Por J. Jesús López García 

En la naturaleza la adaptación a un medio se da, entre otros mecanismos, por una suerte de imitación en que una especie recurre a asimilarse en apariencia a su ambiente. Colores, texturas, patrones de formas y dibujos, entre muchos otros; palabras del campo semántico del diseño, que se observan en animales y plantas que con ello han ido conquistando a través de generaciones, un sitio en la cadena de la supervivencia.

En arquitectura la adecuación a un ámbito, no sólo corresponde a la naturaleza, si bien clima, temperatura, topografía y demás son de extrema importancia; ese hábitat también comprende el entorno humano, como parte de una estructura social totalmente ficticia. Materiales, técnicas constructivas y hasta la clasificación de las responsabilidades laborales, inciden en el éxito de un edificio, en su duración y eficiencia utilitaria dentro de un contexto físico determinado, sin embargo, también son parte de los bienes comunes de una población, que más allá de la habitabilidad, busca en muchos de sus inmuebles una representatividad simbólica.

Por todo lo mencionado es que existen fincas cuyo principal objetivo escapa a la pura funcionalidad y apela a motivaciones de significado, tal el caso de las pirámides egipcias pensadas como tumbas o su extraña copia en Las Vegas, Nevada, USA, ideada como casino. Los edificios en cuestión más que camuflarse en su dominio, buscan sobresalir en él, no obstante el cliché de pensar el desierto con una o más pirámides, lo que es una convención cultural más que un fenómeno natural; sea por afanes espirituales o mercadológicos, esa arquitectura con sus perfiles simples y puros, está llamada a destacar en la irregularidad originaria.

Pero, ¿qué ocurre cuando el contexto entroniza la artificialidad urbana y no la naturaleza? Como se puede inferir, la pregunta no solamente alude al medio excesivamente urbanizado de la imaginación contemporánea, sino a cualquier asentamiento humano. En tales circunstancias, se modifica un poco la situación, ya que encontramos edificios que muestran la jerarquía de su aprecio y uso públicos, destacando de los demás.

Palacios, iglesias y demás estructuras históricas, van complementándose como un acervo a través de sistemas tales como museos, teatros, jardines, estaciones de tren y una cada vez mayor cantidad de bloques pertenecientes a géneros arquitectónicos igualmente recientes y distintos, averiando de inicio con ello la continuidad de la tradición constructiva local, ya que los edificios novedosos traen aparejados consigo los materiales, las técnicas y las especialidades inéditas a un zona para luego, si todo se desarrolla según lo originalmente planificado, sumarse y enriquecer esa tradición. Por ejemplo, en el caso de la Presa Plutarco Elías Calles en el municipio de San José de Gracia, Aguascalientes, establece el inicio del uso extensivo del cemento en la región acalitense.

La adaptación de la arquitectura a un medio puede ser entonces por copia –con base en la tradición local y utilizando materiales y técnicas acordes con la región–, o bien por oposición, estableciendo un contrapunto a ese hábito tradicional. Es ahí cuando entra en juego la simulación, que es un ejercicio en el cual se busca una apariencia determinada, casi siempre acorde a un ideal de sitio, más que al lugar mismo, empleando para ello elementos y procedimientos ajenos a los observados en el territorio.

Entonces, podemos afirmar que la mimesis o imitación y el contraste aparecen juntos, sin embargo, invirtiendo sus roles. Sin duda alguna el inmueble ubicado en el norte de la Plaza de la Patria, que de acuerdo a evidencias documentales, así como fotográficas antiguas, ha reemplazado al menos a dos edificios preexistentes: los primeros en piedra y adobe con vanos verticales ad hoc a la arquitectura vernácula, y el segundo –sustituyendo al anterior–, la misma institución bancaria en un edificio de factura eminentemente del International Style contrastante con el entorno por forma y constitución de cada uno de sus componentes, como es posible apreciar en tarjetas postales de los años setenta y que aún es posible conseguir.

El bloque actual simula las formas propias de la localidad con vanos verticales y cuerpos muy definidos; con marcos y entablamentos presentes, no obstante, su materialidad refleja las prácticas contemporáneas de edificación. Es un edificio que cercano a otras fincas aledañas de mayor jerarquía, pretende simular el ser parte del contexto circundante tratando de parecérsele.

Es evidente que su función se asemeja a las escenografías de los sets cinematográficos: con materiales recientes e incluso desmontables, se fingen estilos vernáculos, ventanas y hasta un piso completo.

En tiempos en que la congruencia y la objetividad son muy apreciadas, éste tipo de construcción tal vez no cuente ya con las mejores simpatías de quienes estamos interesados en la arquitectura y en las cuestiones de la ciudad, pero finalmente, todo es testimonio y el acervo edificado nuevamente da fe de su época, de su espacio y de las circunstancias sociales en ese tiempo. Sin proponérselo, la arquitectura es una clase de crítica, no tanto a una era pasada, sino a las múltiples maneras en que la misma comunidad va encarando su también complejo presente.