Por J. Jesús López García 

Es lugar común aquello de “renovarse o morir”, y en materia de los inmuebles eso adquiere un tinte drástico ya que la arquitectura había tenido que apostar a la permanencia en el tiempo. Se menciona “había tenido” pues en nuestra época, ávida de novedades, aquello con tufo de antigüedad actualmente tiende a verse lo mismo con respeto que con desdén, puesto que la dinámica económica dominante -que parece someter al resto de las experiencias humanas- establece un ánimo constructivo que prevé el reciclaje de los edificios a través de una diversificación de usos, cuando no, el parcial o total desmantelamiento de la finca para reutilizar el predio.

Sin embargo el cambio no es algo novedoso; las pirámides egipcias, símbolo de perennidad, dedicadas a tumbas faraónicas fueron ocupadas por las momias reales y sus tesoros alrededor de cuatrocientos años, de los cinco mil de su existencia, pues la rapiña hizo presa de esos monumentos aún en tiempos del Egipto antiguo. Grandes secciones de las extraordinarias iglesias góticas de la Baja Edad Media, en este momento son destinadas a museos o bibliotecas, y aquí en Aguascalientes, edificaciones como aquellas correspondientes al Centro Cultural “Los Arquitos” o la Casa Terán, ahora albergan instituciones públicas distintas a la prestación de servicios: baños y albercas en el primer caso, casona particular en el segundo.

Lo que enlaza los ejemplos mencionados es la clara identificación de esa arquitectura con la sociedad que las produjo, o en su defecto -como en las fincas aquicalidenses- con el grupo humano asentado a su alrededor, lo que provocó su preservación a través del otorgamiento de habitabilidad capaz de respetar la constitución de dichas estructuras. Monumentos, museos, centros de animación cultural, entre otras, garantizan en algo la conservación y el mantenimiento de su acceso común.

¿Pero qué ocurre con edificaciones donde su constitución obedece a propósitos eminentemente prácticos y utilitarios, donde además, no obstante su accesibilidad pública, no son inmuebles de que posean rasgos que faciliten su identificación con los atributos sociales y culturales de la comunidad? Naturalmente, la funcionalidad cotidiana de un objeto conlleva cierto reconocimiento con el mismo, sin embargo, cuando esa ocupación es puramente útil, el reemplazo es no sólo deseado sino requerido.

La modernidad arquitectónica tiene esa característica, apostó fuertemente a la funcionalidad y desdeñó la representación que la arquitectura tradicional prodigaba a los edificios públicos, su antimonumentalidad se convirtió en un aliciente para el utilitarismo, pero también para justificar su reemplazo toda vez que la caducidad es parte de la innovación moderna. Es por ello que el mantenimiento óptimo de edificios modernos se torna difícil pues su empleo se ve acotado por los cambios y la caducidad resultante y por el poco arraigo en la mayoría de los miembros de una sociedad que apela a modelos analógicos de representación -como la iconología barroca o el ornamento reproducido de estilos paradójicamente ya caducos.

A esos edificios se les etiqueta no como antiguos -recordemos que es arquitectura del “siglo pasado” si no como “viejos”, enfatizando así la necesidad de su reemplazo como cualquier otro elemento que lo habitual va descartando en aras del mejoramiento.

Tenemos en nuestra ciudad muchos edificios realizados en la segunda mitad del siglo XX como parte de la dotación de infraestructura moderna de una ciudad igualmente moderna. Son fincas prácticas, sencillas, cuya eficiencia es manifiesta por los pocos cambios operados en ellos a la fecha. Pero a pesar de ello, los cambios operativos, la optimización tecnológica de sus servicios y otros factores de transformación cada vez más acelerada y recurrente, les van haciendo sujetos de futuras metamorfosis cuando no de reemplazo total.

Los telégrafos y las telecomunicaciones, símbolos del intercambio moderno hace más de un siglo, ahora se presentan como algo vetusto y cada vez menos socorrido para las relaciones a larga distancia. La tecnología que nos acompaña de manera personal y diaria va relegando a ese medio de comunicación a un sitio marginal, al menos en la experiencia social del uso común.

El edificio de Telégrafos y Telecomunicaciones de Aguascalientes es un bloque tardo moderno de tres niveles de sobrias líneas horizontales que van marcando una común composición de la última mitad del siglo XX, testimonio de una época que va siendo al parecer irremisiblemente superada por una modernidad que al no detenerse va transformando también a sus propios edificios y espacios originales.

Por otra parte, es sugestivo como el mencionado edificio funcionalista ya no es útil para la función primigenia por el cual fue erigido por segunda ocasión, ya que, a decir de la prensa local en 1967: “A principios de la semana próxima empezarán a demoler el viejo edificio que ocupara la Oficina de Telégrafos en ésta, ubicado en esquina de Galeana y Nieto. Ayer estuvieron aquí los ingenieros Hoyo, de la Secretaría de Obras Públicas y Bañuelos, de la Secretaría de Comunicaciones, así como el arquitecto Lafuente, de la compañía constructora que se encargará de levantar el nuevo edificio, para conocer las particularidades que privan en el lote en donde será levantado aquel”. ¡Triste fin para una obra arquitectónica que su único “defecto” es ser moderno!