Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“Ah! yes, I know most time when those men lose money you say ‘Cherchez la femme’ – there is somewhere the woman.” Cherchez La Femme, de O. Henry.

La frase, aunque está en francés, parece ser más conocida fuera de Francia que en ella misma. Alejandro Dumas, padre, la acuñó en su novela Los Mohicanos de París, en la que su protagonista el detective Monsieur Jackal infiere que una mujer debe estar involucrada en el crimen que investiga y propone Cherchons la femme (busquemos a la mujer), lo que se ha repetido con una cierta carga machista, al suponer que tras de todo crimen se encontrará un elemento pasional y a la mujer que lo inspira. Podría decirse, y a eso me aventuro, que tras de toda campaña mediática de ciertos columnistas podría decirse con razón busquemos a la autoridad, o peninsularmente buscad a la autoridad. Y esto viene a cuento, como si no, por la campaña mediática desatada por columnistas de la misma laya, que afirman con desparpajo que los organismos defensores de Derechos Humanos, particularmente la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, se encuentran infiltradas por miembros de la delincuencia organizada, que los han convertido en instrumentos para obtener pingües ganancias, con el negocio, nada despreciable, de inventar víctimas para cobrar jugosas partidas a título de indemnización.

Si no fuera porque tales atrocidades febriles son escritas por escritores de nombre, no como el suscrito que solo emborrona cuartillas a ciencia y paciencia de la hospitalidad de este diario, y porque son huéspedes de periódicos de la capirucha que al grito de “fuera de México todo es Cuautitlán” ven chiquitos y orejones a los provincianos, las difamaciones se tomarían como una mas de las maravillosas formas de convertirse en millonario que a diario a través del internet recibimos de  Uagadugú en Burkina Facio, Mamoudzou en Mayotte, o Buyumbura en Burundi, por citar solo algunas, en las que tan solo a cambio de prestar nuestra credulidad y enviar unos cuantos dólares nos convertiremos en herederos de un extinto millonario, asesinado en un cruento golpe de estado que nunca existió. La patraña es tan burda que recuerda los tiempos en que desde la mismísima Secretaría de Gobernación se escribían los editoriales al estilo del columnista elegido que recibía junto con el texto que se limitaba a transcribir el sobre con el “chayote” consabido. N.B. en el argot se llama chayote o simplemente abreviado chayo, al estímulo en numerario, en bienes o servicios, incluidas concesiones, permisos o licencias, que muestran el agradecimiento del servidor público al comentarista de moda o modo. Burda sí, pero un buen número de desprevenidos lectores pueden convertirse en crédulas víctimas (éstas sin posible indemnización) de artículos perversos y falacísticos (no se si la palabra existe, pero es mas que falaz, es como una falacia, que sólo tiene apariencia de verdad).

Las fórmulas son fáciles, por ejemplo, se puede escribir en lugar de “Fulano de tal dijo”, algo así como “Fulano reveló” y la carga de la palabra “reveló” es de algún secreto que discretamente se dio a conocer. ¿Por qué no utilizar en lugar del nombre de la persona que lo informó una expresión tal como “trascendió”? que sugiere que sin intencionalidad se dio a conocer y alguien fortuitamente lo captó. “De fuentes generalmente bien informadas se supo que…” y eso por supuesto sustituye a “un chisme que me platicaron en el café”. “Como se documentó en la columna de Sutanito…” que simplemente significa, el Sutano aquel participa de la misma benevolencia que el suscrito y abreva en la misma fuente. La “investigación realizada…” sencillamente indica la exhaustiva indagatoria en el fondo del sobre, que permita encontrar las motivaciones suficientes para pergeñar una página. Y así por el estilo. Por supuesto como decía mi querido maestro de lógica, Luciano Arenas Ochoa en materia contingente todos los universales son falsos y como dicen que dicen los abogados al recusar a algún juez, “dejando a salvo el buen nombre y buena fama de que gozan”.

Lo grave, como dijo otro gran maestro Don Jorge Sánchez Cordero, cuando se le preguntó por la difamación que circulaba en los periódicos, en que se le atribuía un fraude al fisco por en ese entonces, muchísimo dinero, $15’000,000.00 M.N., “de la calumnia algo queda”. Díganlo si no, los miles de desempleados del sistema Teletón, y los miles de niños con discapacidades que resultaron afectados por la drástica reducción de las cantidades captadas por concepto de donativos, resultante de una mal intencionada campaña que afectó la disposición generosa de la gente, que se pensó un instrumento para defraudar al fisco. Parece que eso de la defraudación fiscal es una figura socorrida, para bien o para mal.

La campaña de desprestigio, campaña: conjunto de actividades o de esfuerzos que se realizan durante cierto tiempo y están encaminados a conseguir un fin, que han emprendido algunos medios teniendo como objetivos visibles a los organismos defensores de los Derechos Humanos, públicos o de derecho privado, agarrando parejo como coloquialmente se dice, ha coincidido casualmente con hechos que han sacudido la tranquilidad aparente de las autoridades federales, por sus repercusiones externas de las que todavía no tenemos elementos para estimar sus proporciones. La negativa a permitir la entrada al relator de las Naciones Unidas en materia de Tortura, con el pretexto baladí de encontrarse en discusión en el Senado una iniciativa de ley de esa materia. La negativa a prolongar la estadía y por ende la función del Grupo de Expertos Independientes de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos con la fútil explicación de que el término pactado se agotó, aunque ni la investigación se ha agotado ni los hechos se han aclarado, y ciertamente no rige término para la Procuraduría General de la República. La vergüenza internacional (¡qué vergüenza pa’l que tuviera!, decía mi abuelita) de ser exhibida la tortura de elementos del ejército mexicano a una joven mujer, mientras el Presidente de la República pregonaba extramuros el respeto irrestricto a los Derechos Humanos.

Cherchez la autorité. La o las beneficiarias de la tentativa de desprestigio en agravio de la CNDH y otras instituciones defensoras de los D.H. y cerremos filas en torno a ellas que todos los días luchan por avanzar en la consecución de un estado de Derecho, no sea que caigamos en la “complicidad del silencio” como lo expuso magistralmente Martin Niemöller:

«Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista.
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata.
Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista.
Cuando vinieron a por los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío.
Cuando finalmente vinieron a por mí, no había nadie más que pudiera protestar.»

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