Luis Muñoz Fernández

La idea no es nueva. Del 6 al 12 de septiembre de 1978 se celebró en Kazajistán, que entonces formaba parte de la Unión Soviética, una reunión sobre política de salud internacional convocada por la Organización Mundial/Panamericana de la Salud y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y patrocinada por el gobierno soviético. Esta reunión se llamó “Conferencia Internacional sobre Atención Primaria de Salud de Alma Ata”.

Al terminar, los participantes emitieron lo que se conoce como “Declaración de Alma Ata”, que consta de diez puntos. De aquel decálogo, es muy interesante resaltar lo que dice el punto número cuatro: Los individuos de una sociedad poseen el derecho y el deber de participar, tanto colectiva como individualmente, en la planeación e implementación del cuidado de la salud en sus comunidades.

En este sentido, los aguascalentenses no debemos olvidar cómo se gestó, planeó, nació y ejecutó en sus inicios el Proyecto del Nuevo Hospital Hidalgo que, sin incurrir en una exageración, puede considerarse la iniciativa de infraestructura hospitalaria pública de más largo aliento que hasta ahora han sido capaces de emprender los habitantes de este pequeño estado de la República Mexicana. Hoy que el Proyecto se reanuda, aunque modificado, es un deber moral recuperar la memoria de aquellos días. Revivir con el recuerdo el espíritu del cuarto punto de Alma Ata.

Al margen de quienes tuvieron en sus manos y en su momento los recursos económicos para la obra y cómo los usaron, el ambiente que se vivió fue, primero, de una profunda ilusión y, en segundo lugar, de un trabajo comunitario de gran intensidad que involucró, quizá por vez primera, a los que gozan y sufren en persona lo que significa trabajar en un hospital público como el Hidalgo. Se trató de una iniciativa que se concibió y desarrolló en la mente y en el corazón de los médicos, enfermeras, trabajadoras sociales y demás personal sanitario del Hospital. Dicho con las palabras que ahora están de moda: fue una iniciativa enteramente ciudadana.

Nada de precipitación, improvisación, asentamiento en terrenos tóxicos, ambición faraónica ni planes económicamente insostenibles. Todo lo contrario. Sin pretender afirmar una planeación sin fallas ni oportunidades de mejora –todas las obras humanas las tienen–, se contó con la estrecha asesoría de una compañía constructora experimentada y técnicamente solvente, de la Dirección General de Planeación y Desarrollo de la Secretaría de Salud Federal y, nada más ni nada menos, del Consorcio Hospitalario de Cataluña que, por su bien merecido prestigio internacional y su cercanía con nuestra idiosincrasia y cultura, representaba entonces el apoyo óptimo para aquel proyecto. También se contaba con los permisos gubernamentales necesarios. No se arranca la construcción de una obra pública de tal envergadura sin la venia de las autoridades.

Conviene recordar aquellas numerosísimas reuniones de trabajo que se prolongaban más allá del final de la jornada laboral y que continuaban en el hogar, robándole tiempo a la convivencia familiar y a la práctica privada. Y también los diversos viajes que se realizaron a diferentes puntos de la geografía nacional en modestos (y con frecuencia incómodos) medios de transporte terrestre con el propósito de conocer personalmente distintos hospitales que sirviesen de modelo.

Lo que se puede afirmar sin lugar a dudas es que quienes intervinieron dieron lo mejor de sí mismos, se entregaron incondicionalmente y lo hicieron movidos por los más altos propósitos, sin ambiciones políticas ni pecuniarias. Y no sólo eso. Siempre se procuró transmitir ese espíritu generoso a todo el personal del Hospital, entre otras cosas, organizando frecuentes visitas a la obra para todos aquellos que quisieran conocerla, hacerla suya y constatar personalmente su progreso.

¿Por qué relatar estos hechos auténticos? Porque llegarán a olvidarse con el tiempo, sepultados por la “verdad histórica”. Y para cumplir con lo que un soldado viejo le dijo a uno joven antes de morir en la última batalla: ¡Cuenta lo que fuimos!

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