Por J. Jesús López García

111. Calle Del CodoQuien recuerda la calle del Codo hace unos diez años evocará algunos establecimientos comerciales, viviendas, y tras su parcial peatonalización, cierto aire de soledad debido a lo silencioso del sitio y a la amplitud de una calle transformada para el disfrute del paseo a pie, pero que en ese momento no tenía –salvo los establecimientos mencionados-, casi todos de ropa- muchos atractivos especiales para capturar la atención del transeúnte por más tiempo que el requerido para escoger y comprar algún producto. El comercio mismo pareció languidecer un poco junto con la expulsión del tránsito rodado.

Quien se acerca al paseo del Codo hoy en día puede encontrar un lugar con mucha animación social. Además de establecimientos de ropa, se puede escoger permanecer un buen rato en algún café, bar o restaurante de entre una gama atractiva; de hecho algunos de ellos se adhieren al concepto del slow food, partidarios de hacer la guerra a la comida rápida buscando la pausa y el ejercicio de un saludable ocio. En este sentido, esta calle en forma de “L” o de un brazo flexionado, ofrece un lugar cautivante y amable pues ¿Quién querría permanecer mucho tiempo en un sitio sin atractivo, al menos visual? y si además se acompaña con varios comercios con giros similares, la oferta se potencializa y la clientela aumenta.

Ese movimiento comercial y de servicios es resultado, o parte de la causa también, de una tendencia en revalorar la vida urbana que en los centros de infinidad de ciudades se ha desarrollado durante décadas de convivencia de usos de suelo diversos y por tanto de habitantes y públicos heterogéneos. Un local bohemio podrá emplazarse en cualquier lugar y ser muy grato pero no se compara en lo referente a su ánimo despreocupado o en su placidez al emplazarlo en una parte de ciudad que tiene en potencia esas características sin necesidad de crearlas a través de un proyecto específico para tal fin.

De esta manera la calle del Codo, añeja estructura urbana que articulaba la llegada desde la ciudad de México, o hacia la salida de ella, con lo que era el costado del presidio del siglo XVI, -del que actualmente aún sobrevive un torreón inmerso en el interior de una habitación del Hotel Imperial-, posee varias particularidades que hacen atractivo su recorrido: paramentos al paño en una calle no muy ancha que favorece la sombra al viandante; algunas fincas discretas pero de importancia contextual por sus dimensiones, árboles de gran copa y follaje que invitan a permanecer, y sobre todo la cercanía a polos de atracción muy diversos: iglesias, escuelas, plazas, jardines, tiendas y locales de alimentos y bebidas con distintas opciones, que además ocupan algunos edificios de indudable valor arquitectónico.

No cabe duda que quien inició en la calle del Codo la tendencia de ocupar parte del andador peatonal como una extensión de su negocio tuvo la visión y la sensibilidad necesarias para apreciar en el sitio sus mejores cualidades comerciales y animar con ello todo el lugar con una vida social que antes no tenía.

Ante el desarrollo de esa tendencia ahora cabe reflexionar sobre los alcances urbanos que implica el permitir que particulares utilicen el espacio público para beneficio propio. La tendencia va en aumento y lo podemos verificar en las calles de Zaragoza, la avenida Madero, la calle Venustiano Carranza y algunos remanentes del centro de la ciudad, el fenómeno trae como consecuencia: la privatización parcial o paulatina del espacio urbano que es de todos.

Esto no implica necesariamente que sea negativo, sin embargo hay pequeños avisos de situaciones que ya es preciso acotar, pues al simple hecho de caminar por la calle uno encuentra ese derecho restringido espacialmente por mobiliario que a pesar de ser colocado en la vía pública no se tiene acceso a él sin el obvio consumo. De nueva cuenta es lógico en la dinámica comercial de esos locales más no lo es desde el razonamiento urbano de uso donde lo dispuesto en la calle es libre de ser utilizado por cualquiera de sus habitantes, baste el ejemplo de una banca en un jardín.

Sin embargo, es conveniente dejar asentado que lo ocurrido en la calle del Codo ha sido positivo en general; la zona ha detonado una vida social y comercial muy animada, se ha diversificado la oferta para muchos segmentos de población y el sitio ha aumentado su sabor bohemio incentivando una cultura urbana de convivencia que tiene en los cafés, célebres antecedentes mundiales como el Brasserie des Martyrs –posteriormente Divan Japonais– en que se reunían los pintores impresionistas y poetas en el siglo XIX en París.

El centro de Aguascalientes está en un buen momento para no saturar su espacio público de propuestas, que gracias a su inicio positivo generen artificialmente a futuro derechos exclusivos, y sobre todo, que terminen por constreñir la utilización y el disfrute de los espacios públicos al habitante común, que finalmente es su poseedor genuino.