Josemaría León Lara

La Historia es escrita por aquellos que ganan la guerra, es por ello que persiste la dicotomía entre los hechos reales y aquellos que los vencedores quisieron contar. Esta dualidad entre lo oficial y lo no contado, deja abierto un enorme espacio en el que acontecimientos y personajes pasan al olvido, en algunos casos por dolo y en otros tantos por simple omisión.

En algunos casos la historia oficialista puede caer inclusive en la fantasía, al inventar sucesos que nunca tuvieron lugar con personajes que nunca existieron. Y de igual modo, al tergiversar la verdad la memoria de un pueblo puede ser manipulada y orillada a creer u olvidar algo; cierto es que en México tenemos muchos ejemplos de lo planteado, sin embargo la participación de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial es algo digno de ponerle atención.

La segunda gran guerra además de demostrar que el odio y la venganza son algo intrínseco en la naturaleza de la humanidad, también dejó en evidencia el poder de destrucción de las armas nucleares. La detonación de las dos bombas atómicas en Japón como señal de represalia por el ataque a la base naval de Pearl Harbor, marcó a nuestro planeta para siempre.

El involucramiento de los norteamericanos con Los Aliados tiene distintas vertientes, sin embargo una vez que el Imperio Japonés hace oficialmente su declaración de guerra en contra de Washington, no hubo marcha atrás. Japón resultaba un enemigo que amenazaba la costa del Pacífico, cuando la mayor parte del conflicto se desarrollaba particularmente en el Atlántico y en Europa.

Para 1940 la inmigración japonesa en los Estados Unidos era cuantiosa y aparentemente por lo mismo comenzaba a representar una silenciosa amenaza en territorio norteamericano. El Tío Sam sospechaba lo peor y decidió tomar medidas extraordinarias.

Desde aquellos que habían llegado en busca del sueño americano años atrás, hasta la nueva generación de japoneses-americanos (por ende ciudadanos americanos), ancianos, hombres, mujeres y niños fueron privados de su libertad y trasladados a campos de concentración; campos construidos en la llamada “tierra de los libres y hogar de los valientes”.

Los campos de concentración para japoneses fueron construidos principalmente en California dónde se encontraba el más grande de ellos llamado Manzanar, pero también existieron en estados con Arizona, Colorado, Utah, entre otros.

Hablando de Manzanar donde se estima llegaron a vivir cerca de diez mil personas, llegó a haber desde un cementerio, comercios, escuela y un hospital; sin embargo, no dejaron de existir las condiciones de vida infrahumanas del cautiverio. Mismas que duraron cerca de cuatro años, mientras los japoneses permanecieron injustamente privados de su libertad.

En 1945 el motivo de festejar de Los Aliados, era haber logrado derrocar al Tercer Reich juntos con todas sus atrocidades contra la humanidad, situación que permitió que los Estados Unidos pudiera dispersar la realidad de haber tenido también campos de concentración.

Fue hasta 1988 en la administración de Ronald Reagan, que el gobierno estadounidense reconoció uno de los episodios más vergonzosos de su historia reciente al indemnizar con veinte mil dólares a los sobrevivientes de aquellos campos. Lo que resulta curioso es que permanece siendo un evento que a toda costa se pretende evitar recordar.

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@ChemaLeonLara