Por: Juan Pablo Martínez

No cabe duda que vivimos en una era turbulenta, donde una nueva generación situará su postura ideológica a través de procesos de pensamiento que se han trasladado 50 años atrás para que la homofobia, la xenofobia y la misoginia recuperen el sitio que parecía perdido por la imposición de la corrección política a través de las inflamatorias diatribas de Donald Trump y otros monomaníacos en sus púlpitos mediáticos. Parecía que la intolerancia racial y de género le había cedido el paso a la madurez cultural -después de todo, los últimos veinte años mostraron a caucásicos luchando denodadamente por mimetizarse en el contexto social afroamericano, vistiendo y hablando como ellos mientras los negros dominaban diversos aspectos del entretenimiento, el deporte y hasta la política con un presidente de epidermis oscura, mientras que la figura femenina cobraba más fuerza que nunca en los mismos ámbitos- pero este año quedó claro que la intransigencia sociocultural tan solo dormitaba, y sólo bastó un adalid multimillonario de copete güero con aspiraciones presidenciales para zozobrarla y validar la tozudez y fanatismo de un amplio sector poblacional que moraba en las sombras apetente de una oportunidad por manifestar su necedad sociocultural a toda voz. Y entre esta aglomeración de ideas, posturas y credos rancios, surgió una película que pasará a la historia no por su propuesta, dirección o trama, sino por ser estrenada en un punto de la historia donde debido a su “audacia” (un remake a un clásico de culto estelarizado por cuatro hombres pero ahora sustituidos por actrices en esta nueva iteración) ha sido el blanco de innumerables críticas por parte de cinéfilos obcecados y obtusos que claman por recuperar su infancia destrozada ante este radical cambio. Y yo me pregunto ¿Cuán anal retentivo se puede ser a los treinta o cuarenta y tantos si una película tiene el poder de obliterar su feliz niñez? Digno de Freud. Y, caray, estamos hablando de “Cazafantasmas”, no “El Ciudadano Kane”, pero esto habla de la condición de madurez en los tiempos del Facebook.
Una vez superado el morbo, “Cazafantasmas”, la versión recientemente estrenada en cines de nuestro estado, resulta ser una muy divertida comedia que expresa un amor incondicional por la versión original de 1984 pero trabajada con un sentido del humor muy contemporáneo, ligado a la línea de comicidad que su director Paul Feig (“Damas En Guerra”, “Spy: Una Espía Despistada”) tanto prefiere: féminas resueltas en un contexto o ambiente aparentemente ajenos pero que dominarán en base a determinación. La trama bebe del mismo componente que hizo un éxito de la cinta fuente: la tecnología como medio para enfrentar a elementos tan arcanos y metafísicos como son los espíritus, contando también con cuatro protagonistas: la académica e inteligente Erin Gilbert (Kristen Wiig), quien fortuitamente se contacta con una antigua colega, la también científica y amante de lo oculto Abby Yates (Melissa McCarthy), ya instalada en sus propias teorías y desarrollo de tecnología para detección y captura de fantasmas junto a la excéntrica pero brillante Jillian Holtzman (Kate McKinnon). En sus investigaciones sobre un repentino brote de apariciones espectrales en la ciudad de Nueva York se encuentran con Patty Tolan (Leslie Jones), imponente trabajadora del metro quien ha visto a los espectros y se une al trío como el brazo fuerte. Al percatarse de las posibilidades económicas y laborales de esta actividad, las cuatro deciden instalarse y crear su propio negocio de “Cazafantasmas”, asistidas por el adorable imbécil que es su secretario interpretado jocosamente por Chris Hemsworth. La trama se espesa al revelar que es un ser humano (Neil Casey), vejado y disminuido por sus compañeros de trabajo, quien ha planeado esta invasión sobrenatural con el fin de que la humanidad pague por su abuso.
Al verla, claramente podemos detectar cómo el filme se encuentra en un constante flujo narrativo, pues mientras el director Feig trata de desarrollar su propia visión sobre los aspectos básicos de la cinta original (cómo generar personajes atractivos e interesantes a la vez que coordina una dinámica atractiva entre ellas mientras lidian con aspectos fantásticos) también procura consentir a los fanáticos, mediante innecesarios cameos del reparto original (exceptuando a Harold Ramis, por supuesto, quien igualmente aparece como un busto de bronce en una universidad) y de personajes que forman parte de la iconografía del género (Slimer o “Pegajoso” como se le conoce en nuestros fueros gracias a la excelente serie animada de finales de los 80’s y StayPuft o EL Hombre de Malvavisco). Sin embargo el filme encuentra su punto brillante en el reparto, pues las comediantas realizan un maravilloso trabajo en cuanto al desarrollo de sus personajes e imprimiendo convicción en su interrelación, aspecto nodal en los filmes anteriores y rescatado en este (destacando McKinnon y Jones, quienes tienen las mejores frases y los momentos más hilarantes). La trama en que se ven envueltas es algo genérica, pero se dimensiona y enriquece con estos personajes. Mas, víctimas de la mencionada controversia, la Sony Pictures ha revelado recientemente que el filme ha fracasado en taquilla y los prospectos de una secuela se han desvanecido. Una lástima, pues el trabajo de Feig y su reparto merecían expansión, exploración y más desarrollo. Aun así, vale la pena llamar a estas “Cazafantasmas”, pues garantizan el exorcismo de un mal rato en el cine.

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