Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaJusto cuando parecíamos dominados por el pesimismo surge un iluminador texto del teólogo brasileño Leonardo Boff que, literalmente, nos devuelve la esperanza.

Como punto de partida, Boff advierte que vivimos en una crisis de civilización de proporciones planetarias, no una coyuntura pasajera como se nos ha hecho creer. No sólo Brasil, sino todas las naciones atravesamos una crisis del modelo de crecimiento económico al que le apostamos a ciegas desde hace algunas décadas.

Sin embargo, agrega Boff, “toda crisis ofrece posibilidades de transformación, así como riesgo de fracaso. Necesitamos esperanza. La esperanza se expresa en el lenguaje de las utopías. Éstas, por su misma naturaleza, nunca se van a realizar plenamente. Pero nos mantienen caminando. Lo dijo muy bien el escritor irlandés Oscar Wilde: «Un mapa del mundo que no incluya la utopía no es digno de ser mirado, pues ignora el único puerto al que la humanidad arriba siempre, partiendo de nuevo hacia una tierra aún mejor». En palabras del poeta Mario Quintana: «Si las cosas son inalcanzables… / no es motivo para no quererlas / Qué tristes los caminos si no fuera por / la mágica presencia de las estrellas»”.

La utopía no se opone a la realidad, pertenece a ella, porque la realidad no está hecha sólo de lo que es dado, sino de lo que es potencial y que eventualmente se transformará en dado.

El filósofo Ernst Bloch acuñó la expresión principio-esperanza. Por principio-esperanza, que es más que la virtud de la esperanza, entiende el potencial inagotable de la existencia humana y de la historia que nos permite decir no a una realidad que no nos satisface, a modelos políticos y económicos que limitan el vivir, el saber, el querer y el amar.

El ser humano dice no porque primero dijo sí: sí a la vida, a la trascendencia de cada persona, a una sociedad con menos corrupción y más justa, a los sueños y a la plenitud ansiada.

Job, casi a las puertas de la muerte, podía gritar a Dios: “aunque Tú me mates, aun así espero en Ti”. El paraíso terrenal narrado en el Génesis II,3 es un texto de esperanza. No se trata del relato de un pasado perdido que añoramos, sino que es más bien una promesa, la esperanza de un futuro a cuyo encuentro estamos caminando. Como comentaba Bloch: «el verdadero Génesis no está al principio, sino al final. Sólo al terminar el proceso evolutivo de la creación serán verdaderas las palabras de las Escrituras: “Y vio Dios que todo era bueno”». Mientras evolucionamos no todo es bueno, pero sí perfectible.

En ésta que llamamos “Semana Santa” o “Semana Mayor”, los cristianos celebramos el triunfo de Cristo sobre la muerte, y eso nos devuelve la esperanza verdadera. No la promesa vana de muchos políticos en campaña.

Anunciar tal esperanza en el sombrío contexto actual del mundo no es irrelevante. Nos quita el miedo a un destino fatal trágico ocasionado por errores humanos en las políticas públicas implementadas que han dañado el tejido social y amenazado la sustentabilidad del planeta.

Estamos embarcados en una travesía peligrosa, dice Boff (http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=759) pero al final el triunfo de la humanidad está garantizado. Hay muchos líderes y grupos sociales que comparten una visión y unas propuestas de desarrollo bien fundadas, porque parten de reconocer que la trampa que nos mantiene con bajo crecimiento y alta desigualdad radica en gobiernos e instituciones políticas débiles, capturadas por rentistas poderosos, llámense empresarios excesivamente ricos, dirigencias partidistas y sindicales o el crimen organizado. Construir y fortalecer nuevas instituciones no será tarea fácil, pero este es un buen momento para reflexionar y actuar.

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