Por José Caro

SEGÚN LA PROFECÍA POPULAR LUIS DAVID ADAME SE CONVERTIRÁ EN EL NUEVO EMPERADOR DEL TOREO MEXICANO

La toma con todos los honores; su alternativa no es una dádiva caprichosa del destino; ni siquiera una habilidosa maniobra estratégica de su administración: valga reconocerlo, su doctorado no es una insinuación toda vez que, habiendo sido los méritos sus impulsores lógicos, llega a su “ordenación sacerdotal”.-SACERDOTE DEL TOREO que llega a ella luciendo su estandarte victorioso- como un elogiosa consecuencia a sus atributos. Es, por tanto, una demostración de su liderazgo, supremacía a la que -a priori- le adelantaron los augures y conjeturadores.
Lo cierto es que, como caso inédito, o por lo menos insólito, al hermano menor del diestro que, conquistando la cima, tiene su residencia en la dimensión astral de las estrellas -“Joselito”- le “intuyeron” quienes tienen el don de interpretar las señales del cielo anticipando la presencia de los prodigios. Es su caso, por tanto, un distinguidísimo corolario a una campaña espectacular y sorprendente, admirable y sensacional, de novillero.
La ceremonia, ritual y solemne, acaparando la mirada de la gran masa -“afición” -, mueve a las conciencias a destacar el hecho como un acontecimiento ¿profético? del cual se vale Dios -recurso prodigioso- para “anunciar las grandes revelaciones”.
¿Nace un torero más? ¿O acaso viene al mundo un torero de excepción?
Los adivinos, carentes de una teoría más elaborada, se limitan a decir que Adame es un torero que “devorará” la afición de México. Ni qué decir de la de su tierra pues, según los agoreros, lo consumirán con una notable “voracidad”. Y también insisten en afirmar, acaso en tono especulativo, que el toreo en México se volverá joven pues las llamas “párvulas” que lo incendiarán provienen del fuego salido de la forja del corazón adolescente de un chaval que, poniendo calor entre el aire helado, propiciará el deshielo de una fiesta que lastimosamente ha dejado de ser ardorosa expresión de júbilo, drama, solemnidad y alegría apuntando su triste destino a la cenizas.
Lo emocionante -y esperado- viene por delante: junto con su hermano José Guadalupe formará una pareja que, según los enciclopedistas del toreo, hará época, tal y como acostumbran hacerlo aquellos que por su vitalidad y grandeza no suelen retroceder ante el fuego. Verdad o mentira, vaya el lector a saber, pero lo cierto es que la pareja, convertidos en íconos, asumiendo la gran responsabilidad de ir al frente del pelotón de las estrellas, han jurado lealtad y fidelidad a su destino, a su vocación, a su promesa de ser ellos los protagonistas de la “verdadera historia de la revelación -¿revolución? – del toreo moderno mexicano”.
Mientras tanto en Aguascalientes se palpa un ambiente de efervescente expectación, ambiente matizado con los vientecillos refrescantes del entusiasmo que en espiral se alzan cual torbellino de mil colores acompasado por las notas musicales de explosiva dinámica que parece no dormir en la espera de la presentación de David en su tierra. En el ambiente hay señales de que, advertidos por “intuición”, cuando se presenten los hermanos Adame, en especial Luis, sucederán cosas tan excepcionales que se filtrarán al legado de la historia.
Hasta pudiera decirse que la afición espera ponerse ¿postrarse de rodillas? a “LAS ÓRDENES DEL NUEVO EMPERADOR”.