Por J. Jesús López García

106. Edificio en la calle Lic. Francisco Primo VerdadAl recorrer las calles del centro de la ciudad de Aguascalientes es notoria la presencia de terrenos baldíos: con una exuberante maleza y su inherente fauna acompañante, cercados de distintas formas; conexos a edificios en uso o en desuso, ligados a más terrenos ociosos, grandes, pequeños, con basura o… con más basura.

En sus cuatrocientos cuarenta años de fundada la metrópoli aguascalentense va evidenciando el paso del tiempo de muchos modos, por ello es perceptible la pátina en fincas y éstas a su vez en sitios que llevan ya lustros en estado de abandono. Series de subdivisiones, demoliciones, cambios en la propiedad o en los giros y usos de los terrenos son sólo algunos de los factores que van condicionando la persistencia en el tiempo y el espacio de inmuebles, que llegada una fecha de caducidad física y el no contar con un beneficio para renovarla, se decanta en un proceso de saqueo hasta configurar un hoyo urbano capaz de succionar anomalías locales y contribuir con ello a la erosión del tejido urbano de la ciudad.

Mucho se habla de la urgente re densificación de la urbe. Políticas, argumentos y voces críticas se pronuncian con ese fin; a ello necesariamente tiene que adscribirse cualquier acción de mejora del entorno que vaya más allá de la especulación inmobiliaria, pensando en primer lugar en cómo restituir en la urdimbre urbanística su hospitalidad, sus accesos y la potencialidad de uso y ocupación, a lo que los terrenos baldíos sirven como mecanismo de desintegración.

Es frecuente que al transitar por las calles pasamos delante de inmuebles a punto de un colapso inminente, o de grandes solares que a través de los rayos inclementes del sol, generan involuntariamente criaderos de fauna y flora no deseadas. Sitios cuya accesibilidad incierta atrae actividades de civismo dudoso. No cabe duda que lo anterior abona mucho a la baja de plusvalía del lugar, lo que redunda en un círculo vicioso en que se auspicia la desocupación, pues ella misma es causa y efecto del poco beneficio que pueda suceder a una hipotética edificación.

Cuando los objetos se encuentran en un estado de dañina inercia, es conveniente fracturar la inmovilidad con proyectos actuales, de vanguardia, que no dejan de ser audaces pues no existe la certidumbre en la retribución esperada, ya que se busca con un edificio volver a echar andar los mecanismos de la demanda de espacio reutilizable, donde por un buen tiempo no había una propuesta que incentivase una ocupación meritoria del espacio.

Lo expuesto nos conduce a pensar que es digna de crédito la estimulación de más acciones de construcción en terrenos cuyo estado baldío ha sido largo pues ellas se erigen como áreas de oportunidad, que además de una utilidad económica, se dirigen a establecer beneficios de índole arquitectónica y urbanística. Es indudable que son escasos los inversionistas que tienen una visión distinta a la expresada y que también son limitados los proyectos que se erigen con una mirada actual en donde la arquitectura expresa el ser y el sentir de la sociedad actual.

En la zona primigenia de la ciudad son numerosos los sitios donde lotes estériles parecen esbozar una nueva modalidad: la desertificación urbana. No importan las dimensiones o la configuración de los predios, los lunares vacíos de cualquier forma o magnitud erosionan el entorno; por el contrario el levantamiento de un edificio puede fungir como estrategia para detener y aún revertir el deterioro.

No todo inmueble es útil para este propósito, por ejemplo, los sitios abiertos a los automóviles no son los conjuntos más amables para la ocupación de un lugar, sin embargo hoy en día observamos propuestas banales -algunas efectuadas en la Avenida Madero- así como muestras que se entronizan como un buen ejercicio de diseño, basta citar un fragmento de la calle Primo Verdad, comprendido entre Hidalgo y Morelos en donde existen varios monumentos: el Templo de San José, fincas decimonónicas y casonas del siglo XX; un sitio donde en pequeños ejemplares se da cuenta del acontecer arquitectónico de Aguascalientes.

En las inmediaciones del sitio durante largo tiempo se manifestó un baldío con un frente reducido, en donde se levantó un bloque con una modulación volumétrica que da continuación al ritmo del perfil de las fincas del lugar. Con un lenguaje formal actual hace eco con mesura a los inmuebles contiguos por medio de proporciones de vanos, macizos y recubrimientos pétreos; y no obstante lo estrecho de su frente, manifiesta una presencia de manera inconfundible y atrayente. Es innegable que algunos de los edificios que se construyen en centros comprometidos o también llamados históricos, no reúnen el mínimo de conceptos, materiales o sistemas constructivos acordes con el tiempo que transcurre, alguna ocasión a causa de la negligencia de los clientes, alguna otra por falta de capacidad de quien edifica o por las múltiples circunstancias que dan como resultado obras amorfas, carentes de significado o de reflejo de nuestra actualidad. Por ello conviene que la inversión que se lleve a cabo en un baldío beneficie a la calle y zona a través de una obra arquitectónica que restablezca parte de la urdimbre del lugar con su presencia y honestidad arquitectónica, con ello se logrará un entorno benéfico a nuestro diario vivir acalitano.