Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

El próximo jueves se cumplirán 100 años del fallecimiento del general Porfirio Díaz. El ex dictador murió a los casi 85 años en París, Francia, en donde se había exiliado luego de que la revolución maderista forzara su renuncia, en mayo de 1911.

De seguro usted sabe que Díaz es considerado como uno de los grandes villanos de la historia, quizá el tercero, después de los también militares Victoriano Huerta y Antonio López de Santa Anna, que ocupan el primero y segundo, respectivamente, o al revés, según su preferencia.

En mi inútil parecer este calificativo dado a Díaz es injusto, al igual que el olvido al que lo tienen sometido los administradores de la historia oficial; los sumos sacerdotes de nuestro civismo. La razón es muy simple. Por principio de cuentas habría que recordar aquella expresión que fue moneda corriente hace 40 y más años, relativa a la manera como la autoridad se refería a sí misma. Se decían, usted lo recordará, los gobiernos emanados de la revolución. Ante la ausencia de elecciones libres, competitivas y equitativas, los gobiernos priistas apelaron a la legitimidad que les brindaba el movimiento de 1910, aunque esto último fuera discutible, dado de que, usted lo sabe muy bien, ilustrado lector, no hubo una revolución, sino varias… En efecto, Madero, Carranza, Villa y Zapata encabezaron movimientos que respondieron a distintas ideas e intereses. Pero diferencias ideológicas aparte, los gobiernos priistas crearon la ficción de que la revolución había sido una, y ellos sus herederos; una revolución que se hizo en contra del gobierno de Porfirio Díaz.

De aquí que resultara aberrante homenajear al héroe del dos de abril; darle a una avenida muy principal su nombre, o montar en alguna plaza una estatua ecuestre que conmemorara algún triunfo militar del susodicho, con la leyenda impresa en una tableta de cantera: La Patria agradecida…. Por más que se hayan hecho cosas valiosas durante su gestión, no pueden reconocerlo, en parte por falta de generosidad, pero también por justificación histórica.

Desde luego mucho de lo que se dice de él y su grupo; de su gobierno, es cierto, la corrupción, las condiciones de vida a las que estaba sometido un sector importante de la sociedad, las condiciones de trabajo, los salarios, la falta de educación, sanidad, vivienda y muchas otras cosas que honran la dignidad de las personas y enriquecen lo que ahora llamamos calidad de vida. Pero también sucedieron cosas muy valiosas cuya trascendencia llega hasta nuestros días, y que cambiaron la faz del país de una forma definitiva. En rigor el gobierno de Díaz fue tan bueno como otros que ha tenido nuestro país… O tan malo.

En fin… Permítame hacer un vertiginoso recuento de logros alcanzados en esa época, para concluir señalando algunos beneficios que Aguascalientes alcanzó en aquellos días.

De nueva cuenta aflora mi inútil opinión, en el sentido de que más allá de la independencia formal, alcanzada en 1821, dos hechos señalan la auténtica independencia del país; dos hechos que perfilaron el desarrollo de México en sus diversas dimensiones. El primero fue la promulgación de la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma y el segundo fue el establecimiento del ferrocarril, en una dinámica que ocurrió durante el porfiriato.

Esto último fue importante por razones políticas y económicas. Lo primero porque, por primera vez en la historia del país, fue posible alcanzar una cohesión lo suficientemente sólida como para el país pudiera enfrentar de manera aceptablemente exitosa los tareas de desarrollo que se habían postergado durante prácticamente toda la centuria.

Además, el tendido de vías férreas le permitió al gobierno ser tal, y no sólo un membrete o unas brillantes charreteras. Dicho de otra forma, el ferrocarril volvió al país administrable; le permitió al gobierno alcanzar una presencia real en, por lo menos, todas las capitales estatales, con todo lo que ello implicaba, control político y militar, cobro de impuestos, generación de infraestructura, etc., esto además de la formación de un auténtico mercado nacional, imprescindible para incrementar el desarrollo.

Por otra parte, se ha dicho que este periodo fue el primero en que el país pudo disfrutar de un clima de tranquilidad pública, erradicadas las asonadas, los golpes de estado, los conflictos internacionales, y en cierta medida la inseguridad pública. La afirmación no es plenamente justa, porque deja del lado el periodo inmediatamente anterior; ese que se conoce como la República Restaurada, que fue de 1867 a 1877, en el que ya no hubo enfrentamientos armados. Pero ciertamente fue durante la gestión del general Díaz cuando la paz pública adquirió la suficiente permanencia como para propiciar el florecimiento de la economía.

Ahora me acuerdo del profesor Teófilo Torres Nieto, un maestro normalista que en otra vida me mostró su pueblo, José María Morelos y Pavón, mejor conocido como Cañada Honda… Recuerdo que cuando llegamos al jardín que está entre la escuela normal y el templo, el profesor Torres me dijo: “Mire: este jardín lo mandó hacer el presidente Porfirio Díaz”. ¡Órale!, pensé, imaginando al dictador ordenándole al ministro de Fomento construir un jardincito en esta pequeña comunidad del pequeño estado de Aguascalientes, y ciertamente en la cantera de la esquina suroeste se le daba crédito al presidente, y se anunciaba que era una obra realizada con motivo del centenario de la independencia.

En realidad obras más trascendentes para Aguascalientes se llevaron a cabo en esa época, tanto que modificaron de manera trascendente el paisaje urbano de la ciudad y su economía. Si los próceres de la Suave Matria trabajaban para incrementar el nivel de civilización de la urbe, y esta se identificaba con una serie de bienes, entonces alcanzaron sus objetivos cuando Aguascalientes se convirtió en una ciudad moderna; de vanguardia, gracias a que contaba con energía eléctrica, teléfonos, transporte eléctrico, aparte de industrias tan importantes para la ciudad como lo fueron la Gran Fundición Central Mexicana y el Taller de construcción y reparación de material rodante, ambas surgidas al amparo de la vía férrea que desde 1884 comunica a México con Paso del Norte, actualmente Ciudad Juárez. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.hotmail.com).