José Luis Macías Alonso

 

Lo hemos comentado, las democracias occidentales enfrentan una crisis de legitimidad en cuanto a su modelo representativo. Sistemas políticos inequitativos, estados de derecho precarios, modelos económicos desigualizadores y niveles de ciudadanía insuficientes, entre otros ingredientes, han venido propiciando el aumento de un sentimiento social colectivo, principalmente en Europa y América, de que los que me gobiernan no me representan.

Los excesos en el ejercicio del poder tolerados por prácticas corruptas que pasan impunes, se han convertido en una herida de difícil curación en la relación entre los políticos y la ciudadanía. Ante estas realidades irrefutables no de hoy, sino de años; no de México, sino de gran parte de los países democráticos de occidente, los estados han visto en la implementación de nuevos andamiajes institucionales los medicamentos necesarios para sanar de nuevo esta interacción gobernantes-gobernados, solo que como en la salud, hay medicamentos que atacan el origen de la enfermedad y otros que solo aminoran los malestares.

Dentro de los segundos, encontramos al tratamiento paliativo implementado en varias democracias en vías de consolidación llamado candidaturas independientes. La sugerente idea de establecer la posibilidad que me gobierne alguien que no sea político [sic], ha adquirido gran auge en los países de reciente implementación como el nuestro.

De forma objetiva, es incuestionable, bajo una efectiva tutela y reconocimiento de los derechos humanos, que el quitarle a los partidos políticos el monopolio del acceso al poder constituye un paso avante rumbo al destino democratizador que muchos pensamos ser el óptimo para cualquier sociedad, sin embargo, esta medicina que busca apaciguar el dolor social tiene en letras chiquitas algunas contra indicaciones antidemocráticas dignas de reflexión.

Una de ellas, tal vez la más importante, es la prostitución que de esta figura se pueda hacer. Así como el transexual transforma mediante cirugías un cuerpo de hombre en uno de mujer, del mismo modo, políticos hechos y forjados en las vidas partidarias aparecen, como mariposa que dejó de ser oruga, en una persona que aspira a ser político apartidista como el caso de Jaime Rodríguez Calderón alias el Bronco, mismo que fue dirigente de organizaciones campesinas del PRI durante más de 30 años, que durante ese tiempo desempeñó diversos cargos públicos representando al mismo instituto político y que ahora obtuvo el triunfo electoral para la gubernatura de Nuevo León con una seductora campaña de comunicación que solo tenía un mensaje rector: fuera el PRI, fuera los políticos.

Entonces… ¿Las candidaturas independientes sólo deben ser para personas que nunca han militado en un partido? Por supuesto que no, el espectro no debe tener mayor limitante más que la propia ciudadanía, sin embargo, aunque a todos se les debe garantizar ese derecho, la condición subjetiva de algunos que lo ejercen desnuda en ellos una muestra enorme de incongruencia e hipocresía.

Es sorprendentemente curioso ver como en bastantes casos como en el del “Bronco”, actores políticos de la vida partidaria, justo cuando pelean al interno por una postulación para contender a un cargo de elección popular y ésta no se obtiene, pareciera que se les aparecen en un sueño los espíritus de los teóricos de la democracia y al día siguiente amanecen decididos a dejar su partido y postularse ahora por la vía independiente. ¿Coincidencia? Por favor no se ría. El prostituir la figura de las candidaturas independientes en una simple válvula de escape para todos los actores de partidos políticos que no obtienen nominaciones, es traicionar la propia génesis de éstas vías democráticas y lejos de cumplir su cometido (frenar el monopolio de los partidos), disfrazan cínicamente su condición y en su esencia, no ofrecen opciones distintas de las ofertadas por los caminos tradicionales.

Justo una de las grandes transgresiones que han lastimado a la sociedad y deslegitimado la actuación pública es cuando el político pierde la brújula y transita de lo colectivo a lo individual. La ambición del poder por el poder, la obsesión de llegar sin importar la manera, la obstinación de rebasar a la organización en aras de mi proyecto personal, sin duda son actos que además de poner en entredicho la ética política de éstos personajes, irritan en demasía a una ciudadanía harta de ver como muchos que han llegado al poder olvidan los intereses de los demás y actúan de la misma manera: primero soy yo, después yo y al último yo.

Otro riesgo latente de las candidaturas independientes es la perversión populista que se les puede dar. Ante esta carencia de legitimidad y popularidad que tienen los partidos, no en pocos casos los candidatos independientes montan una retórica discursiva totalmente melódica a los oídos de una sociedad irritada: vota por mí, yo no soy político y odio a los partidos políticos.

Además de ser un mensaje basado en la denostación del oponente más que en la fortaleza propia, este discurso es ejemplo claro de este engendro de la democracia llamado populismo. Evidenciar un problema y dar una respuesta simplona y radical siempre multiplicará con rapidez adeptos y afinidades. Pero momento, es digno de advertir que la realidad política sustentada en las condiciones humanas no funciona como una caricatura infantil donde hay buenos que siempre son buenos y malos que siempre son malos. Así como la pura condición de un candidato independiente por sí misma no es garantía de que éste no realizará prácticas refutadas por la sociedad, del mismo modo, es irracional afirmar que todos los actores políticos partidarios, por el hecho de serlo, las cometerán.

Tomemos con mesura esta nueva vía de acceso al poder, no dejemos que nos vendan espejitos, como sociedad démosle la bienvenida a esta nueva alternativa pero no escondamos realidades: los independientes no siempre serán realmente independientes pero sí, siempre serán políticos.

@licpepemacias