Por J. Jesús López García

110. Calle Miguel Hidalgo y CostillaA lo largo de su existencia, como es natural en toda ciudad viva, Aguascalientes ha experimentado transformaciones que van cambiando su fisonomía y formas de uso, esto de manera acotada o bien extensivamente. Síntoma de lo anterior encontramos la apertura de la Avenida Francisco I. Madero hace ya un siglo sobre un espacio originalmente utilizado como solares para las huertas, circunstancia que dio lugar a nuevos frentes urbanos trazando una línea entre las instalaciones del ferrocarril y la Plaza Principal.

La acción mencionada fue un parte aguas en el desarrollo de la mancha urbana de la ciudad acalitana ya que consolidó en el imaginario colectivo local una vía adoptada como representante comunitaria de la modernidad urbanística de principios del siglo pasado, socorrida para la vida social aguascalentense hasta bien entrada la década de los ochenta del siglo XX.

Sin embargo existen otras intervenciones, que aunque modestas, también presentan modificaciones que al uso de la población, o un sector de ella, terminan modificando igualmente la percepción del sitio y los modos de aproximación a él, tales como los sistemas sociales, culturales, religiosos, viales, entre otros. Uno de esos cambios citadinos es el que se llevó a cabo sobre lo que fuese el atrio del templo de San José, a una cuadra de la cercana Avenida Madero. El atrio extendido hasta el paramento frente al edificio religioso ni siquiera está en el recuerdo de los pobladores de nuestra urbe.

Como tantas acciones emprendidas en el presunto beneficio al tránsito rodado, en el lugar de aquella plaza ahora prevalece el asfalto en carriles ambiguos que de manera objetiva y fácil de verificar tienen un uso intensivo sólo en ciertas horas del día y en determinados días de la semana.

La geometría del sitio obedecía a una traza orgánica con base en la topografía del Valle de Aguascalientes, sin embargo en el encuentro con el tráfico moderno que no tardó en motorizarse, la peatonalización terminó por ceder su espacio al automóvil en líneas rectas. Ahora que las dinámicas urbanas han desplazado los flujos intensos a otros puntos de la ciudad, aquellos lugares aptos para el encuentro de personas -fuera de los autos- parecen perder cierto lustre.

En el caso del sitio del templo de San José destaca el reducido jardín público Rincón Gallardo que con la vida que presenta al amparo de sus grandes laureles de la India, da testimonio de que esos espacios son imprescindibles para la vida comunitaria. El atrio del templo -una parroquia muy activa y de gran arraigo en la comunidad- quedó constreñido en lo que parece más una banqueta generosa compartida con la escuela primaria “Licenciado Francisco Primo Verdad” que un atrio propiamente dicho. Por cierto, la vegetación en ése paramento, ha ido languideciendo y junto a la paulatina reducción de las zonas para los viandantes da un tono de cierta desolación al lugar, no obstante la cercanía de la verde masa arbórea.

No ayuda a la percepción el volumen de la torre telefónica, edificio totalmente utilitario que alberga todo el sistema de comunicaciones y posiblemente subutilizado en un cincuenta por ciento de su capacidad espacial dado los avances tecnológicos que han ido reduciendo los equipos. A nadie, entre los habitantes locales, parece ya extrañarnos el perfil irisado de antenas circulares que hace una extraña sombra a la imagen de la torre del templo, rematada en su segundo cuerpo y su cima por un elemento cónico en clave neogótica, lo más destacado en la factura de éste edificio religioso que en sus sencillos paños muestra la humildad de su nacimiento en el siglo XVII -el remate de la torre y las portadas son decimonónicas- haciéndolo con San Diego, la iglesia más antigua de la ciudad de Aguascalientes.

El patrimonio cultural de un lugar no lo conforma solamente el acervo de inmuebles, la traza urbana forma parte de él, así como el recuerdo comunitario, generador de experiencias, tradiciones y maneras de habitar un lugar. En un momento de la historia urbanística de Aguascalientes el uso del automóvil fue saludado como un casi obvio paso a una modernidad plena, lo sacrificado fue percibido como necesario; pero al paso del tiempo, dominado ese impulso renovado por las modalidades de uso de la cotidianeidad, esas soluciones han caído en lo que la modernidad también trae consigo en su afanosa búsqueda de novedad: obsolescencia.

Tal y como lo afirmo Immanuel Kant, “El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca”, vale la pena observar los resultados actuales de intervenciones pasadas y reflexionar sobre su utilidad no en términos pragmáticos que fueron realmente los que indujeron la intervención sino en las condiciones demandadas por una comunidad en términos de fortalecer sus vínculos más básicos, como la posibilidad de reunirse. Aquello que reportase una utilidad que hoy subsiste sólo parcialmente, puede ser vuelto a intervenir con el efecto positivo de la enseñanza que conlleva el ensayo. El tramo comprendido desde la calle Primo Verdad hasta la calle Juan de Montoro bien merece una oportunidad de recobrar su funcionamiento y honestidad primigenios.