Jorge Alberto García
Agencia Reforma

Las cifras son aterradoras y señalan que México ocupa el nada honroso primer lugar en obesidad infantil en el mundo, pero ¿quién es responsable de esta situación?, ¿los padres o sus hijos?
La coach nutricional Elsa Sada dice que aunque algunos papás no deseen aceptarlo, la responsabilidad recae principalmente en ellos, ya que los niños aprenden por imitación.
“Todo lo que ocurre en casa es para ellos materia de aprendizaje, en otras palabras, la prevención comienza en casa y la familia debe de ser un ejemplo de salud”, remarca.
Si los papás desean que sus hijos lle ven una buena alimentación deben hacer una valoración honesta de sus propios hábitos, costumbres y creencias acerca de lo que comen, y mejorarlos para que puedan ser un ejemplo para ellos, explica.
“Muchos no quieren hacer esto porque significa un trabajo personal, pero es importante asumir el impacto y la influencia que todos tenemos sobre la salud física y mental de los niños”, opina Sada.
La selección y cuidados de los alimentos, así como la forma de cocinar y el tiempo que le dediquen a las tres principales comidas, tendrán una gran influencia sobre su comportamiento alimentario, considera.
“Existen otras causas que influyen, y se reflejan, en este comportamiento, como la obsesión de los padres por el peso, de ellos y de sus hijos, la sobreprotección hacia ellos en el comer y el uso indiscriminado y erróneo de premios y castigos”.
De la misma manera, agrega la coach nutricional, la apatía que los padres tienen sobre los alimentos también puede impactar negativamente la conducta alimentaria de los pequeños.
“La familia y la escuela son sus principales influencias en el desarrollo de sus hábitos alimentarios, por ello papás, abuelos, familiares cercanos que los cuidan y maestros deben replantearse sus responsabilidades con ellos”, enfatiza.
Lo más recomendable es que todos se encuentren en la misma sintonía para evitar dificultades: un ejemplo son los abuelos que suelen consentir a sus nietos a través de los alimentos.
“Ellos también deberían de hacer todo lo posible para que los niños se acostumbren a comer alimentos frescos y naturales, en lugar de golosinas y comida chatarra”, reflexiona Sada.
Primero hay que probar
Es complicado habituar a los niños a que coman frutas o verduras cuando no las encuentra nunca en casa y no se las ofrecen diariamente porque a los padres no las conocen o no les gustan. Así ellos proyectan sus gustos en sus hijos.
“Lo primero es hacerlos conscientes de que ellos son el ejemplo, esta parte es crucial. También se han visto los beneficios de sentar al niño para comer en familia y servirle de la misma comida siempre que se pueda”, comenta.
Esta atmósfera familiar a la hora de comer, así como un comportamiento cordial entre los miembros de la familia, estimula al niño a imitarlos y, por consecuencia, va a darle importancia a la comida y establecer horarios regulares.
Para Sada es importante enseñar a los niños a comer de todo, porque en la diversidad está la nutrición, así que es vital incluir todos los alimentos necesarios para su desarrollo, incluyendo aquellos que no les gustan, señala.
“Habrá alimentos que le gustarán más que otros, algunos batallará más en aceptarlos y otros que no querrá comer nunca, pero los niños deben probar al menos 18 veces un sabor para aprobarlo e incorporarlo a su alimentación”, revela.
“Si lo rechaza una vez no quiere decir que no le guste, es que es distinto, no le es familiar y a todos nos cuesta el cambio, necesitamos varias veces esa repetición de sabor y textura para acostumbrarnos y aceptarlo”.
Hay que introducir un nuevo alimento de forma progresiva y darle a probar a través de dosis pequeñas para probar y negociar la cantidad mínima a comer, así el niño podrá acostumbrarse al cambio de sabores y de texturas.
Si se resiste a probar el alimento, la manera inteligente de manejar este asunto es no presionando y reintentando en otra ocasión. Tampoco es conveniente sustituir el alimento rechazado por otro de mayor agrado, advierte Sada.
“A veces los niños le toman la medida a los padres y comienzan a tomar ellos el control sobre sus caprichos alimentarios para que sus preferencias siempre sean las que ganen”, estima.
“Muchos papás son demasiado estrictos con los hijos al querer obligarlos a que se acaben el plato de la comida o la cena porque piensan que si no lo hacen, se van a enfermar o desnutrir, pero es igual de negativo pretender que se acaben el plato cuando en verdad están llenos porque a lo mejor ‘picaron’ durante la tarde”, destaca.
También es importante controlar lo que comen a deshoras, reducir el consumo de golosinas, controlar la ingesta de jugos y gaseosas, y principalmente, educarlos a tomar agua natural todos los días, afirma.
La sobreprotección es también un problema, así que cuando los papás piensan que si no lo hacen su hijo no está comiendo lo suficiente, lo incitan a comer más y le sirven raciones exageradas para su edad.
“Los sobrealimentan pensando que los van a nutrir, pero alimentos proteicos en exceso, como carnes, huevo o productos lácteos son tan perjudiciales como el no estimularlos a consumir frutas y verduras”.
Lo que llama la atención es que la mayoría de los papás creen que sus hijos llevan una alimentación equilibrada y correcta, sin embargo las estadísticas demuestran lo contrario y de no corregirse estos hábitos y creencias, tendrán un problema de sobrepeso y obesidad.