Al final de una carretera estaba  también el final de una generación.

Mientras su mirada se extravía inevitablemente al colofón de su travesía en un paraje que sofoca por su perpetua horizontalidad a más de 100 k/h, dos moles mecánicas obstruyen su paso y pareciera que el camino se detiene justo ahí, donde sus oponentes de oxidado metal pretenden darle fin a su pugna. La velocidad no merma y la mirada es ahora acompañada de una sonrisa que promete una tragedia, pues el cumplimiento de un destino está a punto de realizarse a fuerza de colisión.
Esta imagen descrita pertenece a una de las cintas clave en el apuntalamiento de la ideología libertaria de la década de los 60’s, justo cuando la generación de la paz y el amor sin barreras dejaba fenecer su idealismo ante la realidad impuesta por Vietnam y Watergate: “Carrera Contra el Destino”. Su título en inglés es “Vanishing Point” (“Punto de Fuga”) y consolida el Zeitgeist de la era, un relámpago en una botella que atrapa al credo sociocultural de una época anticonformista que se entregó de lleno al cuestionamiento autoritario y se atrevió a escupirle a sus mayores, aunque fuera en las botas de su elevado sistema político, todo acoplado en un maravilloso sincretismo cinematográfico, donde los símbolos cuajan con los silenciosos gritos de su nihilista protagonista. Este filme de 1971 versa sobre la desbocada proclama de libertad que ejerce un sujeto de nombre Kowalski (maravillosamente interpretado por Barry Newman, quien podría pasar por el gemelo perdido de Dustin Hoffman), transportador de autos, quien hace una peculiar apuesta: trasladar un potente Dodge Challenger de inevitable color blanco (suma de todos los tonos emocionales que posee el protagonista y, a su vez, le otorgan la apariencia de un furioso ángel en cuatro ruedas sobre el ardiente asfalto) desde Denver hasta San Francisco en tan solo 15 horas. Mas unos encuentros con la policía motorizada y de caminos lo sumergen en una impresionante persecución donde Kowalski no sólo pretende cumplir su meta, sino además demostrar que el hombre común aún puede contra el ‘establishment’ y un sistema ya caído de gracia ante su pueblo. Su custodio y apoyo será un DJ de radio llamado SuperSoul (Cleavon Little), quien le brinda información vital sobre la ubicación de la fuerza policial y se convierte en el juglar urbano que canta las loas de este moderno mártir de la causa comunitaria a ritmo de funk y rock, mientras Kowalski esquiva, aturde y confunde a la ley en el sagrado desierto californiano.
El gran logro del director Richard Sarafian es el confeccionar un estudio fascinante de lo que los antropólogos llaman “el hombre marginal” -individuos atrapados entre dos culturas en pugna, empatizando y compartiendo elementos de ambas pero sin sentido de pertenencia a alguna, habitando un limbo existencial donde no encuentran paz o un lugar- en medio de un ritmo trepidante y francamente emocionante. Esta dicotomía se nos presenta mediante ‘flashbacks’ donde, de forma vaga, se nos permite especular sobre el pasado de Kowalski y comprender cómo llegó a la situación en que se encuentra (aparentemente fue un agente de la ley que se negó a participar en una atrocidad cometida por unos compañeros contra una fémina, lo que le costó al amor de su vida y su trabajo), transformándolo en un paria, un espectro de carne que ahora vaga vertiginosamente por las desérticas carreteras californianas en busca de su destino. De hecho, pareciera que el árido paisaje fue intencionalmente seleccionado por Sarafian para cumplir lo que el escritor J.G. Ballard enunció alguna vez sobre los profetas, los cuales suelen emerger de algún desierto, pues éste agota y devora sus futuros. En el caso del binomio Kowalski-SuperSoul, tal condición se cumple perfectamente y se complementa con algunos personajes secundarios de apoyo simbólico, como lo son el encantador de serpientes que le brinda perspectiva al personaje principal y una Lady Godiva en motocicleta que sintetiza las recompensas terrenales a Kowalski por su inmolación en el mundano sagrario de los U.S.A.
Una dirección impecable, actuaciones memorables, música irrepetible, un auto que adquiere dimensiones protagónicas y un manejo tan sobrio de la cámara y el símbolo narrativo hacen de “Carrera contra el Destino” una cinta de revisión apremiante y de notable relevancia, pues en la era de los onanistas Millenials se requiere de un adalid con alma de carne y cuerpo metálico en blanco, antítesis de Facebook, para dejar claras las cosas.
Nota: La cinta se encuentra a la renta en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán.

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