1ª Función
“X-MEN: APOCALIPSIS” (“X-MEN: APOCALYPSE”)
El producto superheroico está a la orden del día, y como la oferta logra establecer una demanda coherente, ahora sí podemos determinar cuáles filmes basados en cómic logran establecerse en la corriente de propuesta y cuáles simplemente buscan arrebatarnos de fea manera nuestros billetes en la taquilla. La más reciente cinta sobre los Hombres X (o “X-Men”, para aquel público más masificado, globalizado y proclive a la fantochez) es de éstos últimos, tratando de hacer pasar por cine un trabajo que semeja un episodio de dos horas y cuarenta y tantos minutos de aquella serie animada noventera sobre los mutantes, la cual resultaría más entretenida de ver que esta historia sostenida en casualidades, azares y personajes de horizontalidad inverosímil entrelazándose con torpeza por obra y gracia de un guión con tufo amateur, aún si fue fraguado por los veteranos Simon Kinberg, Michael Dougherty, Dan Harris y el mismo Bryan Singer, director de la cinta, quienes nunca muestran una pizca de genuino interés por los eventos, sus participantes o la trama en general. Eso sí, muchos guiños a los fans para que éstos no vociferen contra la película y salgan contentos gracias a este colorido y estrambótico dildo mental. La historia inicia en el antiguo Egipto, donde conocemos al presunto primer mutante en la historia de la humanidad llamado En Sabah Nur (Oscar Isaac), el cual requiere de una complicada ceremonia para transferir su conciencia a otro cuerpo y perpetuarse. El ritual es saboteado y queda sepultado siglos hasta que logra despertar en la década de los 80’s, justo a tiempo para ver cómo los mutantes son perseguidos y temidos por la humanidad, lo que de algún modo lo incita a destruirla (su motivación y, por ende, su construcción como personaje, jamás quedan del todo claras) mediante el reclutamiento de sus Jinetes del Apocalipsis: Tormenta (Alexandra Shipp), una carterista en El Cairo que, quien lo diría, se topa con Nur en el momento exacto cuando ella es asediada debido a un hurto; Ángel (Ben Hardy), un beligerante joven alado que pelea en luchas de jaula clandestinas en Alemania; Psylocke (Olivia Munn), el brazo fuerte y capaz de generar proyecciones psiónicas de energía y Erik Lehnsherr (Michael Fassbender), alias Magneto, quien se refugia con ellos después de perder a su familia en la única secuencia interesante y de efecto dramático de la película. Por supuesto, a ellos se les opondrán el profesor Xavier (James McAvoy) y sus estudiantes dotados, a los que se suman unos jóvenes Scott Summers/Cíclope (Tye Sheridan), Jean Grey (Sophie Turner) y Kurt Wagner/Merodeador Nocturno (Kodi Scott-McPhee), así como la ambivalente Raven/Mystique (Jennifer Lawrence). El resultado es el esperado: combates entre mutantes, dinámica y exposición sobre las añadiduras en cuanto a personajes y muchos efectos por computadora, además de la inserción en la trama una vez más del Coronel Stryker (Josh Helman), quien aquí opera tan solo como una pieza innecesaria en los eventos, enredando aún más algo que debió resolverse de forma más clara y un mero conducto para la obligada aparición de Wolverine (Hugh Jackman) en un cameo tan absurdo que produce hilaridad involuntaria. La cinta se percibe más como un capricho por parte de Singer de ver en pantalla grande a los que sin duda son sus personajes favoritos de la factoría Marvel, que por hilar una historia interesante o profunda, como sus colegas Joss Whedon, Jon Favreau o Anthony y Joe Russo lo han hecho con otros héroes, como si a un fanático de los Hombres X le dieran millones de dólares para saciar sus fantasías sin considerar elementos básicos como historia, dimensiones dramáticas, motivaciones y demás, dispersión que se adhiere al reparto al mostrarnos actores tan probados y sólidos, incómodos o somnolientos en sus personajes. La película termina siendo tan intrascendente que no se ocupa de un telépata para borrarla de nuestra memoria.

2ª Función
“LA BRUJA” (“THE WITCH”)
Norteamérica, 1630. En plena época colonial, una modesta familia de Nueva Inglaterra desarrolla su cotidiano a actividades agrícolas, de crianza y a Dios, pues la actividad eclesiástica es fundamental para el sustento ideológico y formativo de su pequeño núcleo. Tal vez por ello una misteriosa entidad posa su atención en ellos y poco a poco, desde las entrañas del ominoso bosque que rodea la granja, comienza un proceso de intrusión sistemático que inicia con la desaparición del bebé de la familia, el cual tiene un destino tan horripilante que al revelar a la tenebrosa anciana raptora y el propósito por el que ha secuestrado al infante, somos testigos de una de las escenas más escalofriantes en los anales del cine de horror. Tal es el poder sugestivo de “La Bruja”, la ópera prima del director Robert Eggers, quien se ha enfocado en producir un filme inquietante sustentado en el cultivo gradual del miedo y la paranoia sin recurrir a la bolsa de trucos baratos tan socorrida por mediocres cineastas como James Wan (“La Noche del Demonio”, “El Conjuro”) o Scott Derrickson (“Siniestro”). Eggers demuestra que no se requiere ni de un elevado presupuesto o de triquiñuelas sonoras abruptas para producir escalofríos en el espectador. La cinta en cuestión recorre dos rumbos paralelos igualmente efectivos: la amenaza que representa esa enemiga sobrenatural y los efectos que produce en la familia, la cual comienza un proceso de desmoronamiento al punto que se ven orillados a enfrentarse entre ellos movidos por la angustia y la ignorancia propias de la época y su convicción católica. Este último elemento juega un papel crucial, ya que el contraste entre su satánica adversaria y los fundamentos teológicos a los que se aferran los protagonistas, plantea de manera simbólica la dualidad de la condición humana, a la vez que se nos plantea como un motor dramático válido sustentado en actuaciones muy convincentes y personajes bien construidos, espantando al espectador más por lo que les pueda suceder que por aquello que sí ocurre (entre otras cosas, ataques de una imponente cabra negra, la posible posesión de un hijo, sangre que brota de lugares insospechados, etc.). Todo esto trabajado con mesura y mucha atención a la construcción narrativa, culminando de forma eficaz y aterradora, no por lo que se muestra, sino por lo que implica. “La Bruja”, con sus breves recursos financieros y austera puesta en escena, da cátedra de atmósfera y tensión psicológica a cualquier “Actividad Paranormal” que se le ponga enfrente, poniendo además un sortilegio de fascinación y miedo a la audiencia.

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