Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del municipio de Aguascalientes

Tengo por verdad evidente la idea de que esa actitud que privilegia lo propio por encima de todo lo demás; esa manera de ver las cosas que a ultranza, casi sin ningún procesamiento intelectual de por medio, asume que “lo de uno” es, por definición, mejor que lo ajeno, es perniciosa para un sano e integral desarrollo de la personalidad, un signo de atraso, aparte de que resulta falsa con más frecuencia que la que sus defensores quisieran.
Lo primero porque es obvio que el mundo es infinitamente mayor que el personal y alrededores que lo acompañan -lo llamaré Aguascalientes, que para este servidor de la palabra y de la Suave Matria es lo propio-, y de otra forma se perdería uno sinfín de cosas tan valiosas como maravillosas como existen en otras partes, y que indudablemente pueden contribuir a nuestro desarrollo como personas.
Lo segundo porque hay cosas, lugares, que son mejores que las propias -hay gentilicios que pesan mucho en esta vida, ya sea por su historia, por su importancia política y económica, o artística, social, etc. Aguascalentense no es uno de ellos-.
Pero en fin, que para estos males uno podría aplicar la medicina popular que prescribe que “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”, es decir, buscar un término medio entre ambos extremos; una armonía de visión y actitud, y de seguro se estará en buen camino.
Esta reflexión viene a cuento por el ya próximo cumpleaños 441 de la ciudad de Aguascalientes. Creo que cotidianamente deberíamos reflexionar en torno al presente y el futuro de nuestra ciudad, si nos gusta tal y como la tenemos y/o qué podríamos hacer para enriquecerla, mejorar la convivencia, y, sobre todo, a propósito de la manera como nos relacionamos con ella, si la sufrimos o la disfrutamos, si la amamos o la asumimos como “lo que nos tocó, y ¿ya qué?, ya ni modo”. Reflexionar sobre estos temas de manera permanente, pero en forma especial con motivo de su aniversario.
Dicho de otra forma, el cumpleaños de la ciudad -que en rigor no sabemos cuando nació-, nos ofrece le oportunidad de preguntarnos qué es para nosotros Aguascalientes.
Hace un par de años leí un libro que se me deslizó por los ojos y la mente con alegría y suavidad; un volumen que disfruté por su contenido y por su prosa, y que me dejó el sabor maravilloso del tiempo bien aprovechado…
Me refiero al texto del periodista bielorruso Ryszard Kapuściński que lleva por título “El imperio” (Editorial Anagrama). Su tema es la experiencia personal y profesional que este personaje tuvo de la Unión Soviética, desde el principio de la II Guerra Mundial, hasta prácticamente su disolución, en 1991.
Permítame recordar ahora un par de fragmentos de este volumen, que no tienen nada que ver con Aguascalientes, pero que cuando los leí me evocaron la ciudad, el estado.
La primera se refiere al paisaje siberiano del mes de enero, blanqueado por la nieve con un blanco enloquecedor. Y dice: “Aquí la tierra, el mundo, no tiene fin. El hombre no está hecho para tamaña desmesura (y más bien) le resulta cómoda la palpable y manejable medida de su pueblo, de su parcela de campo, de su calle, de su casa. En el mar, tal medida será la del tamaño de la cubierta del barco. El hombre está hecho para un espacio que pueda atravesar de una sola vez, haciendo un solo esfuerzo”.
Casi inmediatamente después Kapuściński afirma: “De pronto me viene a la memoria Cendrars y su «Prosa del transiberiano y de la pequeña Jeanne de Francia»… El estribillo del poema es la pregunta repetida sin cesar de Jeanne, la asustada muchacha: «Blaise, dime, ¿estaremos muy lejos de Montmartre?» Jeanne experimenta la misma sensación que todo aquel que se adentra en la blanca infinitud de Siberia: la sensación de hundirse en la nada, de ir desapareciendo”.
El autor no tiene con qué consolarla: «Estamos lejos, Jeanne, llevas siete días viajando, estás lejos de Montmartre».
París, como punto de referencia, es el centro del mundo. ¿Cómo medir la sensación de alejamiento, de la distancia? Estar lejos, ¿de dónde?, ¿de qué lugar? ¿Dónde está ese punto de nuestro planeta que a medida que lo dejamos atrás tenemos la impresión de encontrarnos cada vez más cerca del fin de la tierra? ¿Acaso es un punto en el sentido meramente emocional (mi casa como centro del mundo)? ¿O cultural (como por ejemplo, la civilización griega)? ¿O religioso (Como La Meca)?”.
Para mí la respuesta a todos estos cuestionamientos es Aguascalientes, que será todo lo que quiera y guste, y tendrá todos los defectos habidos y por haber pero, ¿qué quiere; cómo le hago? A la manera del poeta Ramón López Velarde, “diré con épica sordina” que Aguascalientes no será el centro del mundo, pero sí lo es de mi vida, el mejor lugar para vivir, no porque lo diga la autoridad sino porque señora, señor: aquí viven las personas que amo, mi esposa y mis hijos en primer término, y luego casi toda mi familia, mis amigos y conocidos; además de aquellos que ya no me son accesibles salvo a través del recuerdo, siempre maltrecho y cojo.
Desde luego también están aquí los elementos fundamentales de mi experiencia de vida. Salvo unos pocos años, siempre he vivido en esta ciudad, de tal manera que mi historia de vida está ligada de manera indisoluble a personas que conocí aquí, y a espacios muy concretos de la urbe, en la que espero disolverme.
En conclusión, Aguascalientes, la ciudad y el estado, son mi Suave Matria, mi orgullo, no a la manera del político o del chovinista a que me referí en el inicio de esta declaración de amor, sino de una forma más profunda e íntima, un ramillete de certezas de vida; el punto de referencia en mi travesía por el oscuro, abrumador, siempre interesante y enigmático océano del Universo, del cual intento ser ciudadano… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com)