Carlos Reyes Sahagún

Al convertirse en gobernador del Estado, el uno de diciembre de 1962, el profesor Enrique Olivares enunció lo que serían algunos de los primeros pasos en la definición de una política cultural. Ya antes se habían hecho cosas, particularmente durante la administración del gobernador Jesús María Rodríguez Flores (1944-50), pero sólo con Olivares medidas relacionadas con la cultura y las artes adquirieron una formalidad que no tuvieron en el pasado.

En esta dimensión del quehacer público Olivares se fijó un triple objetivo: fundar un museo, restaurar el Teatro Morelos y establecer una Casa de la Cultura. El museo fue el de la Insurgencia de Pabellón de Hidalgo, y fue inaugurado por el presidente Adolfo López Mateos en su gira de despedida, en octubre de 1964. También en esa ocasión se reinauguró el Teatro Morelos, en el contexto del cincuentenario de la Soberana Convención Militar Revolucionaria de Aguascalientes.

La cereza del pastel fue la Casa de la Cultura, que se puso en marcha en 1967, gracias al empeño de su director, el poeta Víctor Sandoval, quien en 1965 había sido nombrado por el gobernador Olivares como director del Instituto Aguascalentense de Bellas Artes (IABA), la institución que antecedió a la Casa de la Cultura, que hasta entonces encabezaba el dramaturgo y ferrocarrilero Antonio Leal y Romero.

Ya como titular del IABA Sandoval se abocó a la tarea de darle un nuevo giro a la tarea de promoción y difusión de las artes. Ese periodo fue definitorio en materia de política cultural, con decisiones cuyas consecuencias se hacen sentir hasta nuestros días. Por ejemplo, de esa época datan la creación del Concurso Nacional de Estudiantes de Artes Plásticas, que en 1981 se transformó en el Encuentro Nacional de Arte Joven; el Premio de Poesía Aguascalientes, que luego se llamó Premio Nacional de Poesía y actualmente lleva el de Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes. Éste, que es el galardón poético más importante de México, fue producto de la transformación de los Juegos Florales, que venían celebrándose desde 1931.

1968 trajo consigo el fin del sexenio del gobernador Olivares Santana. Probablemente el hecho de que Sandoval sobreviviera como director de la Casa de la Cultura en la siguiente administración, haya sido afortunado para el desarrollo de la promoción artística, en términos de la continuidad que pudo propiciar la consolidación de estos importantes eventos artísticos. Con la triste manía que tiene el sistema político mexicano, de pretender crearlo todo cada seis años, igual podría haber sucedido que quien llegara en lugar de Sandoval decidiera sustituir alguna de estas actividades por otra que a su vez sufriría el mismo destino seis años después.

Por fortuna no fue así, y Sandoval continuó en la dirección de la Casa de la Cultura durante las administraciones de los gobernadores doctor Francisco Guel Jiménez (1968-74), Refugio Esparza Reyes (1974-80) y Rodolfo Landeros Gallegos (1980-86). En el transcurso de esta última el autor de Fraguas migró a la ciudad de México para asumir otras responsabilidades al interior del Instituto Nacional de Bellas Artes, aunque no perdió el contacto con la Casa de la Cultura, de la que formalmente continuó siendo su director, hasta que Landeros decidió la creación del Instituto Cultural de Aguascalientes, en 1985. Entonces las riendas de la institución pasaron a las manos del pediatra Alfonso Pérez Romo.

En otro orden de ideas, es menester recordar que el ferial de Aguascalientes tuvo su origen en un concierto que la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes ofrecía a los invitados del Gobierno del Estado a la Feria de San Marcos. Esta costumbre de invitar a personajes de la vida nacional a la verbena proviene de la época en que fue Ejecutivo estatal el ingeniero Jesús María Rodríguez Flores (1944-1950).

Con esta actitud, el Chapo -nuestro Chapo. Le decían así porque era un hombre bajito- pretendía generar una corriente de simpatía hacia la feria, crear una buena prensa, que propiciara la afluencia de gente de otras regiones del país a Aguascalientes en la primavera de San Marcos; personas deseosas de divertirse en la jugada, o en los gallos, o en los toros.

Estas personas venían invitadas, es decir, con hospedaje, entrada a eventos y uno que otro festejo, todo con cargo al erario público, y al regresar a su lugar de origen, la ciudad de México, escribían en los medios en que publicaban, a propósito de lo maravillosa que era la gente de Aguascalientes y su feria, que es un primor.

No le extrañe, por ejemplo, que el compositor del himno máximo de la feria, La pelea de gallos, haya sido un extranjero, y no sólo en relación a Aguascalientes, sino también al país: el chileno Juan Santiago Garrido, que posiblemente vino a Aguascalientes en varias ocasiones, con la calidad que he señalado. Porque, también hay que decirlo, los principales invitados eran artistas y escritores.

Salían de México una tarde, en el tren que se dirigía a Ciudad Juárez, y llegaban a esta urbe a la mañana siguiente, en que el convoy hacía su entrada triunfal en el andén monumental de la estación del ferrocarril, haciendo sonar urbi et orbi el silbato de la locomotora, que de seguro rompía, como ola de mar embravecido, en las faldas del Cerro del Muerto.

En el andén esperaba la comitiva encabezada por el gobernador, integrada por representaciones de las fuerzas vivas del estado, y un conjunto musical, que de seguro interpretaba La pelea de gallos y una andanada de dianas. Bajaban los invitados del pulman; los carros dormitorio, y a darle vuelo a la hilacha durante dos o tres días.

Este grupo de personas fue conocido como La caravana lírica. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).