Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“El lunes por la mañana, bastante malo me ví, fui a curarme a la cantina, se me pasó y la seguí…el sábado fue de gloria y eso me invitó a seguir, a eso vino Jesucristo este mundo a redimir; y el domingo fue de gusto porque me diste tu amor y por eso me emborracho con este santo licor.” La Semana Santa, fragmento.

Si no es porque un compañero de trabajo me recordó que estábamos en Semana Santa, ni me entero. Mas de alguno de los pocos y desocupados lectores de esta columneja han de tener edad o buena memoria, o las dos, para recordar que hace la friolera de medio siglo y algo mas, durante la Semana Mayor, que así también le decían, en las casas se apagaban los radios, de la televisión ni se diga, poquísimos hogares contaban con un aparato Packard Bell, Phillips o Philco, que fueron las primeras marcas en distribuirse en nuestra ciudad. Costaban un ojo de la cara y casi costaba el otro ojo tratar de desentrañar la señal entre la “nieve” permanente de la transmisión, las interferencias de los pocos vehículos que circulaban, y las frecuentes “idas” de la luz. Los cuatro cines que había, para sobrevivir modificaban su programación y repetían hasta el cansancio “El manto sagrado”, “Demetrio el gladiador”, “Rey de reyes”, y alguna otra por el estilo, desafiando con el pretexto del tema la admonición prohibitoria de asistir a espectáculos públicos. Las campanas de los templos callaban y eran sustituidas por las “matracas” de madera que con su seco tableteo llamaban a los oficios religiosos. Las imágenes de los templos se cubrían con telas moradas y la austeridad acompañaba el tiempo de meditación y penitencia de la cuaresma. Tiempo de preparación, tiempo de abstinencias, tiempo de sacrificios, tiempo de rica vida espiritual, antesala de la expresión de júbilo del Sábado de la Semana Santa, con la jocosa “quema” del Judas y el repicar de las campanas a la media noche que pregonaba la “apertura” de la Gloria. Era muy bonito.

Hace unos días entre amigos comentaba porque no me gustan los “ficus”, y caigo en la cuenta que por las mismas razones no me gustan ahora las semanas santas, y en general no me gustan las ciudades. Son todas iguales. Los “ficus” no tienen biografía, no distinguen estaciones, envidian a las jacarandas que, como decía el poeta aguascalentense Eduardo Pérez Vázquez, en primavera son sangre de cielo, en verano son explosión de verde, nos regalan sus castañuelas en otoño y en invierno se arrebujan calladamente para soportar el frío. El bullir de la ciudad no disminuye, el tráfago de los vehículos permanece, los antros ¡que puños de esperanzas que cerraran! (como decía Concha Jiménez, mi abuelita). Pero, habrá que darse las mañas para encontrar el espacio y el tiempo para la reflexión. José Luis Esparza, un ex amigo que tramó junto con otro ex amigo, Sergio Flores Azco, mi expulsión de Cosa Bufa, decía que sus ejercicios espirituales consistían en leer cada año por la Cuaresma, “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”. De Don Sergio no estoy seguro, aunque me parece recordar que José Luis decía que su penitencia consistía en leer su colección de Obras Completas de Yolanda Vargas Dulché. Yo leeré nuevamente el Proceso de Cristo de mi maestro Ignacio Burgoa Orihuela.

En un opúsculo de unas cuantas páginas (no más de 200) el maestro Burgoa examina, en la perspectiva de un jurista los vicios procedimentales en que se incurrieron en el que, sin duda es, el proceso judicial mas famoso de la historia.

Merece la pena señalar que, uno de los secretos de la permanencia de la dominación romana sobre los pueblos sojuzgados, era que les permitían conservar sus instituciones y sus autoridades, cambiando a las personas por otras proclives o controlables por los representantes romanos. Eso explica porqué en Judea subsisten un tetrarca Herodes, y los sacerdotes-jefes Anás y Caifás, con el Prefecto romano Poncio Pilatos. Desde el punto de vista de la administración romana Judea era una provincia del emperador. Las más antiguas conquistas que se asimilaban a territorio romano tenían gobernadores. Tierras conquistadas no asimiladas a “soli” romano tenían procuradores, y las más recientes, representantes personales del emperador: prefectos. Los conquistadores, muy listitos, se reservaban el control del ejército y el de las sanciones negativas, tales como las penas. Es por ello, que Jesús llevado ante Pilatos, es encontrado inocente para Roma y su derecho, pero el Prefecto respetará el juicio del “Sanedrín” autoridad político-religiosa que lo condena y regresa al romano para su ejecución. Pilatos intenta salvarlo, pero, finalmente para Roma, la muerte de un humilde nazareno con la locura de considerarse “Rey de los Judíos” podría evitar males mayores, como las tentativas de rebelión de entre otros, Barrabás, según se consigna por Flavio Josefo, el historiador, en La Guerra de los Judíos.

El maestro Burgoa encuentra que en el proceso de Cristolas se incurrieron en violaciones procesales en los aspectos siguientes:

­Publicidad; los tribunales debían actuar frente al pueblo.

Diurnidad; el procedimiento judicial no debía prolongarse después del ocaso.

Amplia libertad defensiva del acusado.

Escrupulosidad en el desahogo de la prueba testimonial de cargo y de descargo, sin que valiesen las declaraciones de un solo testigo.

Prohibición para que nuevos testigos depusieran contra el acusado una vez cerrada la instrucción.

Sujeción a la votación condenatoria a nueva revisión dentro del término de tres días para que generara la sentencia en caso de corroborarse.

Inmodificabilidad de los votos absolutorios en la susodicha nueva votación.

Posibilidad de presentar pruebas en favor del condenado antes de ejecutarse la sentencia. Invalidez de las declaraciones del acusado si no fuesen respaldadas por alguna prueba que se rindiese en juicio.

Aplicación de penas a los testigos falsos.

A Jesucristo se le acusó de blasfemia, que para los romanos en esa época no tenía ninguna relevancia. Los dioses no requerían de los sacerdotes para castigar a los hombres, del destino o del rayo de Júpiter, o de la ira de Juno, o de la cólera terrible de Minerva, o de la fuerza inaudita de Marte, y de los otros inmortales nadie escapaba, a menos, claro está, que fuese protegido por otro dios superior. Para lograr la aquiescencia de Pilatos la acusación se transformó en “sedición”, que sí tenía como castigo la muerte.

La Semana Santa, al menos estos pocos días que nos restan, es una buena oportunidad de leer esta obrita de Burgoa, o mejor aún leer en los Evangelios, el proceso amañado de un humilde nazareno que marcó indeleblemente la vida de la humanidad.

bullidero@outlook.com           bullidero.blogspot.com           twitter @jemartinj