Mario Abner Colina
Agencia Reforma

JAVA CENTRAL, Indonesia.- Llegar al nirvana no nos ha arrebatado los deseos más mundanos.
Subimos aquí, de madrugada, a la cima de Borobudur, el templo budista más grande del planeta, para ver los colores del amanecer refractarse entre sus icónicas estupas con forma de campana y esculturas de Buda.
La experiencia parece difícil: el cielo está tan nublado que cuesta ver a la distancia la silueta del gigantesco volcán Merapi, ícono de esta región. Pero seguimos cruzando los dedos.
Este monumento de Java Central, a una hora de la ciudad de Yogyakarta, y ubicado en medio de una espesa selva asiática, es visitado a diario por unas 7 mil personas, según guías locales. Y es la atracción más popular de Indonesia, junto con las paradisíacas playas de Bali.
Son las 5:30 de la mañana pero por Borobudur ya revolotean innumerables turistas extranjeros y visitantes indonesios.
A los primeros, no extraña verlos asombrados, sacando fotos. Pero a los segundos, en su mayoría musulmanes, impacta verlos apreciar el templo de una religión que les es ajena.
Algunos de ellos recuerdan con vergüenza cómo bombas colocadas por extremistas en 1985 destruyeron algunas de las famosas estupas de lo más alto de Borobudur.
La cita para llegar hasta aquí fue a las 3:30, en el lobby del hotel.
Aún bostezando, llegamos pasadas las 4:30. Con linterna en mano emprendimos una breve caminata -aderezada con el canto de grillos y pájaros- hacia esta inmensa mole de piedra, Patrimonio de la Humanidad desde 1991, por la UNESCO.
Aún entre sombras, quita el aliento enfrentarse a Borobudur, “rival” de otros íconos de la región, como el templo Angkor Wat, en Camboya y los de Bagan, en Myanmar.
Fue edificado con roca volcánica entre los siglos 8 y 9 bajo el reinado de la dinastía Sailendra, con ambición no sólo de una estética arquitectónica, sino narrativa y filosófica.
De forma piramidal y con pronunciadísimos escalones, entre sus exquisitos detalles se encuentran 2 mil 672 paneles grabados con la historia de Siddharta Gautama, quien se convirtió en Buda.
A grandes rasgos, cuenta con tres niveles principales (llamados Kamadhatu, Rupadhatu y Arupadhatu).
Se cree que simbolizan el sufrimiento por los deseos, el abandono de éstos y la iluminación o el nirvana, respectivamente.
Por si fuera poco, si se le hace una toma aérea, tiene la forma de una mándala, representación de la cosmología budista.
Nos distraemos tocando con las manos las centenarias piedras del centro espiritual o escuchando respetuosamente mantras que pronuncian monjes budistas.
Alrededor de las 6:00 y antes de que la decepción nos abrace, el destino conspira a nuestro favor: la neblina se disipa.
Desde el horizonte, una bola de fuego se abre paso y sus rayos pintan las piedras de un dorado hipnótico. Los murmullos y los disparos de las cámaras aparecen.
Por instantes así, de indescriptible belleza, calma y luz, vale la pena viajar al otro lado del planeta.