al desarrollo de la clase de Geografía en el salón donde está César. La maestra de la materia, durante la clase, se acercó a varios alumnos para verificar que las actividades las estuvieran haciendo bien; cuando llegó con César le acarició tiernamente su cabeza y con dulzura corrigió su tarea; al sentir la ternura de la maestra, César esbozó una sonrisa agradable; su semblante empieza a cambiar. Llevaré seguimiento de este caso para verificar qué resultados obtiene en las evaluaciones del próximo bimestre.
Es absolutamente indispensable que los maestros conozcamos a nuestros alumnos, en lo personal y en lo familiar, para poderles dar el trato que necesitan. Ciertamente no podemos sustituir cabalmente a sus padres, pero como educadores podemos hacer mucho para mejorar sus vidas y sus aprendizajes. Tengamos presente que los alumnos con la inteligencia aprenden; pero con el corazón marchito, por las crisis emocionales, no aprende aun cuando sean inteligentes.