CIUDAD DE MÉXICO.- Tras 45 años de carrera, Lupita D’Alessio aún es la “Leona” que al cantar impone respeto. Su actuación del viernes en el Auditorio Nacional no dejó dudas porque la gente la siguió de principio a fin.
Caminó del fondo al frente del escenario con seguridad y con una sonrisa; inclinó la cabeza en señal de agradecimiento a los presentes, algunos de pie, y arrancó su show con “Punto y Coma”.
Durante su interpretación ondeaba su falda como una muestra de lo histriónico que sería el show, porque “La Leona Dormida” interpreta cada una de sus canciones.
“¿Cuántas leonas hay aquí?”, preguntó ante un recinto casi lleno, en su mayoría, por mujeres, pero con algunos hombres que ante ella se entregaron en aplausos y ovaciones.
Dentro del repertorio incluyó “La Diferencia” junto a Aída Cuevas, la primera invitada.
El sudor escurría por su rostro y por momentos se acercaba a un extremo del escenario, donde habían colocado un sillón y una mesa en la que tenía disponible una bebida rehidratante y una toalla, para secarse.
Y es que las letras de sus temas iban acompañadas por un sentimiento que expresaba con toda clase de ademanes.
Apenas se trataba de la sexta pieza cuando llegó “Ni Guerra ni Paz”, la cual casi 9 mil 500 presentes corearon con gran fuerza y que resonó por todo el recinto.
En un homenaje a Juan Gabriel, Lupita ofreció un popurrí del ídolo, que al terminar provocó que gran parte de sus seguidores se pusieran de pie para ovacionarla.
A lo largo del show, de una hora y media, no perdió la simpatía que mostró desde el principio. Una y otra vez jugaba con su vestido y danzaba por el escenario presumiendo voz y garra.
Fue mansa y hasta un “Te Amo” le dijo a Napoleón, segundo invitado, pero bajó la guardia por completo cuando cantó con su hijo Ernesto D’Alessio, quien generó chiflidos y aplausos de las miles de fans. (Fidel Orantes/Agencia Reforma)