Tal y como lo comentaba en mi columna anterior, y más allá de cualquier sorpresa de octubre, el mundo entero se paralizó hace unas cuantas horas ante la noticia de que el republicano Donald Trump fue electo como el presidente número cuarenta y cinco de los Estados Unidos de Norteamérica, a partir del próximo 20 de Enero. En la antesala del mundo entero, hemos comentado escenarios que a todas luces podrían sonar disparatados como lo son el rompimiento de la Gran Bretaña con la Unión Europea, el reciente rechazo hacia el referéndum por la paz entre Colombia y las FARC , entre muchos otros.
El gran duelo por la presidencia tuvo un vencedor, que resultó privilegiar el discurso de odio y el sentimiento de la antipolítica. Durante toda su campaña, el magnate norteamericano supo tocar las fibras más sensibles de una clase social conservadora que vivía en el hartazgo ante la llegada de un presidente como Obama que abiertamente apoyaba a toda la comunidad LGBTTTI representada por lesbianas, gays, bisexuales, travestis, transexuales, transgénero e intersexuales y que de igual manera incentivaba que millones de inmigrantes iniciaran a regularizar su situación.
La nula experiencia previa en actividades políticas en contraste a las decenas de años en la carrera de su contrincante Clinton, no se constituyeron como factores de impedimento para que el hombre se convirtiera en el primer mandatario de la nación más poderosa del mundo, sin antecedentes políticos o militares. El hastío y el odio fueron clave para movilizar al electorado, aunque aquí habría que hacer la precisión de que se vivió una elección en la cual nominalmente o coloquialmente “voto por voto, casilla por casilla” la candidata ganadora fue Hillary Diane Rodham Clinton con 59,916,932 votos frente a 59,690,096 votos de Trump; sin embargo, en la votación del colegio electoral la candidata demócrata obtuvo 228 votos frente a los 279 de Trump.
Tuve la maravillosa oportunidad de presenciar las últimas horas de la elección y una serie de análisis interesantísimos, frente a la comunidad norteamericana en México y las impresiones que los asistentes al evento daban, fueron de lo más variadas. Existía prácticamente unanimidad en cuanto al apoyo de más de 200 personas hacía la candidata Clinton y tan sólo unas cuantas decenas de personas que apoyaban a Trump. El ambiente fue de lo más cálido y envidiable, ya que sería fenomenal observar en nuestro país a priistas y panistas o inclusive gente de todos los partidos, reunidos en una verdadera celebración democrática llena de sustancia y debate.
Conforme avanzaba la noche y el valor del peso mexicano se devaluaba frente al dólar, miles de especulaciones se hacían al respecto. Había quienes resaltaban las implicaciones de la relación comercial que se tiene con nuestro país vecino y había quienes afirmaban que el candidato republicano es un hombre de negocios y más tarde que temprano que temprano que tarde aprenderá que la política no es un reality show, dado que más de siete millones de empleos en su país dependen de las relaciones comerciales con México.
Lo más importante de todo esto, resulta ser el rescatar que ante los mensajes de hastío mundial, la clase política mexicana tiene una gran oportunidad a menos de 2 años de que se celebren nuestras elecciones. La clase política no se encuentra haciendo las cosas bien, es momento de replantear esquemas y repensar los modelos de la nueva política que aspiramos y necesitamos. Se requieren perfiles serios y profesionales que rescaten el verdadero arte de la política…

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