Por Jesús Álvarez Gutiérrez

A Donald Trump no le importa ser tachado de racista, xenófobo y misógino. Al contrario, esos adjetivos le enorgullecen. Le preocupa solamente una cosa: que se descubra que como empresario es un perdedor. La agencia de noticias Bloomberg News estima que el valor de sus activos es de 2 mil 900 millones de dólares, apenas la mitad de lo que debería tener si hubiera simplemente conservado su herencia en el banco, y ni siquiera un tercio de lo que falsamente presume tener. De acuerdo al New York Times, el diario estadounidense de mayor prestigio, Trump tiene el magnífico “arte de perder dinero”.

Tramposo y farsante, Trump ha recurrido varias veces a la bancarrota para no pagar sueldos a sus trabajadores. En 1995 declaró al fisco una pérdida de casi mil millones de dólares que, además de despertar sospechas sobre el origen y destino de sus inversiones, le permitió estar exento de pagar impuestos federales por los siguientes 18 años, según cálculos del propio diario neoyorkino. Ni siquiera sus amigos accionistas han escapado a su tendencia enfermiza de cometer fraude, según repetidas denuncias.

En todas las historias que se conocen de Trump ha sido consistente su patrón de comportamiento. Parece un patán, habla como patán, actúa como patán. Es un patán. No duda en ofender y robar cada vez que puede. Se roba incluso el dinero que supuestamente dona en obras de caridad. Entonces, ¿cómo es posible que muchos ciudadanos consideren la opción de darle su voto? Inexplicablemente le han creído la narrativa de que es alguien que puede hacerles realidad el sueño de ganar la lotería.

Sus propuestas de campaña son un desafío a las leyes del sentido común. Una discusión racional con Trump y sus fans es imposible. No importa que sea un disparate, muchos votantes pobres resentidos aplauden la promesa de bajar los impuestos a los más ricos y dejar de gastar en educación y salud.

Trump ha fabricado un mito contra México. Probablemente en muchos casos se trata de resentidos sociales a quienes les tiene sin cuidado que nuestro país esté pagando con muertos y descomposición social la lucha contra el tráfico de drogas promovido por el consumo norteamericano. Lo que más les irrita es que se demuestre la enorme contribución que hacen a la economía de Estados Unidos los trabajadores mexicanos de este lado de la frontera y del otro lado también.

Trump propone levantar un muro gigantesco que dejaría chiquita a la legendaria Muralla China, para sellar literalmente la frontera entre ambos países, ignorando que Estados Unidos ha sido por décadas el gran beneficiario del intercambio comercial y de personas. En contraste, la mitad de los trabajadores mexicanos no alcanza hoy día a cubrir siquiera sus necesidades alimentarias básicas con su salario, y los que migran obtienen trabajos sumamente precarios y desventajosos.

Trump provoca miedos porque tiene miedo a ser exhibido; un miedo primitivo e irracional pero contagioso. Pretende arrebatar como político lo que como empresario ha perdido. Culpa de su propio fracaso a México, a China, a los países del Medio Oriente. Promueve y medra con el odio a los mexicanos, a los negros, a los orientales, a los extranjeros, a las mujeres, esparciendo mitos sobre el “empobrecimiento de América” cuando, bajo cualquier indicador, Estados Unidos es el país que más ha usufructuado su posición imperialista.

Hace falta reformular nuestra estrategia. No debemos ser diplomáticos con Trump, porque para él diplomacia significa debilidad. Trump es un animal que vive y se alimenta del escándalo. Tampoco hagamos llamados estériles a la cordura, a los buenos modales, a lo que es políticamente correcto. Él no busca ser un buen vecino; él quiere ser el vecino gandaya, el típico grandullón que golpea al chico y le roba la torta.

Trump ha logrado poner nerviosos a los mercados y eso no abona a la economía. En cinco semanas puede todavía hacernos mucho daño. Por ejemplo, el peso mexicano ya perdió 50% de su valor a pesar de que el Banco de México ha elevado dos veces la tasa de referencia, lo que nos perjudica como consumidores, ahorradores e inversionistas mexicanos. Dicen los especialistas que si Trump gana, el tipo de cambio mexicano caería al menos otro 20% mientras que si Hillary gana, el peso podría apenas recuperar su nivel actual.

Como país debemos contribuir con una campaña bien orquestada para denunciar el fraude que significa Trump. No basta que unos pocos expertos, como el New York Times, sepan que es un impostor. Hillary no va a ser la ganadora sólo porque el sentido común dice que así conviene a Estados Unidos y al mundo. Se requiere hacer campaña, incluso un “llamado a la acción conjunta”.

¡A votar! Los votantes latinos pueden hacer la diferencia. Esta vez no se trata de una elección más como ha habido tantas otras durante 240 años en Estados Unidos. Los latinos elegibles para votar suman unos 27 millones. Pero el abstencionismo es tan alto que se estima voten inercialmente sólo un poco más de 11 millones. Y una proporción alta de ellos han votado en el pasado por los republicanos, como por ejemplo, George W. Bush alcanzó un 40%.

Una buena campaña podría marcar la diferencia en esta elección que se presume será cerrada. Los futurólogos sólo están de acuerdo en que no pueden predecir el resultado. Si los votantes latinos son pocos y dividen el sentido de su voto, Trump podría alzarse con una victoria que significaría la catástrofe. Esta vez el voto latino no debe dividirse. No es una elección tradicional entre demócratas y republicanos. Trump ha declarado la guerra a los migrantes mexicanos y a los mexicanos en general. Tenemos que unirnos.

Estamos a tiempo de denunciarlo como lo que es: un bribón de siete suelas, un profesional del engaño, un perdedor.