Por Octavio Díaz García de León

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Para todas las culturas de la antigüedad, el ónfalo era lo que se pensaba que era el centro del mundo. A veces se le llamaba también “el ombligo del mundo”. Para los japoneses, se encontraba en el Monte Fuji; para los griegos, en Delfos; para los romanos, en Roma; para los cristianos, en Jerusalén; para los musulmanes, en La Meca.  En la lengua náhuatl, México quiere decir “el ombligo de la luna”. Quizá le dieron ese nombre pensando en que la pequeña isla en el lago de Texcoco parecía el ombligo del lago; o quizá lo hicieron pensando que sería el ombligo del mundo. Esa pequeña isla que le dio su nombre a todo un país, devoró los lagos del Valle de Anáhuac para convertirse en la Ciudad de México. No es el ombligo del mundo, pero ciertamente sí lo es del país.

La Ciudad de México es una ciudad muy visitable pero poco habitable. Por una parte, son numerosos los atractivos turísticos de la ciudad. Decenas de museos de la más alta calidad, salas de concierto a la altura de las mejores del mundo, orquestas, teatros, murales, restaurantes de categoría mundial, monumentos históricos, parques de diversiones, clubes deportivos, barrios pintorescos, lagos, bosques, volcanes y un largo etcétera. Todo ello la hacen muy visitable y la ponen a la altura de las mejores del mundo en atractivos. Ciudad de enormes contrastes, la miseria urbana que aparece por doquier, no siempre interfiere con los atractivos turísticos.

Pero es una ciudad que quizá desde los años sesenta se ha vuelto poco habitable por la sobrepoblación y su crecimiento imparable, la falta continua de infraestructura urbana, la falta de seguridad pública, 8 mil toneladas de basura diarias sin lugares adecuados para procesarla, las mafias que dominan gran parte de la ciudad, la delincuencia organizada que atiende al mercado de drogas más grande del país, la ausencia de autoridad del gobierno, la corrupción gubernamental y el clientelismo, el desbordamiento de vehículos y la contaminación que lleva asociada, la construcción caótica y desordenada de edificios de oficina y habitacionales. Nada de esto es nuevo. La Ciudad ha estado en crisis por décadas desde que la explosión demográfica y la inmigración explosiva del campo a la ciudad desbordó todas sus capacidades. Si a ello le sumamos desgracias naturales como terremotos e inundaciones, la Ciudad tiene décadas de vivir al borde del colapso y no ha habido gobierno capaz de superarlo.

El capítulo más reciente de las crisis que atraviesa nuestra capital lo constituyen las contingencias ambientales que han obligado a retirar de la circulación más de un millón de vehículos por día. Pero estas no son nuevas, y el hecho de que se regresen a medidas drásticas como restringir la circulación diaria de la quinta parte de los vehículos, es síntoma de que el modelo de crecimiento de la Ciudad no es sostenible, ni lo ha sido nunca.

La Ciudad de México tiene que dejar de crecer, reducir su tamaño incluso, para volverse habitable; pero no hay una sola política gubernamental en ese sentido. Todo la empuja a crecer en forma desmedida: desde la constante adición de infraestructura urbana que sin embargo siempre es insuficiente, hasta el aumento de la densidad poblacional de forma irresponsable y desmedida: donde antes había una casa unifamiliar, hoy se construyen gran cantidad de edificios multifamiliares que sólo saturan más todas las colonias de la Ciudad.

¿Qué impulsa a crecer a la Ciudad así? Tiene la mejor infraestructura de cualquier otra ciudad de la república: segundos pisos, puentes, decenas de kilómetros de metro, metrobuses, las mejores universidades del país, barrios elegantes, mercancías de todo tipo, mercados, bibliotecas, el mayor número de policías per cápita, agua, electricidad, cobertura de internet y telecomunicaciones, edificios de oficina de categoría mundial, los mejores hospitales del país, etc.

Ante esta situación, todas las empresas más importantes del país quieren tener instalaciones en esta ciudad. El gobierno federal, que no deja de crecer a pesar de los supuestos recortes de personal, cada vez ocupa más espacios de oficina. Sin embargo, fuera de México ya no todo es Cuautitlán. Existen por todo el país ciudades de todos tamaños que compiten con infraestructura, industria, universidades, talento y sobre todo con una calidad de vida infinitamente superior a la de la Ciudad de México. Tal es el caso de Aguascalientes, por ejemplo. Sin embargo, las empresas insisten en instalarse en la capital y el gobierno federal no quiere salir de la ciudad, cuando existen otras alternativas mucho más atractivas.

El problema del colapso de la Ciudad de México no se resuelve con más infraestructura pues esto sólo atrae más empresas y fuentes de trabajo. La solución es no permitir ya más crecimiento de la ciudad y trasladarlo a las ciudades medias. Lo mismo debe hacer el gobierno federal. No es posible que la Secretaría de Marina, Pemex, la Secretaría de Agricultura y otras instituciones del gobierno tengan oficinas en una ciudad donde no tienen operaciones. ¿Cuándo se volverá a repetir el exitoso ejemplo del Inegi? ¿Cuándo los organismos autónomos preferirán otra ciudad que no sea la capital?

Para sobrevivir, la Ciudad de México debe dejar de ser el ombligo del país y detener su crecimiento desenfrenado. Un ombligo que se ha vuelto canceroso y enferma al resto de México.

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