La pregunta es ¿Quiénes son los monstruos reales?

Sólo J. J. Abrams, el nuevo niño-director consentido de Hollywood, pudo conjurar del éter una película de la que nadie sabía su existencia justo a dos meses de su fecha de estreno, un proyecto rodeado del hermetismo al que su productor Abrams ya lo toma como un fetiche que, por el título, apuntaba a secuela de aquella atolondrada retahíla de tomas borrachas con personajes mentecatos titulada simplemente “Cloverfield” (estrenada como “Monstruo” en nuestros lares) sobre un monstruo gargantuesco que asolaba la ciudad de Nueva York mientras unos jovencitos con cámara pegada cual cemento a sus manos pretenden rescatar a la novia de uno de ellos. “Avenida Cloverfield 10” es, sin lugar a dudas, un animal aparte, pues además de una construcción narrativa mucho más redonda, personajes más atendidos en cuanto a su motivación y construcción psicológica y un ritmo que coquetea más con el suspenso clásico que con las extravagancias posmodernas de su productor -por lo menos en el 89% del filme- , la película solo tiene tres aspectos que la hermanan con la otra producción: el título, la firma de Abrams y 10 minutos finales que ponen los cabellos de punta, pero de risa loca ante lo absurdo del proceso.
La cinta comienza con una joven llamada Michelle (Mary Elizabeth-Winstead) que se encuentra en estado sensible tras una disputa con su novio (la voz del susodicho es nada menos que Bradley Cooper en un cameo vocal). Molesta, sube a su auto solo para chocar intempestivamente con otro vehículo y salir despedida del suyo perdiendo la conciencia. Al despertar, se encuentra encadenada, entablillada y desconcertada sobre una camilla en una habitación estéril. Ahí conocerá a Howard (un aplicado John Goodman), hombre rotundo y sombrío quien explica a la azorada joven que le ha salvado la vida…en más de un sentido, pues además de atender sus heridas después del accidente le notifica que se encuentran en un búnker subterráneo en una granja de su propiedad debido a un ataque de origen desconocido, pero que Howard asevera es letal para la vida orgánica. Al inicio, Michelle duda de sus palabras, mas lo constata al verificar que, mediante una pequeña ventana al exterior, la vida vegetal se encuentra intacta pero los animales muestran grado de descomposición avanzado. La historia se verá respaldada por Emmet (John Gallagher Jr.), el otro habitante de este microuniverso quien trabajara para Howard como constructor y ayudante. Poco a poco la dinámica entre ellos semejará a una familia, hasta que Howard comienza a mostrar rasgos de conducta agresivos y violentos que ponen en alerta a la chica, hasta el punto en que es necesaria una revuelta por el control del búnker.
Resulta un poco complicado escribir sobre este filme en particular debido a que varios de los retruécanos y puntos argumentales de la trama están diseñados para que el espectador los descubra y encajen como componentes orgánicos de la narrativa, por lo que he esquivado los más reveladores, en particular la conclusión y, por ende, origen de la amenaza que los mantiene confinados y que desafortunadamente chocan abruptamente con el desarrollo eminentemente psicológico que tejía con relativo cuidado el director debutante Dan Trachtenberg, quien por más de una hora le dedica sumo cuidado a la dinámica de personajes para que los conflictos se perciban reales y la paranoia que hace posteriormente presa de ellos sea resultado de ella y no meramente de las circunstancias, y por ello esta parte de la cinta es la más jugosa y rescatable, amén de interpretaciones convincentes y cuidadas de Winstead y Gallagher, siendo Goodman quien se lleva palmas por su retrato de hombretón con facetas sensibles pero mirada asesina.
El espacio en sí se transforma adecuadamente en otro personaje, pues el trabajo conjunto de los guionistas Josh Campbell, Matthew Stuecken y DamienChazelle (sí, el director de “Whiplash”) concentra el potencial semántico inherente de un espacio cerrado para explorar las posibilidades apocalípticas simbolizadas en el decaimiento de la civilización representada en tres arquetipos como éstos, bien manejados aunque sea a un nivel elemental, dejando claro que, sin importar la naturaleza monstruosa de lo que significa la otredad o incluso lo desconocido, la bestia verdadera siempre mora en nosotros, y cuando sale a comer es cuando afloran los conflictos más interesantes. Por eso es que el final casi niega a nivel existencial y narrativo lo que se ha planteado, y he ahí el motivo por el que descorazonará a muchos o, quién sabe, motivará a varios. “Avenida Cloverfield 10” deja pues tres detalles muy claramente: Dan Trachtenberg es un director novel con talento, el ansia de notoriedad de J.J. Abrams no tiene empacho por sacrificar una buena historia en el altar de sus amados géneros y, tal vez la más importante, estamos ante la segunda pieza de un extenso rompecabezas que el mismo productor ya ha anunciado su armado con futuras producciones centradas en lo que será un universo fílmico cohesivo, aún si dichos componentes no se semejan en nada. Ya veremos…

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