Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Batallé para darle título a esta columneja, hubiera podido ser simplemente “café y política” pero pensé que no hubiera llamado suficientemente la atención del desprevenido lector. Destacar únicamente a H. Moreira no tendría el aporte juguetón que implica el cafetear y el politicar. En México hemos progresado, ¡pero cómo no!. Antes la política se asociaba naturalmente (nadie se espantaba) a brindis y excesos. De la Cámara de Diputados, terminada las sesiones, trasladarse a las cantinas no sólo no era mal visto sino de algún modo se tomaba como un relajamiento necesario. Tan poco era mal visto que un diputado y digo diputado en un sentido extensivo por aludir a cualquier político, portara armas. En multitud de ocasiones al calor de la discusión salían a relucir las armas. La historia consigna (creo que el diario de los debates no) cuando el gobernador potosino Aurelio Manrique que tenía defectos seguramente, dice de él Alberto O.: “Abstemio empedernido [Manrique], dictó una fulminante prohibición a la fabricación de vinos y mezcales, además de limitar el horario de venta de los mismos […] empresarios, hacendados, comerciantes y bebedores estaban en su contra”, tenía la virtud del valor y la alopecia en la lengua. Siendo diputado federal interrumpió al presidente Plutarco Elías Calles “El turco” con la célebre invectiva: “Señor Presidente, es usted un farsante”. Muchos desenfundaron apuntando al potosino, al que seguramente salvó la entereza (¿cinismo?) del Turco que continuó con su informe. Manrique tuvo como consecuencia el exilio y luego algunos cargos menores en la política (¿maizeado?).

Eran otros tiempos, tiempos de pólvora y alcohol, ahora de coca (¿Coca?) y café. Con desencanto leí hace poco tiempo que ya no les servirán a los legisladores mexicanos bebidas alcohólicas en las sesiones. ¿Cómo se supone que podrán soportar las tediosas lecturas y los discursos teledirigidos?

Tan solo a unas líneas de distancia las dos noticias ocupan en el periódico español más o menos el mismo espacio. Aunque la detención del político mexicano en el aeropuerto de Barajas tiene una llamada en la primera plana, una columna en el lugar de honor (el de la derecha), el cabezal es escueto: Detenido en Madrid un expresidente del PRI por corrupción, en letras mas pequeñas: Humberto Moreira está acusado por EE.UU. de blanqueo y malversación, y pasa a páginas interiores (a la 6) donde desarrolla un poco mas la información. En la segunda viene la columna de José Ignacio Torreblanca “El efecto Starbucks” en la que graciosamente relaciona el café con la política. No menciona a H. Moreira ni tampoco a NI(colás)MADURO, que también ocupa un lugar en la primera plana, que la está pasando mal, pero no tanto como la oposición ni como el sufrido pueblo venezolano que luego del sueño de Bolívar ha tenido que soportar muchas pesadillas, la mas reciente que se inició con Hugo Chávez y se despeña vertiginosamente con Maduro. Torreblanca se pregunta por qué el consumidor español que pagaba un euro por un cafelito en su cafetería habitual, un poco más por un cortado y no mucho mas por un “largo”, está dispuesto a pagar, y lo paga, tres veces mas por un café en la empresa transnacional.

Es evidente que el espacio en el nuevo establecimiento está diseñado para ofrecer mayor comodidad, la sensación de cierto aislamiento dentro de la misma área, los servicios de wi-fi para el indispensable smartphone, y una variedad de una treintena de bebidas incluyendo 13 diferentes tipos de café. Torreblanca sostiene que los hábitos del consumidor han cambiado y que las empresas que son exitosas en la actualidad dedican una buena parte de su tiempo y esfuerzo en conocer las inquietudes, deseos, aspiraciones, aborrecencias, fobias, etc., del “cliente”. Por cierto en la Roma antigua en donde se acuñó la palabra y de allí clientela, el cliente era un peregrino o un vecino que no tuviera los derechos plenos de un ciudadano que se acercaban a la protección de alguien, un patricio seguramente, que los representaba, que realizaba negocios por su cuenta, que daba la formalidad y legalidad que sus clientes no podían dar, que ofrecía seguridad y tranquilidad y la posibilidad de tener beneficios por negocios que, de otra forma, no podría realizar por su falta de “personalidad”. El Pater que los representaba tenía no sólo utilidades pecuniarias sino un prestigio que se incrementaba en la medida que aumentara su “clientela”. Una especie de negocio ganar-ganar. Torreblanca se plantea, a mi manera de ver, con razón que las agrupaciones políticas no parecen preocuparse por conocer en que forma ha cambiado la “clientela” de los partidos. De la misma manera en que empresas que parecían inamovibles en la preferencia del consumidor, de un día para otro se vinieron abajo arrastrando una tradición y un prestigio que de nada sirvió ante las preferencias actuales, las instituciones tradicionales, llámense iglesias, partidos políticos, etc., que no comprendan que el “cliente” ha cambiado seguirán sufriendo la desbandada que han sufrido negocios conservadores.

Mientras doy unos sorbos a mi tradicional café negro, medito en que H. Moreira fue encarcelado en España por la orden de un juez español de la Audiencia Nacional, Santiago Pedraz, (la misma institución que juzgó a Pinochet), y que la orden devino de un proceso iniciado en el estado de Texas por diversas conductas delictivas derivadas del saqueo de fondos públicos en el estado de Coahuila del que fue gobernador. Datos oficiales señalan que cuando H. Moreira asumió el gobierno de su entidad, la deuda pública era de alrededor de 25 millones de dólares, seis años después la deuda se había incrementado a unos 2,500 millones de dólares. ¿Por qué tuvo que ser un proceso en EE.UU. el que propiciara la detención del exgobernador que, principio de inocencia de por medio, debería dar cuentas de una administración pública desastrosa y que, seguramente en México su responsabilidad oficial ya prescribió? ¿Por qué tuvo que ser un juez de la Audiencia Nacional de España el que llamara a cuentas a H. Moreira por las sospechosas actividades financieras llevadas a cabo en México, EE.UU. y España?.

El desapego de la cosa pública, el abstencionismo patente en las elecciones, la apatía en la participación ciudadana y otros signos inequívocos de anomia, muestran que la “clientela” de los partidos políticos con sus posiciones, declaraciones de principios, procedimientos y actuaciones tradicionales no encuentra respuesta a sus nuevos requerimientos, necesidades y gustos.

¿Qué nuevas alternativas podrán ofrecer las agrupaciones políticas que les permitan conservar y acrecentar su “clientela”. Lo podríamos discutir mientras bebemos un cafelito.

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