“El verdadero héroe siempre lo es por concepción errónea, pues en verdad lo único que desea es ser un cobarde confeso como los demás”
·    Umberto Eco

En algún lugar de sus oscuras y caóticas entrañas, esta producción dirigida por Zack Snyder esconde algunas cavilaciones de interés sobre el significado del comportamiento heroico y si quien desempeña dicha labor debe o puede conducirse de tal modo unilateralmente o debería someterse a algún componente regulador. ¿Acaso Batman está investido por autoridad moral o legislativa proceder como juez, jurado y verdugo sobre los criminales de Ciudad Gótica? ¿Las habilidades sobrehumanas de Superman lo capacitan para considerar el planeta entero como su zona de jurisdicción sin considerar las repercusiones sociopolíticas en un proceder aparentemente benigno? Estas y otras preguntas que al respecto se plantean jamás encuentran respuesta en “Batman Vs. Superman: El Origen de la Justicia”, pues cualquier intento por profundizar en la naturaleza heroica de estos íconos de la cultura pop occidental se ve sepultado por un guión que pretende pasar por drama psicológico metahumano pero que colapsa ante el peso de sus múltiples vías de narración que no localizan jamás su centro o conclusión adecuadas y un delineamiento de personajes más bien penoso, haciendo ver a sus contrapartes en la añeja serie animada de Hanna-Barbera “Los Superamigos” como modelos de complejidad psicológica en comparación. En esta cinta, no importa si es Batman o Superman quien gane la contienda titular, pues para cuando arriba es la audiencia la que ha perdido por completo.
Para sentar precedente sobre las aspiraciones oscuras (y ésta es la palabra clave en una cinta que hermetiza su desarrollo a las sombras sin contemplar un equilibrio irónico, agudo o siquiera claro) de esta cinta, la primera secuencia es nada menos que el funeral de los padres del pequeño Bruce Wayne a la vez que se nos presenta una vez más su origen. Corte y pasamos a la destrucción de la ciudad de Metrópolis atestiguada en el clímax de “El Hombre de Acero” (2013) a causa del enfrentamiento de Superman (Henry Cavill) y el General Zod (Michael Shannon), mientras que un adulto Bruce (Ben Affleck) conduce desesperado hacia una torre de su propiedad en peligro para hacer algo (exactamente qué o cómo pensaba ejecutarlo no se nos explica). Ante lo inevitable, Wayne sólo observa con contenida furia el arrasamiento de la urbe mientras los kriptonianos libran su batalla, sembrando la simiente del encono contra el Hombre de Acero. 18 meses después un extraño mineral verde es encontrado en el Océano Indico y esto da pie a una fracturada narrativa donde encontramos a Batman tratando de averiguar el interés de un sobrecafeinado Lex Luthor (Jesse Eisenberg) por dicha roca, a Superman tratando de lidiar tanto con su descolorido amorío con la Lois Lane (Amy Adams) más comatosa de la historia del personaje en cine como con el rechazo mundial ante sus acciones -instigadas en parte por una Senadora (Holly Hunter) que procura una sensata regularización en las actividades en suelo internacional del superhéroe pero que de algún modo es tratada por la cinta como antagonista- y una misteriosa mujer (Diana Prince, alias La Mujer Maravilla interpretada con mucha cordura por Gal Gadot) que posee su propia agenda y que inevitablemente se topará con los otros personajes principales.
La primera hora del filme pretende construir con minuciosidad los conflictos de cada personaje, pero son pocos los que se ven beneficiados por ello. Curiosamente, las motivaciones que posee el personaje de Luthor en los cómics (monomanía descontrolada y un cerebro brillante al servicio de un ego monumental que no tolera la presencia de un ser que lo opaque, o sea Superman) termina siendo transferida a Batman, quien sin ningún problema es tan sólo un peón en el juego del futuro villano calvo, quien aquí sólo se nos manifiesta como un hípster enloquecido y millonario (tal vez pasa mucho tiempo en Facebook o Skype) que quiere saber lo que se siente matar a un dios. Por otro lado, la naturaleza emocional y psicológica de Superman sigue eludiendo al director Snyder, quien aún no comprende cómo trabajar al personaje en cine y encomienda gran parte de su caracterización a la sabiduría popular asumiendo que toda la audiencia comprende sus cualidades, propiedades y capacidades, aún si ésta tal vez jamás ha tocado un cómic, lo que falla en contra del ícono cultural con capa al conducirse con inexplicable desentendimiento hacia su entorno o sí mismo, aunque tal vez eso pasa cuando tu madre (en este caso, la desaprovechada Diane Lane) te cría con consejos como “Salva al mundo. O no, como quieras”. El resto de los personajes son tan sólo elementos de adorno cual floreros que no contribuyen a un proceso de profundidad en los eventos y todo queda en el planteamiento que promete el título, una confrontación fugaz y plana con una resolución que irrita o divierte por lo absurdo, según el estado de ánimo.
Los fanáticos de estos personajes sin duda se sentirán traicionados por la escasa o nula relación que existe entre estos que desfilan en pantalla y aquellos que prosiguen sus andanzas en medios impresos, mientras que el público menos versado saldrá en un estado de confusión debido a la exigua construcción de personajes y situaciones, la agotadora y ruidosa dirección de Snyder y escenas totalmente descontextualizadas que sólo pretenden atisbar a las futuras cintas de este naciente pero casi abortado universo cinematográfico. Los verdaderos héroes son nuestros glúteos, quienes tuvieron que padecer dos horas y media de inactividad en un filme que no va a algún lado y que promete tan sólo despropósitos por parte de DC Comics y la Warner Brothers. Que Marvel nos ampare.

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