Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

¿Que cómo es el templo del Sagrado Corazón de Pabellón de Arteaga?, me pregunta un desbalagado lector, a propósito de una afirmación consignada en este espacio hace meses, en el sentido de que esta construcción era algo único en el estado. A lo mejor me mandé con mi tal dicho, pero ya ni modo; me sostengo en mi aseveración porque, fíjese bien: este templo tiene forma de anfiteatro…

El diccionario de la RAE da a este término tres acepciones. La tercera es la que más me interesa: En cines, teatros y otros locales, piso alto con asientos en gradería. En efecto, este edificio es semicircular y tiene dos pisos. Se sube a la planta alta a través de escaleras colocadas en los extremos, y se accede a la gradería, cuya estructura permite que todos los fieles –iba a escribir espectadores–, puedan ver al celebrante que se encuentra en el altar, en el centro del recinto.

La verdad es que me encanta esta forma arquitectónica, porque me recuerda los teatros romanos, y desde luego los griegos. Esto a su vez me lleva al hecho de que, si mi pobre ilustración es cierta, fueron los fundadores –los griegos– de esta maravillosa expresión artística –el teatro–. En Grecia, me parece, la humanidad alzó la antorcha de su inteligencia y civilización; su aspiración por la belleza, y lo hizo con una fuerza tal, que fundó a Europa, y con ella a occidente, en donde nos toca un cachito semejante al reintegro de la lotería.

Y si me permite llevar más lejos mi ensoñación, tendré la temeridad de afirmar –es una suposición mía– que este templo de Pabellón fue edificado teniendo en mente el espíritu del Concilio Vaticano II. Se me figura que la construcción fue realizada cuando esta magna reunión episcopal era todavía muy joven y mantenía su luz y fuego muy vivos en los corazones de muchos porque, señora, señor: esta forma de estructurar el espacio de la asamblea promueve la sensación de cercanía con el altar y lo que ahí ocurre, actitud muy propia del ventarrón que barrió a la Iglesia Católica en el primer lustro de los años sesenta de la centuria anterior.

Más tradicional, pero también moderno –todo en Pabellón lo es, dada la juventud de esta ciudad–, es el templo de Nuestra Señora de Guadalupe –¿habrá algún pueblo o rancho de México que no le dedique un lugar especial a la morenita del Tepeyac?–, ubicado al oriente de la vía del ferrocarril, esta última que es la columna vertebral de la urbe; su eje central.

Una mañana de otra vida viví ahí minutos de intensa tranquilidad, en la contemplación de las líneas; de las formas de este templo. Sostengo como una verdad evidente la de que las líneas más atractivas de esta vida, las más agradables a la vista y gratas al tacto, son las femeninas… Luego están las líneas arquitectónicas y las líneas aéreas…

Así que en esas estaba una mañana de otra vida, en que tuve la oportunidad de hacer una pausa de mi diaria carrera laboral, aprovechando la frescura del templo y su soledad, la primera quizá porque al lado hay un espléndido parque, con orgullosos árboles, y la segunda, porque todo mundo andaba a esas horas trabajando, o en las escuelas… No lo sé de cierto, pero lo supongo por sus características, que este templo de Guadalupe fue ideado por el arquitecto de Dios, don Francisco Aguayo Mora porque, fíjese bien: esas líneas parabólicas de las paredes, recuerdan las de la capilla del Seminario Diocesano, y las del también moderno templo del Señor Original, de San José de Gracia. No lo sé, pero lo supongo, pero independientemente de esto, aquella mañana disfruté de la gozosa contemplación de las curvas del templo, hasta que irrumpió en la urbe un tren que destrozó el silencio y mi concentración arquitectónica. Iba la locomotora anunciando su paso triunfal con la voz imperiosa de su silbato y el grandioso ronroneo de su motor. A estos sonidos del progreso se sumó otro, procedente de la marcha obediente y sincopada de los carros que, fieles, seguían a la locomotora.

Colonia Progreso, Pabellón, Villa General José María Arteaga, Pabellón de Arteaga… Ya no me acuerdo quién me lo platicó, si Mario Molina Meraz o Víctor Solís Medina, ambos pabellonenses de pura cepa, o si lo leí; no me acuerdo, pero me parece que esto que le voy a contar pinta de cuerpo entero a los habitantes de este municipio.

Cuando gobernaba a Aguascalientes el ingeniero Luis Ortega Douglas (1956-62), el profesor Alejandro Topete del Valle, cronista de la ciudad de Aguascalientes y diputado local, sugirió que Pabellón recibiera el nombre Villa General José María Arteaga, en homenaje a este militar de la guerra contra los Estados Unidos, la Reforma y la Intervención –fue fusilado a los 39 años en 1865–, que no era originario de Aguascalientes, pero que pasó una temporada en estos lares.

Entonces sucedió que el Congreso emitió un decreto determinando lo que le digo. Empero, a algunas personas, tal vez hechas de un material diverso al de los demás aguascalentenses, no les gustó esta decisión… No lo de Arteaga, sino lo de “villa”. Se les ha de haber hecho poca cosa; que los ninguneaban, esto a decir de una nota publicada por El Sol del Centro el 18 de septiembre de 1960.

Lo que me platicaron fue que viendo el gobierno que nomás no arraigaba el nuevo nombre, porque los pabellonenses se resistían a llamar a su pueblo como la autoridad había dispuesto, esta ordenó que el transporte público no llevara a nadie que no dijera que iba a Villa General José María Arteaga.

A lo mejor son figuraciones, pero el hecho es que pudo más la insistencia de los pabellonenses que la autoridad, de tal manera que el asunto se zanjó con otro decreto, que fue parte de la legislación que le dio existencia legal al nuevo municipio, hace 50 años, y que estableció que el nombre de la cabecera municipal fuera el de Pabellón de Arteaga. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.hotmail.com).