“Las catástrofes sacan lo peor de algunas personas…”
gto. Lew Slade (George Kennedy) en “Terremoto”

COLUMNA CORTE 2Los Estados Unidos permanecen como tal (o sea, unidos) por su paradigmática adicción a la cultura fobofílica, donde el curso y acciones de sus líneas de pensamiento, sociales e incluso espirituales se encuentran tiranizadas por su perenne pánico a la otredad global y su vitalicio aislamiento en hogareños universos contenidos, provocado por la ansiedad ante la pérdida de seguridad que brinda la experiencia comunal o externa, pues un paseo por el campo puede ser una pesadilla existencial para el gringo promedio. Ante tal debilitamiento de su inteligencia cultural, sus defensas psicológicas generalmente se transcriban como arranques xenofóbicos, homofóbicos y de violenta manifestación / imposición ideológica, curso amplificador de sus temores primordiales ante una declaración por demás expresa, cortesía del derrumbe de dos torres mellizas que simbolizaban el afán cosificante y metropolitano de su conciencia, consumado por una de sus muchas némesis doctrinales, la cual detonó la demencia paranoica de los estadounidenses, quienes seguramente percibieron en carne propia lo que sus fantasías de celuloide pasaban como catarsis en la ya fabulada década de los setenta, cuando las películas protagonizadas por desastres de específica localización purificaban los impactos que significaron Vietnam, Watergate y los Bee Gees. El cine fobofílico fijó su sensacionalista visión en un público que se fascinaba en la fársica devastación de ciudades, edificios o vehículos trasnacionales, mientras que su realidad sensorial se colapsaba fuera de la sala cinematográfica.
La raíz de tan frondosa y caótica mata fílmica germinó de una cinta cuyo desmedido éxito financiero reveló el regodeo masivo ante la calamidad cinematográfica: “La aventura del Poseidón” (1972), fruto de los afanes efectistas y un tanto populistas del hábil manipulador Irwin Allen, quien con este proyecto se instauró como el santo patrono de la nueva línea cataclísmica del cine moderno, donde ningún espacio ocupado por el hombre estaría a salvo de las fuerzas naturales, adversario ideal una vez que los comunistas y terroristas ya comenzaban a empalagar al público. La cinta contaba con un reparto multiestelar que incluía a los consagrados Gene Hackman, Ernest Borgnine, Red Buttons, Roddy McDowell y Shelley Winters, lo que a su vez proveía a la experiencia de una sensación de pompa y fastuosidad que en realidad no era más que un lubricante emocional para digerir la oscura experiencia con sencillez y sin remordimiento ante las inevitables bajas provocadas por la volcadura del transatlántico del título ante un minitsunami en altamar y la subsecuente odisea por sobrevivir. La dirección de Ronald Neame privilegiaba la congoja o el desconsuelo, y las pautas melodramáticas con una puesta de escena efectiva y casi teatral aprovecharon un reparto de ensamble dispuesto a minimizar su potencial histriónico en aras del escapismo fácil, para poner la muestra a seguir en los filmes posteriores, donde la tónica se volvería un descarado esquema, incluyendo su desafortunada secuela titulada “Más allá del Poseidón” (1979), donde actores de la talla de Michael Caine, Telly Savalas, Sally Field y Karl Malden fueron utilizados cual peones para un subproducto tipo “B” que pretendió emular la hazaña de su predecesora y terminó como un thrillercito subacuático emulador de TV Azteca, por su cursilería y pobre edificación escénica.
Habiendo paladeado las redituables mieles de la calamidad cinematográfica, prácticamente todos los estudios abordaron el tren de los desastres aparatosos, procurando ser fieles a la pauta preestablecida por el Poseidón: reparto multiestelar (generalmente desaprovechado) para garantizar actividad en la taquilla, multiplicidad de historias donde cada aspecto dramático de las anécdotas se ve resuelto o potenciado por su respectivo desastre e inserción de personajes básicos en la provocación de un chantaje sentimental (por lo general, niños con opción de cierta discapacidad, ancianos ídem, damas frágiles y usualmente proveedoras de histeria, entidades con minusvalías físicas, villanos improvisados que dotan de equilibrio maniqueo a la trama, etcétera). Cumpliendo cabalmente se encuentran: la saga de una malograda aeronáutica que prolongó el miedo a las alturas con pauta cronológica como “Aeropuerto” (Seaton, E. U., 1972), “Aeropuerto 1975” (Smight, E. U., 1974), “Aeropuerto ‘77” (Jameson, E. U.), “Concorde: Aeropuerto ‘79” (Rich, E. U.) y la ingeniosa parodia “Y, ¿dónde está el piloto?” (Abrahams / Zucker, E. U., 1980), donde la descarnada mofa a los convencionalismos citados eroga en una desopilante experiencia. Por otro lado, el subgénero de hecatombes encontró cierto culmen con el uno-dos de “Terremoto” (1974) e “Infierno en la Torre” (1974), la primera con una perspectiva macro al asolar la ciudad de Los Ángeles vía la devastación titular y haciendo ver su suerte a unos desventurados Charlton Heston (quien a estas alturas firmaba para cualquier cinta que le brindara vigencia), Ava Gardner (ídem) y George Kennedy; mientras que la segunda emparejaba a los dos hombres fuertes de la pantalla setentera (Steve McQueen y Paul Newman) en una aventura microsituacional donde la calcinación de un portentoso edificio acorrala a los legendarios William Holden, Fred Astaire, Jennifer Jones y O. J. Simpson (quien, desafortunadamente, no perece entre las llamas) en uno de los filmes más redituables y aceptados por la masa en este apartado fílmico.
A pesar de la aprobación colectiva de este tipo de historias, los siniestros epopéyicos dosificaron su furia durante la década de los ochenta, reventando coléricamente en los noventa con esfuerzos posmodernos diseñados para el lucimiento de sus protagonistas, como “Luz del día”(Cohen, E. U., 1996), un descarado remake de “La aventura del Poseidón”, pero situado en los túneles subterráneos de Nueva York, donde la salvación recae en los forzudos brazos de Sylvester Stallone y su capacidad de toma de decisión (lo que pone a temblar al resto del reparto); “Volcan” (Jackson, E. U., 1997), cuya prueba de resistencia no la pasa Tommy Lee Jones en este filme sobre un evento geotérmico en plena ciudad de Los Ángeles, sino el público ante tan descabellada premisa y las patosas “El día después de mañana” (2004) y “2012” (2009), donde el siempre obnubilado Roland Emmerich hace gala de sus nulas capacidades para crear una historia absorbente o interesante, virándolas en una genuina calamidad para cualquier cinéfilo.
Ahora que el infortunio natural nos acompaña una vez más con el estreno de “La Roca Vs. La Falla de San Andrés”, tal vez, algún canal audaz programará una de estas cintas para recordarnos que la fobia a los eventos cataclísmicos no nace, se hace.

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