Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Como todos los días de lunes a viernes de cada semana usted conduce su automóvil hacia su trabajo, una empresa de partes automotrices que se ubica unos cuantos kilómetros más allá del límite formal de la ciudad. Revé el letrero, calcula que lo ha visto mas de mil veces y piensa en su inutilidad, junto, el de Rotary que al menos da la bienvenida y avisa de las reuniones semanales en la casa club que el tiempo, la lluvia y el orín se han encargado de borrar. Echa una mirada a su reloj, lleva un excelente tiempo faltan quince minutos para la hora de entrada y está a menos de cinco mil metros, cuatro mil novecientos, cuatro mi ochocientos… intempestivamente una camioneta pick up blanca se le cierra y le obliga a orillarse al acotamiento. Antes de que pueda reaccionar se encuentra rodeado de otras camionetas similares a la primera, cuatro o cinco, ¡quién sabe!. De la primera baja un tipo que cubre su rostro con un pasamontañas, le apunta con una pistola enorme, al menos así la percibe Ud., le ordena bajar del automóvil lo que usted hace mecánicamente sintiendo que cada pierna le pesa una tonelada y con una opresión en el abdomen que le impide respirar. Otros individuos, algunos encapuchados, otros con lentes muy obscuros y una gorra calada le rodean, violentamente alguien le arroja contra el cofre de su vehículo, alguien mas le toma el brazo izquierdo y lo tuerce hacia atrás, siente un grillete en la muñeca y una operación similar le inmoviliza también el brazo derecho. El metal le lástima y percibe un rápido hormigueo en las manos. Trata de levantar la cabeza, de balbucir una explicación, de preguntar la razón de ésta que tiene que ser una confusión. Un golpe en el occipital hace que su cara se estrelle contra el metal de su vehículo y aborta cualquier tipo de pregunta. De improviso todo se oscurece. Le han colocado un costal de un tejido cerrado que apenas permite traslucir alguna claridad no obstante que no pueden ser más de las ocho de la mañana. Entre imprecaciones, amenazas de muerte y golpes, se siente levantado en vilo y arrojado pesadamente a lo que debe ser la caja de una camioneta, ahora le atan los pies y siente que una pesada lona, debe ser una lona, le cubre y oscurece aún más la poquísima luminosidad que percibía. La camioneta arranca, le parece experimentar que da varias vueltas y que al fin se orienta en una dirección aparentemente recta. El dolor de las muñecas se ha vuelto insoportable. Al cargarlo y arrojarlo, el artefacto que se las oprime y que ahora piensa que se trata de unas esposas, las ha ceñido mas y a cada movimiento apretará mas aún. Decir que pasa el tiempo es solo un decir. La angustia, el miedo que se está transformando en pánico, la opresión que se vuelve asfixia, le impiden razonar, y si pudiera, de nada serviría. Le atormentan tantas cosas, tantas imágenes: la sonrisa de sus hijos, el beso cotidiano de su esposa, la bendición permanente de su madre, el recuerdo de su padre que pocas veces se manifiesta tan nítido como ahora. La incertidumbre, la desazón, este pozo sin fondo en que se hunde se ve interrumpido por un repentino frenazo y un cambio de dirección, ahora le parece percibir ruidos citadinos. ¡Sí! Sin duda circulan ahora por la ciudad, motores, arrancones, frenadas, claxons…no hay duda. Se detienen y usted percibe otros vehículos, atrás, adelante, a un lado. Debe ser una bocacalle y un semáforo en alto. Aspira todo lo que puede y haciendo acopio del valor que le inspira el recuerdo de su familia, grita… ¡Auxilio! La respuesta es una andanada de patadas y un golpe contundente en la cabeza. Comprende que no está solo. La camioneta arranca y se da cuenta de lo inútil y peligroso de intentar algo, ¿qué? ¡algo! Lo que sea. Es inútil. Será inútil. Está usted a merced de sus desconocidos captores. ¿Sicarios?, ¿Raptores?, ¿Delincuencia organizada?. Usted se sabe un hombre trabajador, buen padre de familia, buen hijo, razonablemente buen esposo, y piensa que si libra ésta angustiosa situación será un individuo mejor, tendrá que ser mejor, la vida tendrá que darle otra oportunidad, su vida no puede terminar aquí. Frena su pensamiento violentamente. Es claro que es un error, debe tratarse de un error, ahora que lo lleven donde lo llevan, ahora que lo vean los que tendrán que verlo, se aclarará el error. Usted no puede ser presa para delincuentes. No vale la pena. Aún falta mucho para terminar de pagar la hipoteca de la casa. Tiene atrasadas varias letras del coche y su salario y el de su esposa apenas alcanzan para pagar las colegiaturas y solventar las necesidades diarias. No tiene problemas con la ley. Siempre ha eludido los conflictos de cualquier naturaleza. Sin duda es un error y ahora que lo descubran lo pondrán en libertad. Han llegado. El cambio de temperatura se lo dice. Están en un lugar cerrado. El olor característico de un lugar cerrado. Se oyen voces que no alcanza a captar claro. Le cargan en vilo y lo conducen algunos metros. Le dejan caer y se golpea secamente contra el piso. Siente correr la sangre por la nariz que le impide aun más su entrecortada respiración. -Ya llegamos Ingeniero- dice una voz que percibe gutural. ¿Ingeniero? ¿Entonces…? ¡No es un error!
Se cierra una puerta y se acallan los ruidos. Está solo. Se siente frío y usted está helado por fuera y por dentro. Pasa el tiempo, se sorprende no haber sentido ganas de orinar y se da cuenta de que se ha orinado y ha evacuado. Ahora la humedad y el olor se unen a los demás atormentamientos. Dos, tres, cinco horas ¿quién puede saberlo?.
Un barullo le despierta. Una voz enérgica da órdenes. Le quitan el costal. Le liberan manos y pies. Le acercan una silla que Ud. no quiere utilizar por no embarrarse aún más. La voz enérgica da órdenes. Le conducen a un baño donde le ordenan asearse. Intentarlo al menos. Le regresan. La voz enérgica, imposible voltear a verle, le ordena ver una carpeta beige que le extiende. Están las fotos de sus hijos, con usted, con su esposa, entrando a la escuela, entrando a la casa. La foto de su esposa en el trabajo, tras la ventanilla de atención a clientes. La foto de su mamá, saliendo de la iglesia. Inconfundible porque todavía usa chal.
La voz enérgica es terminante: ¡Qué bonita familia! ¡Qué pena que a usted o a ellos les pasara algo¡ ¡Vamos a ver si coopera Ingeniero!. Hace unos meses a Ud. lo amenazaron para emitir un dictamen pericial que hoy puede servir para dejar en libertad a un delincuente. Aquí tenemos su declaración que aclara que lo hizo bajo coacción y siendo víctima de amenazas.
-Pero – se alcanza a oír usted con una voz que cuesta reconocer como la suya – nadie me amenazó, yo lo hice según mi leal saber y entender, yo soy un profesional, yo no soy un juez-.
– Ingeniero, ¿no va a cooperar?, que pena descompletar esa bonita familia.-
– ¿Dónde le firmo? – dice una voz que sabe suya pero no reconoce como suya
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