Josemaría León Lara

El Concilio Vaticano II había concluido tres años atrás, la Iglesia Católica se encontraba en una dura etapa de transformaciones orientadas a modernizarse a sí misma, la Cortina de Acero se encontraba en su máximo esplendor, y Egipto prácticamente le declaraba la guerra a Israel; el año era 1978, un año que quedaría marcado por la misteriosa muerte de un Papa.
El Patriarca de Venecia y Cardenal Albino Luciani fue electo como sucesor número 263 de Pedro el 26 de agosto de 1978, tras uno de los cónclaves más cortos del siglo XX y que habría de fungir como Vicario de Cristo únicamente por 33 días. Es por ello que al año en cuestión, se le conoce como el año de los 3 Papas: Giovanni Battista (Pablo VI), Albino Luciani (Juan Pablo I) y Karol Wojtyla (Juan Pablo II).
Luciani, quien fuese el primer Papa de la historia en utilizar dos nombres (lo anterior en señal de respeto a sus antecesores respectivamente Juan XXIII y Pablo VI), desde el primer momento en que fue visto portando la sotana blanca al ser anunciado por el cardenal protodiácono en el balcón central de la Basílica de San Pedro, se le comenzó a llamar el “Papa de la Sonrisa”. Ciertamente la personalidad del nuevo pontífice cautivó a sus fieles rápidamente, ya que la tristeza fundada en la reciente muerte de Pablo VI se transformaba en una nueva fuente de esperanza.
El también llamado el “Papa de Septiembre”, tenía muy clara su función en el trono de San Pedro, pues en aquellos primeros y también últimos días de su papado, se caracterizaría por demostrar al mundo que se trataba de un Santo Padre humilde que le hablaba a su pueblo con un lenguaje sencillo y cotidiano, procurando que su palabras fuesen entendidas por todos.
Sin embargo, tenía un enorme peso en su espalda, ya que no le bastaba con llevar a cabo todas las labores ordinarias de un pontífice, sino que además debía de poner en marcha la doctrina del recién concluido concilio. Y aunado a esto, pretendía hacer algunos cambios a título personal, como poner en regla los recursos del Vaticano.
El día 33 del pontificado (29 de septiembre), el Vaticano hizo el siguiente comunicado de prensa: “Esta mañana, 29 de septiembre de 1978, hacia las cinco y media, el secretario particular del Papa, no habiendo encontrado al Santo padre en la capilla, como de costumbre, le ha buscado en su habitación y le ha encontrado muerto en la cama, con la luz encendida, como si aún leyera. El médico, Dr. Renato Buzzonetti, que acudió inmediatamente, ha constatado su muerte, acaecida probablemente hacia las 23 horas del día anterior a causa de un infarto agudo al miocardio” (“L’Osservatore Romano”).
El Papa había sido declarado muerto oficialmente por la Santa Sede, el protocolo de Sede Vacante había iniciado y los preparativos para el funeral de Estado debían comenzar, así como el proceso de sucesión que habría de convocar a los Cardenales electores de todos los rincones del mundo, algunos que probablemente recién habían regresado a sus países después de haber elegido a Luciani.
La continuación de la historia ya es conocida, un polaco sería nombrado como sucesor al frente de la Iglesia de Roma. No obstante, la repentina muerte de Juan Pablo I, dio paso a muchas especulaciones que terminaron con convertirse en teorías de conspiración; y esto no es más que el resultado de un verdaderamente sospechoso hermetismo de parte del Vaticano respecto a la muerte del Papa.
Muchas de esas teorías siguen vigentes a la fecha y todas coinciden en un punto: homicidio. De acuerdo con los testimonios de los primeros testigos de la muerte del Papa Luciani (secretarios, personal de servicio, médicos y miembros de la Curia), el cadáver fue encontrado de una manera por más peculiar (o al menos esa es la versión oficial). Se presumen que el Santo Padre murió sentado en su cama y leyendo, así como que aún tenía los anteojos puestos y una leve sonrisa en el rostro.
La historia por más novelesca que parezca, no termina ahí ya que el cuerpo del difunto no se le practicó una autopsia, sino una breve inspección ocular, para rápidamente ser embalsamado. Lo más interesante es que la muerte del pontífice fue notificada hasta tres horas después del hallazgo, a diferencia de otros Papas recientes que sus muertes han sido anunciadas brevemente después de tener lugar.
Quedan y seguramente quedarán sin resolver, muchas dudas respecto a la misteriosa muerte de Albino Luciani, Juan Pablo I. Pero algo es seguro, hasta que no haya un posicionamiento oficial de la Santa Sede, su muerte permanece siendo uno de los más grandes misterios del último siglo.
jleonlaradiaztorre@gmail.com
@ChemaLeonLara