Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

El año pasado dediqué las entregas de esta columna correspondientes al mes de agosto, a recordar la forma como la II Guerra Mundial irrumpió en la vida de nuestros padres y abuelos, y lo hice tomando como pretexto el 70 aniversario del fin de esta, que ha sido la máxima conflagración que ha vivido la humanidad…Hasta ahora… Hice una apretadísima síntesis del conflicto y luego me referí a la manera como la guerra se hizo presente en Aguascalientes, que era lo que en rigor me interesaba.

Estos artículos suscitaron en el contador público Jorge Romo Pérez un interés que mucho agradezco, y que lo llevó a escribir un ensayo sobre el tema, que incluye algunas imágenes tan interesantes como excepcionales. En rigor el trabajo no tiene desperdicio, pero en obviedad de tiempo y espacio me concentraré en aquellos aspectos que llamaron mi atención de manera particular.

Contrariamente a lo que afirmé en su momento, que quizá, y sólo quizá, submarinos estadunidenses pudieran haber –pudieran haber, conjugación del verbo a lo mejor no hubo tal– hundido los petroleros mexicanos para forzar la entrada en guerra de nuestro país al lado de los aliados, el contador Romo cita lo escrito por Mario Moya Palencia en su libro Mexicanos al grito de guerra, en el que da santo y seña de los submarinos alemanes que hundieron las embarcaciones. Pensándolo bien, estos hechos; el conjunto de estos hechos fue, a final de cuentas, una tontería más de Hitler, o de HerrGroßadmiral Reader, o de quien quiera que haya ordenado semejantes ataques porque, ¿qué necesidad de andar por esta vida acumulando enemigos y desprecios?

Señalé entonces que, existiendo un estado de guerra entre México y las potencias militaristas de Europa y Asia, en todo el país se llevaron a cabo diversas actividades preventivas, ante la eventualidad –imposible, en mi inútil juicio- de que los alemanes atacaran a México más allá de las costas. Una de estas actividades fue, recuerda el contador Romo, la constitución de una defensa civil, la cual se organizó, dice mi lector de manera textual: “no por integrantes de partidos políticos sino por ciudadanos comunes, motivados solo por el deseo de defender si era el caso su propia tierra, con su aportación voluntaria, y por medio de ciertas acciones principales que consistían en: a) comités de prevención y sanitarios que realizaban censos de médicos y hospitales para coordinarlos en caso de ser requerido, instruir a la población en medidas preventivas en caso de ataque aéreo convencional o por armas químicas, en difundir medidas para la adecuada protección de la integridad física en este caso”.

Por mi parte no puedo menos que imaginar a nuestros aguerridos ancestros, cuya experiencia en batalla no iba más allá de los largometrajes que se exhibían en el Cine Palacio y algún relato emitido por la radio. Los imagino entretenidos en estas labores, casi divertidos, con algo que rompía la rutina de este páramo de sucedidos que atrajeran la atención del respetable. Así podría verse aquello hoy, con la altura de miras que da el tiempo, pero sólo la posibilidad de ubicarnos en el contexto específico de algo nos permite una comprensión más adecuada de los hechos. En este caso, de seguro la posibilidad de la guerra, por muy remota que fuera, se tomó con toda seriedad.

Al margen de esta información, el contador Romo se pregunta si la creación del Sanatorio Esperanza, que en su origen estuvo en donde actualmente está el CCH de la avenida general Barragán, fue iniciativa de alguno de estos comités civiles, como parte de los preparativos para hacer frente a una situación de guerra.

Por otra parte, dice el contador Romo que en esta movilización en contra de los regímenes nazi fascistas se generaron comités femeninos, cuyos elementos se prepararon para actuar “como mensajeras, conductoras de vehículos, guardianas del orden, encargadas de los cuerpos alimenticios y alojamientos de emergencia, enfermeras y colaboradoras de la Cruz Roja, de Sanidad Militar, o auxiliares de Policía, Tránsito, o Auxiliares en comunicaciones y señales militares entre otras”.

En efecto, se organizó un Servicio Civil Femenino de Defensa Civil, que llevaría a cabo acciones preventivas civiles, y un Subcomité Coordinador Femenino para la Defensa de la Patria, a fin de dotar a sus miembros de una preparación paramilitar en lo que, supongo, sería algo así como un servicio militar femenino.

En términos generales estos preparativos; la formación de estos grupos, femeninos y masculinos, involucraron la acción de “muchas personas que voluntariamente dedicaron tiempo y esfuerzo en prepararse para esa eventualidad, hombres y mujeres”. Mi corresponsal habla de “muchachas hidrocálidas que pusieron su esfuerzo para vestir un uniforme, encuadrarse a la 14°zona militar, aprender señales y códigos de guerra, dedicar sus tiempos libres sin pago, EN PLENO ABRIL, solo para prepararse –y por tanto- en su caso extremo, estar dispuestas a arriesgar, incluso su vida por el compromiso que asumían por ese acto”.

A la luz de estos hechos; a la luz de estos empeños, este esfuerzo por sumarse a una causa nacional justa, el contador Romo se pregunta, y yo con él, si hoy en día seríamos capaces de un gesto así; si nuestro país enfrentara una circunstancia análoga, nuestros jóvenes, nosotros mismos, ¿nos haríamos presentes?

La verdad es que México enfrenta actualmente una situación análoga y hasta peor. No son los países totalitarios con quienes sostenemos un diferendo a muerte, y contrariamente a lo ocurrido hace poco más de 70 años, que el enemigo era remoto y el enfrentamiento se antojaba imposible, hoy el enemigo está aquí, a nuestro lado. Me refiero a temas como la corrupción, la impunidad, el narcotráfico y lacras que los acompañan… Pero quizá a diferencia de aquella juventud de hace 70 años, la nuestra vive una situación de desencanto ante la falta de oportunidad; de enorme incertidumbre a propósito del futuro. Si me permite, la próxima semana seguiré con este tema. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas acarlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).