COLUMNA CORTE2Arthur Penn. Tal vez el nombre no resulte familiar ni revuelva algún rincón de la memoria inmediata, no remita a los cinéfilos jóvenes a alguna cinta que puedan considerar como referente invaluable, e incluso se vio exento de tributos pomposos o algarabía mediática al suscitarse su fallecimiento hace cinco años, ya que, después de todo, Arthur Penn era un cineasta que no sólo cultivaba un recato público que lo rodeaba de cierta bruma y anonimato, sino que parecía celebrar su invisibilidad, dejando que sus trabajos fueran lo suficientemente elocuentes como para sustituir su voz por discurso fílmico. Y créanme, hablaba bastante bien.
Penn, como muchos de su generación, sobrevivió los estragos de la Gran Depresión desde el momento en que nació el 27 de septiembre de 1922 en Filadelfia, ya que sus padres carecían de medios económicos para sustentar a la incipiente familia, que incluía por cierto a su hermano Irving Penn, a la postre famoso y consagrado fotógrafo. Como era de esperarse, la fracturada economía familiar terminó por cobrarse su hegemonía y los señores Penn se divorciaron, quedando los dos vástagos al cuidado de la madre en medio de una miseria sofocante, adulcorada tan sólo por las visiones románticas que Arthur generaba en su mente de la romántica Urbe de Hierro en un punto en que todos pretendían hincarle el diente a la Gran Manzana. La cultura estadounidense, incluyendo su industria cinematográfica, estaban a punto de ebullir.
El futuro director se embarcó al estudio y ejecución del trabajo histriónico en diversas obras de teatro durante la década de los cuarenta, hasta que su participación en la Segunda Guerra Mundial lo proveyó de suficiente tiempo para cavilar e inclinarse por su gusto hacia la escritura y la dirección, donde podría trasplantar a un lienzo dinámico y majestuoso las imágenes que poblaban su imaginación desde su carente niñez. Es así que al terminar el enfrentamiento bélico enfocó sus energías en realizar el obligado peregrinar a la Meca del Cine, donde sólo encontró trabajos en programas televisivos de variedades y antológicos como “The Gulf Showcase” (1953), “Goodyear Television Playhouse” (1953-1955) y “Playwrights ‘56” (1956), hasta que en 1958 llegó la oportunidad que esperaba en la forma de “El Zurdo”, western psicológico protagonizado por Paul Newman (aunque originalmente pensado como un proyecto para el lucimiento de James Dean, quien por causas de fuerza mayor -su muerte- no pudo interpretar), donde encarnaba al forajido Billy The Kid y donde Arthur Penn puso de manifiesto un elemento clave que posteriormente se transformaría en algo así como su leitmotiv argumental a lo largo de su carrera: la exploración emocional y existencial de los parias sociales por elección o consecuencia.
La cinta resultó un fracaso económico, pero alabada unánimemente por la crítica, lo que permitió su ingreso en la silla del director en la cinta “La maestra milagrosa” (1962), una adaptación fílmica de la exitosa obra de teatro escrita por William Gibson y protagonizada por Anne Bancroft y Patty Duke, repitiendo su labor de los escenarios en pantalla grande. La cinta, un dechado de virtudes histriónicas que le valió el Óscar a sus dos protagonistas femeninas, relata la odisea de la educadora Anne Sullivan (Bancroft) en su intento por contactarse con la sordomuda y ciega Helen Keller (Duke). Penn logró imbuir al relato de dimensión narrativa, impidiendo que la sombra lacrimógena gratuita afectara el cuidado ritmo y puesta en escena de la cinta, consolidándose como uno de los dramas más efectivos y rentables de la década de los sesenta.
El éxito parecía sonreírle al cineasta, pero la fortuna es una dama caprichosa que mostró su desdén en el siguiente proyecto de Penn, una malograda cinta titulada “El tren” que vio las intenciones discursivas del director descarrilarse al llegar a amargos desacuerdos con los productores y la contratación de un joven John Frankenheimer para que lo sustituyera. Dicha experiencia erogó en la filmación de una cinta intimista y muy personal: “Acosado” (1965), las apasionantes desventuras agridulces de un cómico (Warren Beatty) que huye a Detroit para escapar de la mafia.
La experiencia resultó más plena, reencontrándose con el clamor popular en su siguiente película: “Jauría Humana” (1966), todo un escaparate de rutilantes estrellas hollywoodenses donde brillaban los astros de Jane Fonda, Robert Redford y Marlon Brando. Aquí, en este momento, Penn parecía haber tocado los primeros escalones del nirvana fílmico, pero su siguiente cinta lo pondría en un estado casi deificado al ofrecer probablemente la mejor película estadounidense de los años sesenta: “Bonnie y Clyde” (1967), las andanzas de los titulares asaltabancos célebres durante la década de los veinte, interpretados por los virginalmente perversos Warren Beatty y Faye Dunaway, que mostraron a un Arthur Penn en la cumbre de sus poderes creativos en una película que bordaba con maestría un tapete de humor negro, desacralización de la cultura gringa y violencia cáustica inédita en aquel entonces. La obra maestra anhelada había llegado.
Fue evidente el desgaste creativo que esta cinta tuvo en su artífice, ya que proyectos subsecuentes jamás estuvieron a la altura de este trozo de madurez intelectiva americana, honrosas excepciones serían las eficaces “Night Moves” (1975), exploración subversiva del cine negro con un Gene Hackman potente y convincente, y “Duelo de gigantes” (1976), mítico emparejamiento western entre Brando y Jack Nicholson. De todas formas no importaba, Arthur Penn había esculpido su nombre en un doloroso paso generacional que vino a mostrar a la vieja guardia que el héroe de la película podía correr al corazón del público a pesar de tener pies de barro, lágrimas en los ojos y tristeza en las manos. El legado absoluto de un director que supo resistirse al glamour y brillo de oropel de la babilonia angelina para retirarse a los modestos pasajes de la admiración silenciosa.

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