Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaA México le cuesta cada vez más trabajo vender la imagen de estabilidad macroeconómica. El derrumbe del precio y la producción de petróleo han provocado una ampliación de los déficits fiscal y externo. El primero se ha cubierto en gran parte con una mayor carga impositiva sobre los contribuyentes mexicanos, pero la deuda pública se acerca ya al 50 por ciento del PIB y llevamos casi una década pidiendo prestado para pagar intereses.

Por su parte, el déficit de cuenta corriente ha quedado momentáneamente contenido gracias a que el inédito y enorme déficit externo petrolero en 2015 llegó cuando el déficit comercial de bienes no petroleros se ha abatido: 4.6 mil millones de dólares en 2015 contra 32.2 mil millones en 2008. Sin embargo, el encarecimiento del dólar no podrá favorecer nuestras principales exportaciones manufactureras (autos, computadoras, televisores) porque éstas llevan un alto contenido de insumos importados (73%). Y, además, porque algunas exportaciones mexicanas (autopartes, componentes electrónicos, etc.) son, a su vez, insumos de las exportaciones de Estados Unidos al resto del mundo, que se han estancado por el propio encarecimiento del dólar. México enfrenta, pues, un círculo vicioso ajeno a su control.

Quizá logremos mantener una tasa anual de crecimiento económico de alrededor de 2.5 por ciento para los próximos años, similar a la conseguida en 2015, y a la tasa inercial, por lo que los empleos de calidad no llegarán en la cantidad que esperan los trabajadores mexicanos, ni mucho menos para los jóvenes.

Ciertamente, la tasa promedio de desempleo abierto en México fue de 4.4 por ciento en 2015, la más baja de los últimos siete años, pero con dos reservas. Primero, sigue agravándose el fenómeno de la precarización del empleo: 57 por ciento de los trabajadores formales afiliados al IMSS ganan entre uno y tres salarios mínimos, es decir, menos de 6 mil pesos mensuales; otro 23 por ciento, entre 4 y 6 salarios mínimos, o sea, de 6 a 12 mil pesos mensuales).

Segundo, en términos de justicia laboral, tampoco se ha avanzado mucho en la formalización del empleo para que todos los trabajadores estén afiliados adecuadamente a la seguridad social y gocen cuando menos de seguro médico, incapacidades, créditos para vivienda y, desde luego, pensión. Actualmente hay 20 millones de trabajadores formales y casi 30 millones de trabajadores informales.

Los jóvenes son los más afectados por la crisis. Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Inegi, hay datos particularmente preocupantes que cuestionan la eficacia tanto de la política industrial como de la educativa: por una parte, dos de cada cinco jóvenes menores de 30 años con título universitario están desempleados o en la informalidad, y, por otra parte, el salario promedio de los jóvenes profesionistas con empleo formal es menor a 7 mil pesos mensuales, ligeramente arriba de quienes sólo cursan el bachillerato.

La masa salarial crece ligeramente año con año porque aumenta el número de trabajadores, no por incrementos en los salarios. Así, mientras en los países desarrollados la remuneración total de los asalariados representa alrededor de la mitad de su Producto Interno Bruto (PIB), en México constituye apenas un cuarto de nuestro PIB. La otra cara de la moneda es que el excedente empresarial en México es muy alto, y esto puede deberse a que el stock de capital por trabajador es bajo, pero también a un desequilibrio en la distribución del valor agregado entre los factores de la producción; en los países con instituciones débiles, el capital le come el mandado al trabajo.

Una Nueva Encuesta de Bienestar Subjetivo que acaba de difundir el Inegi, muestra que, en general, los mexicanos se sienten un pueblo feliz. En una escala de cero a diez, califican su vida con un 8 en promedio. Sin embargo, la encuesta confirma que la alta felicidad se explica en gran medida por el impacto de su vida familiar y de pareja (alrededor de 9), rubros que contrastan con la insatisfacción que la población expresa sobre la situación del país y la seguridad (alrededor de 6).

Pero los resultados de la encuesta del Inegi también dan cuenta de que las condiciones materiales importan; por ejemplo, la escolaridad y obviamente los ingresos. Entre mayor escolaridad del individuo, mejor nivel de felicidad reporta; entre mayor sea el decil de ingreso al que pertenece y menor su condición de vulnerabilidad, también muestra mayor satisfacción con su vida (después de todo, el dinero sí compra la felicidad). La conclusión es que debe haber un esfuerzo por parte de las autoridades por mejorar los niveles de vida de la población.