Literalmente, la era más oscura de la cinematografía norteamericana.
En 1915, el pionero de la industria fílmica estadounidense, David Wark Griffith, generó dos contribuciones a la incipiente narrativa del entonces escuálido 7º Arte: 1.- Construyó su lenguaje mediante la concatenación de tomas, escenas y secuencias, para crear una formalidad rítmica en la historia retratada en celuloide (lo que lo alejaba por completo de la segmentación escénica y constreñida de la episódica etapa silente por todos conocida) y procreando el primer largometraje como tal con su “Nacimiento de una Nación” y 2.- Concluyó los procesos emasculatorios a una etnia que se veía relegada y vejada por una nación impedida éticamente para tratar con los mismos derechos legislativos y sociales a los dérmicamente pigmentados. ¿Cómo? Encanallando a la raza negra como los principales antagonistas de la película y colocando en glorioso pedestal ni más ni menos que al Ku Klux Klan, mediante un rol heroico. A la par de los primeros travelings, paneos dramáticos y dollys que fortalecían el suspense, también se arrojó a todo ciudadano de ascendencia africana al desfiladero racial, proceso que culminaba un germinado sembrado por la Guerra de Secesión y la novela de Beecher “La Cabaña del Tío Tom”.
A más de 100 años después, vemos que las cosas han cambiado drásticamente y es de suponer que a la nueva generación los conceptos de “Intolerancia Racial” y “Segregación” les resultan apócrifos o nulos, parte de una fantasía mediática que se utilizó como un instrumento para chantajear o manosear la conciencia étnica de las masas. Pero quienes tenemos una edad que rebasa los 40, recordamos la injuria cometida a la cepa morena como detonador para múltiples relatos confeccionados para la pequeña y gran pantalla. Ahora el color del éxito es precisamente el que manifiesta ausencia de tal, pues los negros -o “afroamericanos” para no adolecer conciencias posmodernas avaladas por la corrección política- son las modernas superestrellas que todos aspiran a emular, desde disciplinas deportivas hasta musicales (incluyendo los patéticos y risibles intentos de sajones y latinos de lechoso cutis con esperpénticos remedos de parafernalia hiphopera disfrazada de regurgitación atonal llamada “reggaeton”). Mas la moderna emancipación no se gestó en base a un movimiento armado liderado por un barbado libertador, fue gracias a la enardecida explosión que se dio en cines barriobajeros durante la década de los 70’s que patentizó la naciente popularidad de la diversidad racial en las películas gracias a su atronador éxito a nivel internacional. Un bramido de libertad que resonó en las pantallas cuando la furia mulata tomó el control durante aquella lejana época y que esquematizó el mapa sociocultural a seguir hasta la fecha, pues sin estas enfebrecidas muestras de violencia, sexo y acción paroxista jamás hubiéramos siquiera escuchado hablar de un tal Samuel L. Jackson o una filmografía diseñada por ese director con alma negra llamado Tarantino.
Como todo proceso de forestación narrativa, los puntales que sirvieron de base a tal movimiento son precisos y visibles, pues cada uno nace de la primaria necesidad de expresión que estalla con estridencia, después de generaciones obligadas a hacer mutis en vías públicas, hasta la llegada de la reinvención sociológica que significaron las diversas revoluciones ideológicas en los 60’s. Ahora su culto se prolonga hasta aquella reestructuración elucubrada por cineastas conscientes de la importancia con que revistió a sus coetáneos este aparatoso desfile de extravagantes personajes, que lo único que buscaban era la equidad en base a la humillación de sus otroras amos. Una venganza llamada Blaxploitation que funcionó a la perfección.
La cinta pionera fue “Sweet Sweetback’s Badasssss Song” (1971), filme de Melvin Van Peebles (padre de Mario) que colocaba al personaje que da título a la cinta (de hecho, todos los héroes negros que poblaban estas producciones padecían un estigma de poderoso narcicismo, pues básicamente su nombre eran los títulos de los filmes que protagonizaban) en ostentoso plano estelar. La tónica que planteaba se vería repetida hasta el cansancio pero funcionaba por el honesto despliegue de supremacía testosterónica y machista que los caracterizaba. Así, su prole putativa tuvo nomenclaturas tan diversas como Shaft (un ahora mítico Richard Roundtree en el papel que le diera fama y con la música del ahora apagado Isaac Hayes para formar un paquete de iconicidad irrepetible), Superfly (Ron O’Neal) o Foxy Brown (Pam Grier como la diosa absoluta de este fenómeno), quienes generalmente predicaban la antiheroicidad mediante actos de absoluta brutalidad o su circunscripción a alguna actividad ilegal, pues las calles fueron su escuela y la dominación su estilo de vida. Mención aparte merecen los delirantes trabajos de Rudy Ray Moore, quien con títulos de indolente ludismo como “El Tornado Humano”, “Dolemite” y “Disco Godfather”, participaron de este movimiento en un plano que sugiere más un tono paródico de exquisita torpeza argumental e insólito enfoque de dirección, que aquel reivindicador buscado por sus compañeros, dando como resultado un cine que podría ser, a esta Explotación Negra, lo que Juan Orol al cine de gangsters.
Este acercamiento a la realidad urbana fue la clave para que el público se sintiera identificado y participara de esta caótica catarsis, erigiendo a sus nombres como evangelistas de este credo hacia la participación colectiva, aún si sus presupuestos eran bajos (después de todo, eran espectáculos dirigidos a minorías), las actuaciones lamentables y la dirección amateur. Sin embargo, todos estos elementos, lejos de funcionar en contra, fungieron de alabastro plástico para dotarle al Blaxploitation de una identidad visual única que lo distinguía de cualquier otro subgénero, así como suscitar todo un embotellamiento de las propiedades más desgastadas de su cultura que ahora son una definitiva cápsula temporal. Las cintas podrían carecer de los recursos de las grandes superproducciones, pero su mensaje era llevado con más brío y claridad que la de cualquier producto hollywoodense, en este caso mediante un canal guarro que vendió la imagen del negro como un tótem de irresistible innobleza y un plebeyo cuasi místico.
En la actualidad, la sociedad norteamericana ya no sólo entiende y tolera su diversificación étnica, sino que además son dirigidos por uno de ellos. Un logro que sólo pudo darse mediante la continua protesta que se daba en modestos y apolillados cines de segunda donde una cacofonía de obscenas y procaces elocuciones fueron la áspera súplica que los hijos de Eisenhower necesitaban para que despertaran de su letargo producido por el American Way of Life. Nada mal para unas cintas donde todo era negro, desde sus protagonistas hasta su destino.

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