Este año se celebra el 50 aniversario de la primera ocasión en que se presentó el Ferial de Aguascalientes, que también ha sido conocido como Ferial de Bellas Artes o Ferial de la Cultura.

No lo sé de cierto, pero lo supongo, que el Instituto Cultural de Aguascalientes debió enfrentar la disyuntiva de, por una parte, dedicar el espectáculo a recordar y reconocer a los creadores del espectáculo, así como a los personajes que durante este lapso han hecho algo para él, bailar, interpretar la música, cantar, escribir textos, producir escenografía, iluminación, etc., y por la otra, recordar y celebrar al escultor de fines del siglo XIX Jesús Fructuoso Contreras, en el 150 aniversario de su nacimiento. El asunto se resolvió de manera inmejorable, con la producción de dos feriales, dedicados a ambos temas.

El hecho no sólo es insólito, sino que además es por demás interesante, porque ofrecerá la oportunidad única de confrontar dos propuestas sobre una idea común. En efecto, el espectáculo dedicado a Contreras está dirigido por el director de teatro Alfredo Vargas Ortega, originario de la Ciudad de México, que aquí dirigió de manera exitosa la obra Geishas, una adaptación del texto del dramaturgo Jean Genet, Las criadas, y que por primera vez participa en un ferial, y por Rubén Isauro del Toro Vázquez, veterano de las tablas del Teatro de Aguascalientes, que ha pisado en incontables ocasiones como bailarín, y de las giras asiáticas de la Compañía Estatal de Danza, pero que por primera vez asume en el ferial un cargo directivo.

El espectáculo conmemorativo estará a cargo del diseñador Jorge Campos Espino, cuya relación con el Ferial se remonta a fines de los años setenta. Primero como bailarín, luego como coreógrafo, diseñador de vestuario y, finalmente como director, Campos conoce el Ferial al revés y al derecho.

Por mi parte, y con el pretexto de este aniversario, inicio una serie dedicada al espectáculo, que me es particularmente entrañable, dado que he tenido la oportunidad; el privilegio, de participar hasta en 14 ocasiones, con la redacción del guión. Escritura aparte, este hecho me ha permitido convivir con quienes realizan el espectáculo, e incluso conocer aspectos que en general permanecen ajenos al público, relacionados con el proceso de producción del montaje.

Ahora recuerdo, no sin una gran dosis de nostalgia, alguna tarde de domingo de enero de fines de los años noventa, una reunión para planear lo que se haría en el ferial del año correspondiente. La velada tenía lugar en la casa del maestro Ladislao Juárez Ponce, en la calle José González Saracho, y asistíamos el maestro Juárez, encargado de la música; Jorge Campos Espino, director del espectáculo; el director de la Compañía Estatal de Danza, Esteban Luévano Alaniz; el director de Ketzal, grupo de música tradicional, el maestro Fernando Edréhira Macías; y este servidor de la palabra. A partir de lo que ellos ya traían entre manos, yo recibía la línea sobre qué escribir; qué esperaban del texto.

Aquello era una especie de pistoletazo de salida. Yo me informaba, estudiaba, y comenzaba a escribir, hasta que terminaba una primera versión del texto, que podía llegar a unas tres –nunca una redacción fue aceptada a la primera–. Invariablemente escribí sobre el planteamiento central de otros, principalmente Jorge Campos, pero también ha habido agregados de mi parte que fueron incorporados al espectáculo, y que mucho me enorgullecen. Generalmente tardaba alrededor de un mes, mes y medio en escribir, pero ocasionalmente mi tiempo de entrega se corrió peligrosamente hasta marzo, no sin una buena dosis de angustia y excitación. Entonces entregaba el texto, que era grabado y ensamblado, y ya podía sentarme cómodamente a presenciar el milagro del hecho teatral, la prestidigitación de las luces y la escenografía; ver cómo esa palabra que me había rondado la mente durante semanas, exactamente como la lluvia ligera de que habla el poeta Francisco Hernández, iba llenándose de música y danza; de teatro y de luz.

El tiempo que transcurría desde la entrega del texto y la tarde en que finalmente me sentaba entre el público para ver el espectáculo, era de una gran excitación –lo sigue siendo– porque, independientemente de haber concluido el trabajo, seguía concentrado en el tema, y entonces, llegado el momento de presenciar el montaje, ocurría la confrontación entre lo que había escrito, y a partir de esto imaginado, con el resultado.

Ojalá y la memoria no fuera tan frágil, y pudiera conservar de manera nítida a personas, momentos, y situaciones que me fueron gratificantes, y que a final de cuentas, con el paso del tiempo terminaron convirtiéndose en una especie de satisfacción nebulosa, algo un tanto vaga.

En fin. Que en las entregas que siguen quiero platicarle de este tema, tomando como pretexto estas bodas de oro de uno de los principales espectáculos artísticos de la Feria Nacional de San Marcos; a ver si acabo para diciembre… Ojalá y fuera yo Funes el memorioso, aquel personaje fantástico de Jorge Luis Borges, que recordaba hasta el mínimo detalle de todas las cosas, en una secuencia perfectamente cronológica. Pero no lo soy. Así que deberé atenerme a mis recuerdos, muchos de ellos víctimas de una cojera irremediable, y a una que otra nota.

Por cierto que el poema de Francisco Hernández pertenece a la serie que este bardo dedicó al compositor y pianista Robert Schumann. El fragmento dice: no existen los dedos del pianista. Una lluvia ligera moja el teclado… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).