Luis Muñoz Fernández

Para plantear su perspectiva holística, Kurt Goldstein llegó a la conclusión de que los síntomas no explican la enfermedad, sino que son una manifestación del organismo en su totalidad en relación con su entorno… Vislumbró que mente y cuerpo no operan por separado y que deben ser observados como integrantes de una unidad, lo que afecta a la mente afecta al cuerpo y viceversa. Sostenía que las leyes que gobiernan las partes son las que gobiernan el organismo en su integridad, por lo que era necesario descubrir las leyes que gobiernan el todo para entender cómo funcionan las partes.

 

Leonardo Viniegra. Penetrando el proceso vital, 2012.

 

El doctor Oliver Sacks, famoso neurólogo y escritor recientemente fallecido, se asomó a los grandes misterios del ser humano a través de sus propios pacientes y también lo hizo mediante sus indagaciones en las diversas ocasiones en las que él mismo sufrió varias enfermedades, incluyendo el cáncer que a la postre acabó con su vida. En su último libro On the move. A life (En movimiento. Una vida, Alfred A. Knopf, 2015) nos describe una de esas ocasiones, aquella en la que debido a un tumor maligno de su ojo derecho –un melanoma de la retina– y tras recibir radiaciones como tratamiento, en septiembre de 2009 acabó perdiendo completamente la visión de aquel ojo:

Las consecuencias en la percepción debidas al daño en mi ojo constituyeron un terreno fértil de investigación. Sentí como si hubiese descubierto todo un mundo de extraños fenómenos, aunque no pude saber si todos los pacientes con problemas oculares similares a los míos experimentaron algunos de los mismos fenómenos que yo percibí. Escribiendo sobre mis propias experiencias, escribiría también sobre las suyas. Pero el sentido de descubrimiento fue estimulante y me mantuvo activo a través de lo que, de otro modo, habrían sido años de temor y desmoralización.

En su infinita curiosidad acerca de lo que es el hombre, Oliver Sacks siente que la neurología moderna está un tanto limitada para estudiar y conocer algunos fenómenos de la mente. Su crítica va en el sentido de que la medicina moderna, y la neurología con ella, concibe al hombre como un mecanismo más o menos complejo. Bajo este enfoque, la enfermedad corresponde a la falla de alguno o algunos de los componentes del mecanismo y el fin principal de la medicina debe ser reparar hasta donde sea posible la pieza dañada para que el mecanismo vuelva a funcionar normalmente. Es la visión mecanicista y reduccionista que domina la medicina actual.

Esa manera de pensar no sólo es la predominante. Como paradigma imperante en la medicina actual, margina y desacredita todos aquellos intentos por seguir un modelo distinto de pensamiento y minimiza o anula aquellos fenómenos que no encajan en el marco teórico y conceptual que ella propone. De acuerdo al doctor Sacks, tal es el caso de lo que en El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (Anagrama, segunda reimpresión 2012) llama “excesos”:

Como ya hemos dicho, “déficit” es un término favorito de la neurología…

…¿Qué decir pues de lo contrario, de un exceso o superabundancia en la función? La neurología no tiene ningún término para designar esto… porque no tiene ni concepto siquiera. Una función, o un sistema funcional, opera… o no opera: esas son las únicas posibilidades admisibles. Por tanto, una enfermedad que es “efervescente” o “fructífera” por su carácter desafía los conceptos básicos mecanicistas de la neurología, y ese es sin duda uno de los motivos por los que tales trastornos (pese a ser corrientes, importantes e intrigantes) no han recibido nunca la atención que merecen. La reciben en psiquiatría, donde se habla de trastornos estimuladores y fructíferos… extravagancias de la fantasía, del impulso… manías.

 

La separación entre la neurología y la psiquiatría en este y seguramente en otros temas, no es más que una prueba del mundo escindido en el que vivimos. Un mundo en el que, persiguiendo solamente lo material, dándole solamente peso a lo biológico y profundizando en ello hasta límites inimaginables hace apenas unas décadas –piénsese, por ejemplo, en el inmenso desarrollo de la biología molecular–, hemos perdido de vista otras dimensiones del ser humano que son fundamentales para una comprensión integral de nosotros mismos, tanto sanos como enfermos.

Y lo vemos en los médicos que estamos formando: especialistas en la reparación de piezas dañadas que no pueden reconocer –y por lo tanto atender– al ser humano integral. Que tienen enormes dificultades de ocuparse de todo aquello que no sea el campo reducido de su disciplina. Desde luego que ese reduccionismo tiene claras ventajas, pero a la sociedad le queda la sensación que en esa carrera por saber cada vez más de menos, se nos está escapando algo. ¿Hay que saber menos entonces? No, de ninguna manera. Pero hay que ser muy cuidadosos para no perder la tan necesaria visión de conjunto si pretendemos ejercer una buena medicina.

Cuando en el capítulo 10 del mismo libro, el doctor Sacks describe a Ray, un enfermo del síndrome de Tourette, uno de esos trastornos caracterizados por el exceso de la función en donde confluyen la neurología y la psiquiatría, nos recuerda que el doctor Guilles de la Tourette fue un neurólogo francés del siglo XIX, alumno de Jean-Martin Charcot (1825-1893), uno de los fundadores de la neurología moderna:

Charcot y sus discípulos, entre los que figuran Freud y Babinsky además de Tourette, fueron los últimos en su profesión que tuvieron una visión conjunta de cuerpo y alma, “ello” y “yo”, neurología y psiquiatría. En el cambio de siglo se produjo una escisión entre una neurología sin alma y una psicología sin cuerpo, y desapareció con ello cualquier posibilidad de aclarar el síndrome de Tourette. En realidad, pareció desaparecer el propio síndrome, apenas si se habló de él en la primera mitad del siglo XX… Estaba tan olvidado como la gran epidemia de enfermedad del sueño de la década de 1920.

El olvido de la enfermedad del sueño (encefalitis letárgica) y el olvido del síndrome de Tourette tienen mucho en común. Ambos trastornos eran extraordinarios y de una rareza increíble… al menos para una medicina de criterios estrechos. Como no podían encajar en los esquemas convencionales de la ciencia médica fueron olvidados y “desaparecieron” misteriosamente.

 

Tengo el privilegio de que algunas mañanas me visite en mi oficina del Hospital Hidalgo el doctor Gerónimo Aguayo Leytte, a quien yo llamo afectuosamente “el neurólogo del pueblo”. Junto a sendas tazas de café, conversamos sobre temas de interés común, especialmente los relacionados con nuestra profesión médica. En los últimos días hemos recordado juntos al doctor Sacks.

A mi juicio, el doctor Gerónimo Aguayo es uno de los pocos médicos en Aguascalientes que practica una medicina clínica de primera y justo por ello dedica largas horas a la atención de sus pacientes, no importa si son los del propio Hospital o los que lo consultan en la práctica privada. Por eso mi padre, al que pasaba visita domiciliaria pasadas las diez de la noche, decía refiriéndose a él: “Este hombre es un médico de los de antes de la Guerra”.

Y eso es justamente lo que se nos está escapando. Ante el enorme desarrollo tecnológico que ha revolucionado la medicina, los médicos dedican cada vez menos tiempo a la práctica clínica de la profesión, que, pese al enorme poder de escrutinio de los aparatos modernos y a los avances del conocimiento científico, es la única manera de conocer integralmente al ser humano enfermo. Y con ese distanciamiento, con la pérdida de la riqueza del contexto humano (en palabras de Sacks), la clínica se vuelve superficial y el médico deja de ser parte esencial de la curación de su paciente.

 

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