Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

En el pasado se llamó Caravana Lírica al conjunto de invitados del gobierno del estado a la Feria de San Marcos, con el objeto de promover nuestra fiesta y generar una corriente de personas que se hiciera presente y disfrutara de los atractivos de la verbena, al tiempo que dejaba algún billete en la magra economía local; en hoteles y restaurantes, etc. Estas personas venían a Aguascalientes, se divertían, regresaban a su lugar de origen, y escribían sobre lo que habían visto y experimentado, buscando que sus lectores se sintieran impulsados a viajar a nuestra ciudad, a fin de hacer lo propio, o por lo menos eso se esperaba. Sería interesante llevar a cabo una investigación; una revisión más o menos exhaustiva de los principales diarios de circulación nacional, en sus ediciones de fines de abril y principios de mayo, y ver si efectivamente ocurría esto…

La Caravana Lírica venía en el tren de México y estaba en Aguascalientes dos o tres días, para cumplir con un programa de actividades confeccionado con el objeto de ofrecerles una idea adecuada de lo que era la feria. Dicha planeación incluía la solemne velada de los Juegos Florales, alguna corrida de toros, y luego una sesión de peleas de gallos en el improvisado palenque, aderezadas por un grupo de “cantadoras de Jalisco”, una verbena en la Huerta Games -en parte hoy Parque Hidalgo-, en la que las carnitas, el arroz con guacamole, los frijoles refritos y otras mexicanas exquisiteces eran acompañadas por tequila o, ya de perdida, agua de horchata, y un concierto de la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes, que tenía lugar en el Palacio de Gobierno. Este último es el origen remoto del Ferial de Aguascalientes… El concierto era, digamos, el acto cultural por excelencia, junto con la velada de los Juegos Florales. Por cierto que alguno de los integrantes de la caravana fungía como “mantenedor” de los Juegos Florales, y su función era la de proclamar las glorias del entonces conocido como gay saber, al tiempo que alababa a la Reina de la Primavera y al poema ganador.

Cuando el poeta Víctor Sandoval se hizo cargo del Instituto Aguascalentense de Bellas Artes, decidió sustituir este concierto por otro espectáculo, al que llamó Ferial de Aguascalientes. Ferial, en honor al compositor Manuel María Ponce, que escribió una obra sinfónica a la que puso este nombre, y que retrata las impresiones del autor en una feriecita en San Juan Teotihuacan, estado de México.

La razón para tomar esta medida radicó en el hecho de que la orquesta distaba mucho de ser un buen conjunto musical. Estaba integrada por músicos aficionados, aunque también había profesionales que encontraban su sustento en alguno de los grupos musicales que actuaban en la ciudad, o en la Banda Municipal, pero la agrupación no tenía una existencia permanente. Se integraba cuando había que ofrecer algún concierto, cosa que ocurría pocas veces al año, y luego se disolvía, hasta la siguiente ocasión. Entonces, venía la gente de México; gente que frecuentaba la vida artística de la capital, y que con mucha facilidad podía acceder a los conciertos de la Sinfónica Nacional, e incluso las presentaciones de artistas extranjeros, y escuchaba aquí una audición interpretada con una calidad inferior a la que podía encontrar en la capital del país.

Quizá no faltara el invitado que asistiera y, de manera muy educada, aplaudiera y agradeciera la velada, pero pensara para sus adentros otra cosa. Para acabar pronto con el tema, no sólo se eliminó este concierto, sino que andando el tiempo se disolvió a la orquesta, que resurgió hasta 1993, durante la administración del gobernador Otto Granados Roldán.

El objetivo que cumpliría el Ferial sería doble: por una parte, mostrar a los visitantes algo, digamos, distinto a lo que podían encontrar en la capital; algo que les permitiera asumir que estaban frente a una manifestación pueblerina, típicamente mexicana -aunque en sus orígenes no sólo se interpretaba y bailaba música mexicana. Ellos, que venían de la cosmopolita capital, disfrutarían de un espectáculo popular, folclórico, aunque tocado por la varita mágica del respaldo institucional.

Por otra parte, el Ferial permitiría a todas aquellos jóvenes y adultos que frecuentaban los diversos talleres que ofrecía el IABA; los talleres de canto, guitarra, y danza, mostrar los avances que habían alcanzado en el transcurso de los meses en que habían asistido a clases y practicado. Por esta razón, desde entonces y hasta la fecha, el Ferial tiene la connotación de un festival escolar de fin de cursos.

Este hecho ha dado pie a un sinfín de discusiones en torno a la naturaleza del espectáculo y su viabilidad. Los temas que surgen en estas discusiones son la calidad, la profesionalización del montaje -los recursos que costaría lograr esta meta- y los temas a que refiere, y al parecer es una discusión que no termina de zanjarse. De aquí que no me extrañaría que hubiera quienes pensaran, incluso entre los organizadores, que el Ferial es un resabio de otra época; una manifestación eminentemente chauvinista que ya no cabe en estos tiempos de globalización y apertura al mundo, etc.

Sin embargo, resulta obvio que el Ferial llegó para quedarse, y que a 50 años de aquella primera edición, se ha convertido en uno de los imprescindibles del programa cultural de la Feria de San Marcos, como la obra teatral que presenta La columna de Aguascalientes; un espectáculo que esperan artistas y público, que prácticamente no requiere mayor difusión y que una vez que es soltado de las manos de sus creadores, polariza a la gente en favor o en contra. De aquí que sea posible afirmar que el montaje puede ser bueno o malo, gustar o no, pero nunca pasar desapercibido. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).